Si el grano de trigo no muere

eremías 31, 31-34;

Hebreos 5, 7-9;

Juan 12, 20-33)

“Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si
muere, da mucho fruto” . No se trata de la única enseñanza que Jesús
saca de la vida de los campesinos. El Evangelio está lleno de parábolas,
imágenes e ideas que proceden de la agricultura, que era en su tiempo
(y aún lo es para distintos pueblos) la profesión que ocupa a un mayor
número de personas. Él habla del sembrador, del trabajo de los campos,
de la siega, de trigo, vino, aceite, de la higuera, de la viña, de la
vendimia…

Pero Jesús no se detenía naturalmente en el plano agrícola. La imagen
del grano de trigo le sirve para transmitirnos una enseñanza sublime que
arroja luz, antes que nada, en su caso personal, y después también en
el de sus discípulos.

El grano de trigo es, ante todo, Jesús mismo. Como un grano de trigo, Él
cayó en tierra en su pasión y muerte, ha reaparecido y ha dado fruto
con su resurrección. El “mucho fruto” que Él ha dado es la Iglesia que
ha nacido de su muerte, su cuerpo místico.

Potencialmente, el “fruto” es toda la humanidad -no sólo nosotros, los
bautizados-, porque Él murió por todos, todos han sido redimidos por Él,
también quien aún no lo sabe. El pasaje evangélico concluye con estas
significativas palabras de Jesús: “Yo, cuando sea elevado de la tierra,
atraeré a todos hacia mí”.

Pero la historia del pequeño grano de trigo ayuda también, en otro
versículo, a entendernos a nosotros mismos y el sentido de nuestra
existencia. Después de haber hablado de trigo, Jesús añade: “El que ama
su vida la pierde; y el que odia [otro evangelista dice pierde]
su vida en este mundo la guardará para una vida eterna” (Mt 16, 25).
Caer en tierra y morir no es, por lo tanto, sólo el camino para dar
fruto, sino también para “salvar la propia vida”, esto es, ¡para seguir
viviendo! ¿Qué ocurre con el grano de trigo que rechaza caer en tierra? O
viene algún pájaro y lo picotea, o se seca o enmohece en un rincón
húmedo, o bien es molido en harina, comido y ahí termina todo. En
cualquier caso, el grano, como tal, no ha continuado. Si en cambio es
sembrado, reaparecerá y conocerá una nueva vida, como en esta estación
vemos que ha sucedido con los granos de trigo sembrados en otoño.

En el plano humano y espiritual ello significa que si el hombre no pasa a
través de la transformación que viene por la fe y el bautismo, si no
acepta la cruz, sino que se queda agarrado a su natural modo de ser y a
su egoísmo, todo acabará con él, su vida se encamina a un agotamiento.
Juventud, vejez, muerte. Si en cambio cree y acepta la cruz en unión con
Cristo, entonces se le abre el horizonte de eternidad.

Hay situaciones, ya en esta vida, sobre las cuales la parábola del grano
de trigo arroja una luz tranquilizadora. Tienes un proyecto que te
importa muchísimo; por él has trabajado, se había convertido en el
principal objetivo en la vida, y he aquí que en poco tiempo lo ves como
caído en tierra y muerto. Ha fracasado; o tal vez se te ha privado de él
y se ha confiado a otro que recoge sus frutos. Acuérdate del grano de
trigo y espera. Nuestros mejores proyectos y afectos (a veces el propio
matrimonio de los esposos) deben pasar por esta fase de aparente
oscuridad y de gélido invierno para renacer purificados y llenos de
frutos. Si resisten a la prueba, son como el acero después de que ha
sido sumergido en agua helada y ha salido “templado”. Como siempre,
constatamos que el Evangelio no está lejos, sino muy cerca de nuestra
vida. También cuando nos habla con la historia de un pequeño grano de
trigo.

Al final, estos granos de trigo que caen en tierra y mueren seremos
nosotros mismos, nuestros cuerpos confiados a la tierra. Pero la palabra
de Jesús nos asegura que también para nosotros habrá una nueva
primavera. Resurgiremos de la muerte, y esta vez para no morir más. 

Raniero Cantalamessa

ReligiónenLibertad