
La ciudad de Santiago de Compostela volvió a cumplir este domingo 16 de agosto con una de sus tradiciones más antiguas: la renovación del Voto a San Roque, protector de la ciudad desde 1517, cuando los compostelanos se encomendaron al santo para librarse de una epidemia de peste.
Charo Barca encomienda a San Roque a los más vulnerables.
La jornada comenzó por la mañana con la misa oficiada por el párroco de San Miguel, Carlos Álvarez Varela. La renovación del voto corrió a cargo de Charo Barca, presidenta de la Fundación Andrea, que dirigió su invocación a San Roque.
En su intervención, Charo Barca puso el acento en algunas de las situaciones de sufrimiento que atraviesan hoy millones de personas, desde los conflictos bélicos y los desplazamientos forzados hasta los desastres naturales y medioambientales. Ante estas circunstancias, reivindicó la vigencia de la protección de San Roque y la necesidad de mantener viva la confianza en su amparo.
Barca presentó además al Apóstol Santiago y a San Roque como figuras estrechamente vinculadas a la identidad y la protección de la ciudad. El primero, explicó, representa «la roca de nuestra fe» y el protector universal al que se acude en busca de fortaleza, mientras que San Roque «encarna la compasión divina en los momentos oscuros de la enfermedad».
Una fe comprometida con los demás.
Por la tarde, la misa solemne fue presidida por el arzobispo de Santiago, monseñor Francisco José Prieto Fernández. En su homilía, el prelado tomó como referencia el pasaje evangélico de la mujer cananea que pide a Jesús la curación de su hija para subrayar la fuerza de una fe que se expresa en la confianza y en la ayuda a los demás.
Mons. Prieto recordó la súplica de aquella mujer, que reclama a Jesús compasión para afrontar una situación de fragilidad. A partir de ese episodio, vinculó la figura de San Roque con quienes se acercan al sufrimiento sin mirar hacia otro lado.
El arzobispo destacó que los contemporáneos del santo lo recuerdan precisamente por acudir al encuentro de los enfermos y afectados por la peste. San Roque, señaló, llegó a acercarse tanto a quienes sufrían que terminó siendo víctima de la propia enfermedad.
Para el azobispo, esa actitud convierte al santo en un ejemplo de una caridad «que no conoce medida, que no conoce tiempo» y que se pone al servicio de quien necesita ayuda. La verdadera caridad, explicó, no consiste únicamente en lamentar el mal que se contempla, sino en mirar al otro, acompañarlo y actuar ante su sufrimiento.
«Acompaña al que está solo. Dedica tu tiempo al enfermo», reclamó durante una homilía en la que insistió en que cada persona puede aportar algo.
Una llamada a la responsabilidad personal.
La reflexión del arzobispo giró también en torno a la responsabilidad individual ante las necesidades de los demás.
En esa línea, presentó la Eucaristía como una escuela de fraternidad y recordó que celebrar y recibir a Cristo implica también una llamada a «dar vida y darnos vida».
El arzobispo animó así a los compostelanos a recorrer los caminos cotidianos de la ciudad con una mirada diferente, buscando el encuentro con quienes necesitan compañía, ayuda o consuelo. También evocó las palabras del profeta Isaías sobre observar el derecho y practicar la justicia.
La celebración concluyó con la procesión de la imagen de San Roque por las calles compostelanas, recuperando así uno de los momentos más visibles de esta tradición. La jornada sirvió también para renovar, junto al recuerdo del santo protector de Santiago, una invitación a hacer de la fe una respuesta activa ante el sufrimiento y la fragilidad de los demás.
Por la mañana, el propio arzobispo de Santiago se había desplazado además a la parroquia de Santa María de Figueiras para presidir la misa solemne en honor a San Roque, en la que participaron el párroco, Miguel López Varela, y numerosos feligreses.








