
Jeremías 23, 1-6;
Efesios 2, 1318;
Marcos 6, 30-34
En
el pasaje del Evangelio Jesús invita a sus discípulos a separarse de la
multitud, de su trabajo, y retirarse con Él a un «lugar solitario». Les
enseña a hacer lo que Él hacía: equilibrar acción y contemplación,
pasar del contacto con la gente al diálogo secreto y regenerador con uno
mismo y con Dios.
El tema es de gran importancia y actualidad.
El ritmo de vida ha adquirido una velocidad que supera nuestra
capacidad de adaptación. La escena de Charlot enfrascado en la cadena de
montaje en Tiempos modernos es la imagen exacta de esta
situación. Se pierde, de esta forma, la capacidad de separación crítica
que permite ejercer un dominio sobre el fluir, a menudo caótico y
desordenado, de las circunstancias y de las experiencias diarias.
Jesús, en el Evangelio, jamás da la impresión de estar agitado por la
prisa. A veces hasta pierde el tiempo: todos le buscan y Él no se deja
encontrar, absorto como está en oración. A veces, como en nuestro pasaje
evangélico, incluso invita a sus discípulos a perder tiempo con Él:
«Venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un
poco». Recomienda a menudo no afanarse. También nuestro físico, cuánto
beneficio recibe de tales «respiros».
Entre estas «pausas»
están precisamente las vacaciones de verano que estamos viviendo. Son
para la mayoría de las personas la única ocasión para descansar un poco,
para dialogar de manera distendida con el propio cónyuge, jugar con los
hijos, leer algún buen libro o contemplar en silencio la naturaleza; en
resumen, para relajarse. Hacer de las vacaciones un tiempo más
frenético que el resto del año significa arruinarlas.
Al
mandamiento: «Acordaos de santificar las fiestas», habría que añadir:
«Acordaos de santificar las vacaciones». «Deteneos (literalmente: vacate,
¡tomaos vacaciones!), sabed que yo soy Dios», dice Dios en un salmo
(Sal 46). Un sencillo medio de hacerlo podría ser entrar en la iglesia o
en una capilla de montaña, en una hora en que esté desierta, y pasar
allí un poco de tiempo «aparte», solos con nosotros mismos, ante Dios.
Esta exigencia de tiempos de soledad y de escucha se plantea de forma
especial a los que anuncian el Evangelio y a los animadores de la
comunidad cristiana, quienes deben permanecer constantemente en contacto
con la fuente de la Palabra que deben transmitir a sus hermanos. Los
laicos deberían alegrarse, no sentirse descuidados, cada vez que el
propio sacerdote se ausenta para un tiempo de recarga intelectual y
espiritual.
Hay que decir que la vacación de Jesús con los
apóstoles fue de breve duración, porque la gente, viéndole partir, le
precedió a pie al lugar del desembarco. Pero Jesús no se irrita con la
gente que no le da tregua, sino que «se conmueve», viéndoles abandonados
a sí mismos, «como ovejas sin pastor», y se pone a «enseñarles muchas
cosas».
Esto nos muestra que hay que estar dispuestos a
interrumpir hasta el merecido descanso frente a una situación de grave
necesidad del prójimo. No se puede, por ejemplo, abandonar a su suerte, o
aparcar en un hospital, a un anciano que se tiene al propio cargo, para
disfrutar sin molestias de las vacaciones. No podemos olvidar a las
muchas personas cuya soledad no han elegido, sino que la sufren, y no
por alguna semana o mes, sino por años, tal vez durante toda la vida.
También aquí cabe una pequeña sugerencia práctica: mirar alrededor y ver
si hay alguien a quien ayudar a sentirse menos solo en la vida, con una
visita, una llamada, una invitación a verle un día en el lugar de
vacaciones: aquello que el corazón y las circunstancias sugieran.
Raniero Cantalamessa
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