Obispos

José Diéguez, el obispo del sínodo “más nuestro”

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Ahora que a la iglesia universal la están haciendo repasar los que debieran ser trillados caminos pastorales de toda la vida –esos de caminar juntos en sinodalidad–, nos acaba de dejar, con la callada humildad y silenciosa eficacia de siempre, quien fue obispo de esta diócesis de Tui-Vigo desde el 14 de julio de 1996 hasta el 28 de enero de 2010.

En esa última fecha le fue aceptada la renuncia que había presentado al papa Benedicto XVI el día 25 de abril de 2009, el de su 75 cumpleaños. Quizá las palabras con que suplicaba al Nuncio que se acelerase cuanto antes la aceptación de su renuncia, puedan servirme para reflejar bien a las claras la grandeza de su honradez humana, su espiritualidad realista –la del matemático empedernido cuyo título llevaba cosido en las entrañas de sus actitudes–, y el talante espiritual del hombre de Dios que, costara lo que costara y era un gran economista, aspiraba a vivir una fidelidad que no supiera de rutinas ni perezas al servicio de Dios y de su Iglesia.

De este modo escribió al Nuncio Monteiro de Castro: “A causa del infarto en hemisferio cerebroso izquierdo sufrido recientemente, según los médicos debo implicarme lo menos posible en la actividad que el obispo diocesano ha de llevar a cabo. Me dicen que evite toda preocupación, esfuerzo o disgusto en los próximos meses, más esto, Excelencia, resulta muy difícil, por no decir imposible, el cumplirlo. Por eso…”.

Y es que don José era así: incapaz de no implicarse, de no comprometerse, de esperar y mirar para otro lado ante la dificultad, de perder el tiempo, de estar sin hacer nada, ¡con lo antieconómico e inmoral que es ese trabajo! Su agenda estaba siempre repleta para llamar, recibir o ir a visitar a los responsables de arciprestazgo, de congregaciones, movimientos, cofradías o fundaciones, a fin de recibir información concreta de cada uno y para poner al día o revisar los estatutos o reglamentos y evaluar los compromisos y proyectos en marcha. Tenía toda la diócesis y sus necesidades concretas en la cabeza y en todo momento.

Le encantaba visitar para animar y ayudar a las comunidades de religiosos y religiosas varias veces al año, así como a los seminaristas y sacerdotes mayores y se preocupó y mucho porque los más jóvenes aprendieran a vivir la fidelidad y fraternidad sacerdotal desde los inicios de su ministerio. Y toda esa frenética actividad sin aparentar ni hacer ruido, con la callada humildad y silenciosa eficacia de los que pasan por el mundo haciendo el bien y haciéndolo bien.

Seguramente que muchos de los responsables de instituciones diocesanas podrían corroborar con datos muy concretos la aportación y el impulso recibidos de don José Diéguez durante su episcopado; sin embargo, para no alargar en demasía ese recorrido, es indispensable hacer referencia a la convocatoria y realización del XVI Sínodo diocesano, el que vivimos muchos de nosotros, el nuestro, el de los años 2002 al 2006. Tal y como quedó escrito: “La movida eclesial probablemente antes nunca alcanzada y que fue un refrescante baño de optimismo y de eclesialidad para todos”.

Recogen las crónicas que este obispo, humilde y sencillo, sin grandes dotes de intelectual, pero realista y matemático controlador, apoyó y bendijo el que durante varios años más de 500 grupos de fieles reuniéndose juntos (en sínodo) hicieran la aportación de 20.000 sugerencias luego concentradas en 146 propuestas sinodales, “que serán en adelante carta de navegación de nuestra acción pastoral. Nos quedan muchas singladuras por vivir para llevarlas a cabo. Invitamos a todos a colaborar, al amanecer del tercer milenio, transformando en vida esos deseos y siendo cada uno luz y sal en esta tierra y en estos tiempos” (Mensaje final del Sínodo).

Descanse en paz don José Diéguez, el infatigable obrero de la viña del Señor, y haga fructificar desde el cielo “nuestros deseos de fidelidad a la doctrina y disciplina de la Iglesia, así como las ansias y el afán evangelizador” de los pioneros que llegaron con la frescura del mensaje cristiano a nuestra tierra.Monseñor Alberto Cuevas, sacerdote y periodista Artículo publicado en Faro de Vigo

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