Francisco presenta a María como Madre de la Esperanza y explica su viaje a Fátima del viernes

“El próximo viernes y sábado –Dios mediante– iré como peregrino a Fátima para
confiarle a Nuestra Señora el futuro temporal y eterno de la humanidad,
y suplicarle que obtenga las bendiciones del Cielo en su camino”,
explicó el Papa Francisco durante la audiencia pública de este miércoles
por la mañana.

En palabras que fueron traducidas al portugués añadió: “Les pido a todos que me acompañen, como peregrinos de esperanza y de paz: que vuestras manos en oración sigan apoyando a las mías”.

Y concluyó deseando “que la mejor de las madres vele por cada uno de ustedes, a lo largo de todos los días hasta la eternidad”.

El Santo Padre ingresó en el jeep abierto en la plaza de San Pedro, donde miles de personas le esperaban agitando banderas, pañuelos y saludándolo en alta voz a su paso.

En lengua española, el Papa recordó la fiesta de San Juan de Ávila y animó a orar por los sacerdotes.  “Hoy celebramos la fiesta de san Juan de Ávila, patrono del clero español y maestro de vida espiritual”.
Exhortó así a rezar “por todos los sacerdotes, para que sean siempre
una imagen transparente de Jesús, Buen Pastor, y la Virgen María los
sostenga a lo largo de su vida sacerdotal”.

María, Madre de la Esperanza

María fue el gran tema de su predicación del día. “Ella, a pesar de que no siempre comprendía todo lo que estaba sucediendo, se nos muestra como una mujer valiente, que no se detiene ante las dificultades.
Una mujer que está atenta a la Palabra de Dios y que sabe meditar todo
en su corazón”, explicó. “También la vemos al comienzo de la Iglesia,
junto a los discípulos de su Hijo, acompañándolos y animándolos como
madre de esperanza. Así nos enseña que en los momentos de dificultad, cuando parece que nada tiene sentido, siempre tenemos que esperar y confiar en Dios” explicó el Pontífice en su resumen en español.

«Contemplamos a María como Madre de la esperanza. Ella pasó también por momentos muy difíciles. No era fácil responder con un «sí» al anuncio del Ángel y
acoger en su seno el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios”. Y
precisó que “después, en el momento crucial de la vida de Jesús, cuando
casi todos lo han abandonado, María permaneció junto a la cruz de su
Hijo por amor de madre y por fidelidad al plan de Dios”.

Texto completo de la catequesis que Francisco pronunció en italiano

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En nuestro itinerario de catequesis sobre la esperanza cristiana, hoy
miramos a María, Madre de la esperanza. María ha atravesado más de una
noche en su camino de madre. Desde la primera aparición en la historia
de los Evangelios, su figura emerge como si fuera el personaje de un
drama. No era simplemente responder con un “si” a la invitación del
ángel: sin embargo ella, mujer todavía en la flor de la juventud,
responde con valentía, no obstante no sabía nada del destino que le
esperaba. María en aquel instante se presenta como una de las tantas
madres de nuestro mundo, valerosa hasta el extremo cuando se trata de
acoger en su propio vientre la historia de un nuevo hombre que nace.

Aquel “sí” es el primer paso de una larga lista de obediencias – ¡larga
lista de obediencias! – que acompañaran su itinerario de madre. Así
María aparece en los Evangelios como una mujer silenciosa, que muchas
veces no comprende todo aquello que sucede a su alrededor, pero que
medita cada palabra y cada suceso en su corazón.

En esta disposición hay fragmento bellísimo de la psicología de María:
no es una mujer que se deprime ante las incertidumbres de la vida,
especialmente cuando nada parece ir por el camino correcto. No es mucho
menos una mujer que protesta con violencia, que injuria contra el
destino de la vida que nos revela muchas veces un rostro hostil. Es en
cambio una mujer que escucha: no se olviden que hay siempre una gran
relación entre la esperanza y la escucha, y María es una mujer que
escucha, que acoge la existencia así como esa se presenta a nosotros,
con sus días felices, pero también con sus tragedias que jamás
quisiéramos haber encontrado. Hasta la noche suprema de María, cuando su
Hijo es clavado en el madero de la cruz.

Hasta ese día, María había casi desaparecido de la trama de los
Evangelios: los escritores sagrados dejan entrever este lento eclipsarse
de su presencia, la suya permanece muda ante el misterio de un Hijo que
obedece al Padre. Pero María reaparece justamente en el momento crucial:
cuando buena parte de los amigos han desaparecido por motivo del miedo.
Las madres no traicionan, y en aquel instante, a los pies de la cruz,
ninguno de nosotros puede decir cual haya sido la pasión más cruel: si
aquella de un hombre inocente que muere en el patíbulo de la cruz, o la
agonía de una madre que acompaña los últimos instantes de la vida de su
hijo.

Los Evangelios son lacónicos, y extremamente discretos. Registran con un
simple verbo la presencia de la Madre: ella “estaba” (Jn 19,25). Ella
estaba. No dicen nada de su reacción: si lloraba, si no lloraba… nada;
ni mucho menos una pincelada para describir su dolor: sobre estos
detalles se habrían luego lanzado la imaginación de los poetas y de los pintores
regalándonos imágenes que han entrado en la historia del arte y de la
literatura. Pero los Evangelios solo dicen: ella “estaba”. Estaba allí,
en el momento más feo, en momento cruel, y sufría con su hijo. “Estaba”.

María “estaba”, simplemente estaba ahí. Estaba ahí nuevamente la joven mujer de Nazaret, ya con los cabellos canosos por el pasar de los años, todavía
luchando con un Dios que debe ser sólo abrazado, y con una vida que ha
llegado al umbral de la oscuridad más densa. María “estaba” en la
oscuridad más densa, pero “estaba”. No se había ido. María está ahí,
fielmente presente, cada vez que hay que tener una candela encendida en
un lugar de neblina y tinieblas.

Ni siquiera ella conoce el destino de resurrección que su Hijo estaba en
aquel instante abriendo para todos nosotros los hombres: está ahí por
fidelidad al plan de Dios del cual se ha proclamada sierva desde el
primer día de su vocación, pero también a causa de su instinto de madre
que simplemente sufre, cada vez que hay un hijo que atraviesa una
pasión. Los sufrimientos de las madres… todos nosotros hemos conocido
mujeres fuertes, que han llevado adelante tantos sufrimientos de sus
hijos…

La reencontraremos el primer día de la Iglesia, ella, Madre de
esperanza, en medio a aquella comunidad de discípulos así tan frágiles:
uno había negado, muchos habían huido, todos habían tenido miedo (Cfr.
Hech 1,14). Pero ella, simplemente estaba allí, en el más normal de los
modos, como si fuera del todo natural: en la primera Iglesia envuelta
por la luz de la Resurrección, pero también por las vacilaciones de los
primeros pasos que debía cumplir en el mundo.

Por esto todos nosotros la amamos como Madre. No somos huérfanos: tenemos una Madre en el cielo: es
la Santa Madre de Dios. Porque nos enseña la virtud de la esperanza,
incluso cuando parece que nada tiene sentido: ella siempre confiando en
el misterio de Dios, incluso cuando Él parece eclipsarse por culpa del
mal del mundo. En los momentos de dificultad, María, la Madre que Jesús
ha regalado a todos nosotros, pueda siempre sostener nuestros pasos,
pueda siempre decirnos al corazón: “Levántate. Mira adelante. Mira el horizonte”, porque Ella es Madre de esperanza. Gracias.

ReligiónenLibertad