La primera jornada completa del Papa en su viaje apostólico a Colombia concluyó con la que ha sido su primera misa en suelo colombiano,
que celebró en el Parque Simón Bolívar de Bogotá ante 1,3 millones de
personas, según cifra aportada por el alcalde de la ciudad, Enrique Peñalosa: entre ellos, el presidente Juan Manuel Santos, acompañado por su familia.
Una lluvia fina había caído en las horas previas, en una espera durante la cual varios grupos e intérpretes católicos fueron preparando el ambiente con su música.
Los himnos, de gran solemnidad, que posteriormente acompañaron a la celebración litúrgica fueron doce temas creación del compositor Luis Torres Zuleta,
profesor durante casi medio siglo en el seminario de Bogotá, donde
formó musicalmente a decenas de sacerdotes del clero diocesano.
Para la celebración se preparó la estructura denominada El Templete, construida en 1986 para la visita que cursó entonces Juan Pablo II. En la misa, celebrada en español, Francisco y el resto de celebrantes vestían paramentos blancos.
La homilía del Papa tomó como motivo el Evangelio del día, en el que
Jesús llama a los primeros discípulos a orillas del lago Genesaret, con
la misión de ser «pescadores de hombres». La multitud había acudido a
escucharle, dijo el Papa, «porque sabe de su conmoción ante el dolor
humano… y de sus palabras justas, profundas, certeras».
«La Palabra de Jesús», continuó el Papa, «tiene algo especial que no
deja indiferente a nadie; su Palabra tiene poder para convertir
corazones, cambiar planes y proyectos. Es una Palabra probada en la
acción, no es una conclusión de escritorio, de acuerdos fríos y alejados
del dolor de la gente».
También en Colombia, «multitudes anhelantes de una palabra de vida,
que ilumine con su luz todos los esfuerzos y muestre el sentido y la
belleza de la existencia humana», multitudes que «habitan una tierra de
inimaginable fecundidad, que podría dar frutos para todos».
Sin embargo, «aquí, como en otras partes, hay densas tinieblas que amenazan y destruyen la vida:
las tinieblas de la injusticia y de la inequidad social; las tinieblas
corruptoras de los intereses personales o grupales, que consumen de
manera egoísta y desaforada lo que está destinado para el bienestar de
todos; las tinieblas del irrespeto por la vida humana que siega a diario
la existencia de tantos inocentes, cuya sangre clama al cielo; las
tinieblas de la sed de venganza y del odio que mancha con sangre humana
las manos de quienes se toman la justicia por su cuenta; las tinieblas
de quienes se vuelven insensibles ante el dolor de tantas víctimas. A todas esas tinieblas Jesús las disipa y destruye«.
Francisco recordó fracasos pasados de la política colombiana y también
de la acción pastoral de la Iglesia y de sus «trabajos pastorales vanos e
infructuosos». Pero, a pesar de todo ello, «somos capaces de confiar en el Maestro,
cuya palabra suscita fecundidad incluso allí donde la inhospitalidad de
las tinieblas humanas hace infructuosos tantos esfuerzos y fatigas».
Así se podrá crear una comunidad humana capaz de «convertirse en una red vigorosa que congregue a todos en la unidad, trabajando en la defensa y en el cuidado de la vida humana,
particularmente cuando es más frágil y vulnerable: en el seno materno,
en la infancia, en la vejez, en las condiciones de discapacidad y en las
situaciones de marginación social». De esta forma, «en estas multitudes
evangelizadas surgirán muchos hombres y mujeres convertidos en
discípulos que, con un corazón verdaderamente libre, sigan a Jesús;
hombres y mujeres capaces de amar la vida en todas sus etapas, de respetarla, de promoverla«.
Francisco concluyó la homilía invitando «a perder miedos que no vienen de Dios, que nos inmovilizan y retardan la urgencia de ser constructores de la paz, promotores de la vida».
Esta insistencia del Papa en la defensa y promoción de la vida fue
retomada por el arzobispo de Bogotá, Rubén Salazar, en las palabras con
las que agradeció y despidió a Francisco: «El Evangelio de la vida
que hemos escuchado y celebrado en esta eucaristía», dijo, «es bálsamo
que trae consuelo y paz, es luz que abre caminos de solidaridad y de
fraternidad, es fuerza que nos empuja a dar testimonio con nuestra vida
de servicio, es esperanza que nos da la seguridad de que con Cristo
muerto y resucitado, la muerte ha sido definitivamente vencida… Le
prometemos, querido Santo Padre, que su palabra, la palabra del
Evangelio de la vida, estará siempre en nuestro corazón».
Texto íntegro de la homilía del Papa en la misa del 7 de septiembre de 2017 en el Parque Simón Bolívar de Bogotá (Colombia)
El Evangelista recuerda que el llamado de los primeros discípulos fue a
orillas del lago de Genesaret, allí donde la gente se aglutinaba para
escuchar una voz capaz de orientarles e iluminarles; y también es el
lugar donde los pescadores cierran sus fatigosas jornadas, en las que
buscan el sustento para llevar una vida sin penurias, digna y feliz. Es
la única vez en todo el Evangelio de Lucas en que Jesús predica junto al
llamado mar de Galilea. En el mar abierto se confunden la esperada
fecundidad del trabajo con la frustración por la inutilidad de los
esfuerzos vanos. Según una antigua lectura cristiana, el mar también
representa la inmensidad donde conviven todos los pueblos. Finalmente,
por su agitación y oscuridad, evoca todo aquello que amenaza la
existencia humana y que tiene el poder de destruirla. Nosotros usamos
expresiones similares para definir multitudes: una marea humana, un mar
de gente.
Ese día, Jesús tiene detrás de sí, el mar y frente a Él, una multitud
que lo ha seguido porque sabe de su conmoción ante el dolor humano… y de
sus palabras justas, profundas, certeras. Todos ellos vienen a
escucharlo, la Palabra de Jesús tiene algo especial que no deja
indiferente a nadie; su Palabra tiene poder para convertir corazones,
cambiar planes y proyectos. Es una Palabra probada en la acción, no es
una conclusión de escritorio, de acuerdos fríos y alejados del dolor de
la gente, por eso es una Palabra que sirve tanto para la seguridad de la
orilla como para la fragilidad del mar.
Esta querida ciudad, Bogotá, y este hermoso País, Colombia, tienen mucho
de estos escenarios humanos presentados por el Evangelio. Aquí se
encuentran multitudes anhelantes de una palabra de vida, que ilumine con
su luz todos los esfuerzos y muestre el sentido y la belleza de la
existencia humana. Estas multitudes de hombres y mujeres, niños y
ancianos habitan una tierra de inimaginable fecundidad, que podría dar
frutos para todos.
Pero también aquí, como en otras partes, hay densas tinieblas que
amenazan y destruyen la vida: las tinieblas de la injusticia y de la
inequidad social; las tinieblas corruptoras de los intereses personales o
grupales, que consumen de manera egoísta y desaforada lo que está
destinado para el bienestar de todos; las tinieblas del irrespeto por la
vida humana que siega a diario la existencia de tantos inocentes, cuya
sangre clama al cielo; las tinieblas de la sed de venganza y del odio
que mancha con sangre humana las manos de quienes se toman la justicia
por su cuenta; las tinieblas de quienes se vuelven insensibles ante el
dolor de tantas víctimas. A todas esas tinieblas Jesús las disipa y
destruye con su mandato en la barca de Pedro: «Navega mar adentro» (Lc
5,4).
Nosotros podemos enredarnos en discusiones interminables, sumar intentos
fallidos y hacer un elenco de esfuerzos que han terminado en nada;
igual que Pedro, sabemos qué significa la experiencia de trabajar sin
ningún resultado. Esta Nación también sabe de ello, cuando por un
período de 6 años, allá al comienzo, tuvo 16 presidentes y pagó caro sus
divisiones («la patria boba»); también la Iglesia en Colombia sabe de
trabajos pastorales vanos e infructuosos, pero como Pedro, también somos
capaces de confiar en el Maestro, cuya palabra suscita fecundidad
incluso allí donde la inhospitalidad de las tinieblas humanas hace
infructuosos tantos esfuerzos y fatigas.
Pedro es el hombre que acoge decidido la invitación de Jesús, que lo
deja todo y lo sigue, para transformarse en nuevo pescador, cuya misión
consiste en llevar a sus hermanos al Reino de Dios, donde la vida se
hace plena y feliz. Pero el mandato de echar las redes no está dirigido
sólo a Simón Pedro; a él le ha tocado navegar mar adentro, como aquellos
en vuestra patria que han visto primero lo que más urge, aquellos que
han tomado iniciativas de paz, de vida. Echar las redes entraña
responsabilidad.
En Bogotá y en Colombia peregrina una inmensa comunidad, que está
llamada a convertirse en una red vigorosa que congregue a todos en la
unidad, trabajando en la defensa y en el cuidado de la vida humana,
particularmente cuando es más frágil y vulnerable: en el seno materno,
en la infancia, en la vejez, en las condiciones de discapacidad y en las
situaciones de marginación social. También multitudes que viven en
Bogotá y en Colombia pueden llegar a ser verdaderas comunidades vivas,
justas y fraternas si escuchan y acogen la Palabra de Dios.
En estas multitudes evangelizadas surgirán muchos hombres y mujeres
convertidos en discípulos que, con un corazón verdaderamente libre,
sigan a Jesús; hombres y mujeres capaces de amar la vida en todas sus
etapas, de respetarla, de promoverla. Hace falta llamarnos unos a otros,
hacernos señas, como los pescadores, volver a considerarnos hermanos,
compañeros de camino, socios de esta empresa común que es la patria.
Bogotá y Colombia son, al mismo tiempo, orilla, lago, mar abierto,
ciudad por donde Jesús ha transitado y transita, para ofrecer su
presencia y su palabra fecunda, para sacar de las tinieblas y llevarnos a
la luz y la vida. Llamar a otros, a todos, para que nadie quede al
arbitrio de las tempestades; subir a la barca a todas las familias,
santuario de vida; hacer lugar al bien común por encima de los intereses
mezquinos o particulares, cargar a los más frágiles promoviendo sus
derechos.
Pedro experimenta su pequeñez, lo inmenso de la Palabra y el accionar de
Jesús; Pedro sabe de sus fragilidades, de sus idas y venidas, como lo
sabemos nosotros, como lo sabe la historia de violencia y división de
vuestro pueblo que no siempre nos ha encontrado compartiendo barca,
tempestad, infortunios. Pero al igual que a Simón, Jesús nos invita a ir
mar adentro, nos impulsa al riesgo compartido, a dejar nuestros
egoísmos y a seguirlo. A perder miedos que no vienen de Dios, que nos
inmovilizan y retardan la urgencia de ser constructores de la paz,
promotores de la vida.
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