Sería fácil hacer un discurso demagógico
sobre la riqueza o la pobreza, sobre una fe vivida cómodamente o bien
convertida en un factor de riesgo. Pero lo que se desprende del
reportaje de Benedietta Frigerio en La Nuova Bussola Quotidiana sobre la fidelidad de los cristianos en medio de la persecución y los reveses materiales
es otra cosa: los propios obispos señalan que es la educación recibida
la que les hace permanecer firmes en la fe. Una educación religiosa
centrada en lo esencial y tomada en serio, en la cual buscar a Dios es el objetivo prioritario y central de la existencia, y esta vida solo un tránsito en el cual ganar la vida verdadera y eterna:
Es la madre que lleva a su hijo al colegio poniendo en
riesgo la vida de su hijo, no porque no lo ame, sino porque existe algo
más importante que la existencia terrena en la que nuestros seres amados
viven. Hay víctimas de las lluvias torrenciales en Perú que han perdido todo, pero que antes de pedir ayuda material piden recibir la Biblia «porque sin Dios no podemos enfrentarnos a esta tragedia». Hay chinos que cada día desafían al gobierno porque están seguros que «la ciudad necesita la presencia de la Iglesia».
La verdadera pobreza
Son sólo tres de los últimos testimonios por parte de los cristianos que
viven en condiciones de persecución o pobreza, y que siguen removiendo las conciencias de los creyentes occidentales,
incluso de los más fieles a la Iglesia. Es como decir que ya no hay
pertenencia que preserve de los efectos que tiene sobre cada persona, lo
quiera o no, el estilo de vida occidental de la opulencia
autosuficiente, demostrando que para comprender más fácilmente la dependencia y la necesidad que tenemos de Dios es necesario también un determinado modo de vivir que no lleve a la saciedad momentánea y distraída.
Y sí, sabemos que el espíritu no se puede separar del cuerpo. No se
trata de demonizar, desde un punto de vista «pauperista», la riqueza o
el bienestar, sino de reconocer un hecho: el hombre que ya no ve nacer
de la tierra el fruto de su trabajo, que no conoce la precariedad y la
pobreza, que ya no tiene ningún poder ante los poderes que le persiguen,
tiene más fácil reconocer su dependencia total de Dios. Y, por lo tanto, de la necesidad que tiene de algo vivo, pero eterno, para vivir esperando.
Saber para quién se vive
Sólo por esto el obispo pakistaní de Lahore, Sebastian Shaw,
ha podido comentar así la noticia de los riesgos cada vez mayores de
atentados en las escuelas y en las iglesias cristianas del país, a las
que, a pesar de todo, los padres siguen llevando a sus hijos: «Una
madre, de una manera muy inocente, me dijo: ‘Obispo, mi hijo es un don de Dios (…); es mi responsabilidad llevarle a la Iglesia y mostrarle la casa de Dios Padre’«.
El obispo recuerda también al joven de 21 años que, en 2015, para
detener a un kamikaze, en lugar de escapar, se tiró sobre él muriendo y
salvando, así, la vida del verdadero objetivo del terrorista: 150 fieles
reunidos en un iglesia.
«Esto –añade–, es el resultado de nuestro catecismo», demostrando los poderosos frutos de una
educación verdaderamente cristiana que le recuerda al hombre la verdad:
que estamos en el mundo para conocer, amar y servir a Cristo.
En una palabra, para esperar Su llegada y salvarnos. Y que la felicidad
llegará cuando estemos cara a cara con Él, que lo que aquí vivimos es
sólo una anticipación. Por esto el obispo ha podido resaltar que, a
pesar de los peligros, las persecuciones, las condenas a muerte, los
secuestros y las conversiones forzadas, «los jóvenes no deben tener miedo de profesar su fe«.
Primero, la Biblia; después, la casa
Por el mismo motivo, las familias peruanas que han sufrido las lluvias
torrenciales del pasado mes de marzo «han dicho que la Palabra de Dios
es esencial para ellos y para la continuidad del programa catequético de
sus familias y de lo que han empezados en sus pueblos», explica el
obispo de la diócesis de Piura, monseñor José Antonio Eguren.
La bahía de la diócesis quedó inundada por las aguas. Hay aproximadamente 1800 desplazados,
instalados en «tiendas improvisadas e incómodas, sin los servicios
básicos, viviendo juntos en condiciones de enfermedad y pobreza» y que
piden «sólo que no nos olvidemos de su situación». Eguren concluye
recordando la gran dignidad de «personas de profunda fe» que «a pesar de
todo lo que han sufrido, no han perdido la esperanza y el deseo de
seguir adelante, porque están seguras de la ayuda y el amor de Dios«.
«Amar la verdad más que a sí mismo»
Mientras tanto, la Iglesia china clandestina (que
cuenta con casi dos tercios de los fieles), que se opone al régimen
comunista, sigue creciendo, permitiendo a las personas que están
cansadas del ateismo materialista que encuentren el significado eterno
de la vida y, segura de su tarea ante Dios, vivir la fe a pesar de la persecución que sufren.
Quien explica este aumento de los fieles, relatando diversas historias de conversión, ha sido recientemente la publicación mensual The Atlantic. Uno de los testimonios corresponde al de Wang Yi,
que se convirtió al cristianismo hace doce años: «El oficial de la
policía local viene cada semana a coger la lista de los que van a la
iglesia. Le damos la información», porque «no queremos seguir bloqueados
por la antigua mentalidad de la iglesia clandestina. No es saludable».
El resultado es que aunque cierren las iglesias, los fieles las siguen
abriendo. Y si son expulsados de la ciudad, vuelven «porque la gente no
va a los pueblos para formarse, sino que va a las ciudades… Entrar en
la ciudad es lo que hizo Jesús yendo a Jerusalén. Entrar en la ciudad y
difundir el Evangelio», por lo que «si nos expulsan de Chengdu, estamos
listos para volver, no para tener más oportunidades o cultura…, sino por el Evangelio. Dios nos quiere en la ciudad».
Esperanza en la Encarnación
Lo que une a todos estos ejemplos no es sólo el realismo de hombres
acostumbrados a depender y a no creerse los amos pensando que son
eternos, sino una educación realmente cristiana («es fruto de nuestro catecismo», ha declarado el obispo pakistaní) según la cual se vive buscando a Dios. Un Dios tan concreto que lo necesitan más que la propia vida, más que la casa, más que una existencia tranquila.
No es casualidad si la esperanza en Cristo que trae la alegría también
en las situaciones más dramáticas emerge no sólo donde hay pobreza y
persecución, sino donde la Iglesia está radicada en el Evangelio y tiene conciencia de su tarea.
Traducción de Helena Faccia Serrano.
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