
En el corazón de la comarca del Salnés, bajo las piedras centenarias del Mosteiro de Armenteira, tuvo lugar estos días pasados la primera reunión de retiro del recién constituido Arciprestazgo. No fue solo un encuentro administrativo, ni una cita rutinaria del calendario eclesial. Fue, más bien, un tiempo de trabajo intenso y de comunión fraterna, un cruce de caminos entre la reflexión pastoral y la memoria agradecida.
Veinticinco sacerdotes se dieron cita en el monasterio, convertido por unas horas en sala de reflexión y en taller de ideas. Allí, con la serenidad que otorgan los muros antiguos y el rumor callado de los claustros, los presbíteros dedicaron la mañana a analizar con rigor el Directorio de la Sacramento de Iniciación Cristiana y el Directorio sobre las Exequias.
El objetivo no era menor: aportar propuestas y sugerencias al Consejo de Arciprestes y al Consejo Presbiteral, buscando dar forma a un curso que comienza con nuevos desafíos y también con la esperanza renovada de un caminar conjunto.
El ambiente, según relataron varios asistentes, estuvo marcado por la seriedad del trabajo, pero también por la cercanía y el buen ánimo. Una atmósfera que dejó claro que la Iglesia en el Salnés, aunque joven en su estructura de arciprestazgo, tiene hondas raíces de fraternidad.
Tras los momentos más reflexivos, el encuentro se transformó en homenaje. En torno a la mesa, los sacerdotes compartieron un almuerzo de confraternización.
En esta ocasión, se rindió tributo a dos figuras venerables: don José Aldao y don José Crespo, párrocos de Cambados y de Corbillón, Oubiña y O Sixto, respectivamente. Ambos celebraron este año las bodas de diamante, sesenta años de servicio y fidelidad sacerdotal. Junto a ellos, recibió también un cálido reconocimiento don Aurelio, párroco de Dena y Villalonga, que conmemoró sus bodas de oro sacerdotales, medio siglo de ministerio entregado.
El homenaje, previsto inicialmente para el mes de junio, había quedado en suspenso por un motivo doloroso: el fallecimiento de don Salvador Domato. En aquel momento, la prioridad de los sacerdotes fue acompañar con su presencia el funeral en Santiago, posponiendo la celebración fraterna.
Así, la jornada, que empezó con la disciplina del estudio y la planificación pastoral, terminó con abrazos, recuerdos y brindis. El monasterio, testigo de siglos de oración y silencio, guardó en su memoria de piedra esta mezcla de solemnidad y ternura, de trabajo y homenaje, de calendario y eternidad.
Porque, al final, más allá de las actas y los directorios, lo que quedó de aquel retiro fue la imagen de una Iglesia local que se sabe familia: que trabaja unida, que recuerda a sus mayores y que celebra, en comunidad, el misterio sencillo de estar juntos en el camino.
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