La misa en la Plaza Kennedy, en una gran explanada junto al puerto de Génova, puso el colofón a la visita de un día de Francisco a la capital de la Liguria.
El altar preparado para la celebración, hecho de plata, estaba situado
en el centro de una construcción de fondo blanco, junto a una hermosa
cruz de madera y plata. Decenas de miles de personas le saludaron en el
paseo inicial que hizo entre el público y siguieron luego la eucaristía.
Francisco explicó en qué consiste la «fuerza o poder de Dios» citados en
las lecturas de la misa. «Jesús afirma que es un poder ‘en el cielo y
sobre la tierra’. Es sobre todo el poder de conectar el cielo con la tierra«,
explicó el Papa: «Cuando Jesús subió al Padre nuestra carne humana
atravesó el umbral del cielo. Nuestra humanidad está ahí, en Dios, para
siempre. Ahí está nuestra confianza, porque Dios no se separará más del
hombre. Y nos consuela saber que en Dios, con Jesús, hay preparado para
cada uno de nosotros un lugar: un destino de hijos resucitados nos espera y por esto vale la pena vivir aquí abajo buscando las cosas de allá arriba, donde se encuentra Nuestro Señor. Esto es lo que hizo Jesús, con su poder de unir la tierra con el cielo».
Ese poder continúa hoy porque Jesús sigue intercediendo por nosotros
ante el Padre: «Este poder suyo no ha terminado una vez que subió al
cielo, continúa también ahora y dura para siempre. Jesús esta
verdaderamente con nosotros y para nosotros. En el cielo muestra siempre
al Padre su humanidad, nuestra humanidad, y así está siempre vivo para
interceder a nuestro favor. He aquí la palabra clave del poder de Jesús: intercesión. Jesús ante el Padre intercede cada día, cada momento por nosotros».
De ese poder intercesor podemos participar también nosotros mediante la
oración, dijo Francisco: para no quedar sumergidos en el “malestar
existencial” de una vida apresurada y cargada de cosas, «recordemos cada
día ‘tirar el ancla a Dios’. Llevemos a él los pesos, las personas y
las situaciones, confiémosle todo. Es esta la fuerza de la oración, que
une el cielo con la tierra, que permite que Dios entre en nuestro tiempo. La
oración cristiana no es un modo de estar en paz con uno mismo o
encontrar alguna armonía interior; nosotros rezamos para llevar todo a
Dios, para confiarle el mundo. La oración es intercesión. No es
tranquilidad, es caridad».
En consecuencia, «interceder sin cansarse es nuestra primera responsabilidad«,
concluyó el Papa, «porque la oración es la fuerza que hace ir adelante
el mundo. Es nuestra misión, una misión que al mismo tiempo cuesta
fatiga y da paz. Este es nuestro poder: no prevalecer o gritar más
fuerte, según la lógica de este mundo, sino ejercitar la fuerza humilde de la oración,
con la cual se pueden también detener la guerras y obtener la paz. Como
Jesús intercede siempre por nosotros ante el Padre, así nosotros sus
discípulos, no nos cansemos jamás de rezar para acercar la tierra al
cielo».
Imágenes de la masa que siguió la misa del Papa en Génova.
Texto completo de la homilía del Papa en la misa de Génova
Hemos escuchado aquello que Jesús Resucitado dice a los discípulos antes
de su ascensión: “se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra”
(Mt.28,18). El poder de Jesús, la fuerza de Dios. Este tema atraviesa
las lecturas de hoy: en la primera Jesús dice que no les corresponde a
los discípulos conocer “tiempos o momentos que el Padre ha reservado a
su poder”, pero les promete la “fuerza del Espíritu Santo” (Hechos
1,7-8); en la segunda san Pablo habla de la “extraordinaria grandeza de
su potencia con nosotros” y “de la eficacia de su fuerza” (Ef.1,19).
Pero ¿en qué cosa consiste esta fuerza, este poder de Dios?
Jesús afirma que es un poder “en el cielo y sobre la tierra”. Es sobre
todo el poder de conectar el cielo con la tierra. Hoy celebramos este
misterio, porque cuando Jesús ha subido al Padre nuestra carne humana ha
atravesado el umbral del cielo: nuestra humanidad está ahí, en Dios,
para siempre. Ahí está nuestra confianza, porque Dios no se separará más
del hombre. Y nos consuela saber que en Dios, con Jesús, hay preparado
para cada uno de nosotros un lugar: un destino de hijos resucitados nos
espera y por esto vale la pena vivir aquí abajo buscando las cosas de
allá arriba, donde se encuentra nuestro Señor (CFr.Col.3,1-2). Esto es
lo que hizo Jesús, con su poder de unir la tierra con el cielo.
Pero este poder suyo no ha terminado una vez que subió al cielo,
continúa también ahora y dura para siempre. De hecho, propiamente antes
de subir al Padre Jesús ha dicho: “Yo estaré con ustedes todos los días
hasta el fin del mundo” (Mt.28,20). No es un modo de decir, una simple
reafirmación, como cuando antes de partir para un largo viaje se dice a
los amigos: “Los recordaré”. No, Jesús esta verdaderamente con nosotros y
para nosotros: en el cielo muestra siempre al Padre su humanidad,
nuestra humanidad, y así “está siempre vivo para interceder” (Heb.7,25) a
nuestro favor. He aquí la palabra clave del poder de Jesús:
intercesión. Jesús ante el Padre intercede cada día, cada momento por
nosotros. En cada oración, en cada uno de nuestros pedidos de perdón,
sobre todo en cada misa, Jesús interviene: muestra al Padre los signos
de su vida ofrecida, sus llagas, e intercede, obteniendo misericordia
para nosotros. Él es nuestro “abogado” (Cfr.1Jn.2,1) y, cuando tenemos
alguna “causa” importante hacemos bien a confiársela, a decirle: “Señor
Jesús, intercede por mí, por nosotros, por aquella persona, por aquella
situación”.
Esta capacidad de interceder Jesús la ha dado también nosotros, a su
Iglesia, que tiene el poder y también el deber de interceder, de rezar
por todos. Podemos preguntarnos: “¿Yo rezo?” nosotros como Iglesia, como
cristianos ¿ejercitamos este poder llevando a Dios las personas y las
situaciones?”. El mundo tiene necesidad. Nosotros mismos tenemos
necesidad. En nuestras jornadas corremos y trabajamos tanto, nos
empeñamos en muchas cosas; pero corremos el riesgo de llegar a la tarde
cansados y con el alma cargada, iguales a una nave cargada de mercadería
que después de un viaje fatigoso entra en el puerto con el deseo
solamente de atracar y apagar la luz. Viviendo siempre corriendo y
tantas cosas por hacer, nos podemos perder cerrarnos en nosotros mismos y
convertirnos en inquietos por algo sin sentido. Para no quedar
sumergidos en este “malestar existencial”, recordemos cada día “tirar el
ancla a Dios”: llevemos a él los pesos, las personas y las situaciones,
confiémosle todo. Es esta la fuerza de la oración, que une el cielo con
la tierra, que permite que Dios entre en nuestro tiempo.
La oración cristiana no es un modo para estar más en paz con sí mismos o
encontrar alguna armonía interior; nosotros rezamos para llevar todo a
Dios, para confiarle el mundo: la oración es intercesión. No es
tranquilidad, es caridad. Es pedir, buscar, llamar (cfr. Mt 7,7). Es
ponerse en juego para interceder, insistiendo asiduamente con Dios los
unos por los otros (cfr. Hechos1,14). Interceder sin cansarse: es
nuestra primera responsabilidad, porque la oración es la fuerza que hace
ir adelante el mundo; es nuestra misión, una misión que al mismo tiempo
cuesta fatiga y da paz. Este es nuestro poder: no prevalecer o gritar
más fuerte, según la lógica de este mundo, sino ejercitar la fuerza
humilde de la oración, con la cual se pueden también detener la guerras y
obtener la paz. Como Jesús intercede siempre por nosotros ante el
Padre, así nosotros sus discípulos, no nos cansemos jamás de rezar para
acercar la tierra al cielo.
Después de la intercesión emerge, del Evangelio de hoy, una segunda
palabra clave que revela el poder de Jesús: el anuncio. El señor envía a
los suyos a anunciarlo con la sola fuerza del Espíritu Santo: “Vayan
por todas partes y hagan discípulos míos en todos los pueblos” (Mt
28,19). Es un acto de extrema confianza en los suyos: Jesús confía en
nosotros, ¡cree en nosotros más de cuanto nosotros creemos en nosotros
mismos! Nos envía a pesar de nuestros límites; sabe que no somos
perfectos y que, si esperamos a convertirnos mejores para evangelizar,
no comenzaremos jamás.
Para Jesús es muy importante que pronto superemos una gran imperfección:
la cerrazón. Porque el Evangelio no puede ser encerrado y sellado,
porque el amor de Dios es dinámico y quiere alcanzar a todos. Para
anunciar, sin embargo, es necesario andar, salir de sí mismo. Con el
Señor no se puede estar quietos, acomodados en el propio mundo o en los
recuerdos nostálgicos del pasado; con él está prohibido mantenerse calmo
en las seguridades adquiridas. La seguridad para Jesús está en el andar
con confianza: allí se revela su fuerza. Porque el señor no aprecia la
comodidad, pero incomoda y relanza siempre. Nos quiere en salida, libres
de la tentación de contentarse cuando estamos bien y tenemos todo bajo
control. Id, nos dice también hoy Jesús, que en el bautismo ha conferido
a cada uno de nosotros el poder del anuncio. Por eso andar en el mundo
con el Señor pertenece a la identidad del cristiano. No es solo para
sacerdotes, monjas y consagrados.El cristiano no está detenido, sino en
camino: con el Señor hacia los otros. Pero el cristiano no es un
corredor que corre como loco o un conquistador que tiene que llegar
antes que los otros. Es un peregrino, un misionero, un “maratonista
esperanzado”. Suave, pero decidido en el caminar; confiado y al mismo
tiempo activo; creativo pero siempre respetuoso; emprendedor y abierto;
laborioso y solidario. ¡Con este estilo recorremos los caminos del
mundo!
Como para los discípulos de los orígenes, nuestros lugares de anuncio
son las calles del mundo: y sobre todo allí que el Señor espera ser
conocido hoy. Como en los orígenes desea que el anuncio sea llevado con
su fuerza: no con la fuerza del mundo, sino con la fuerza límpida y
suave del testimonio alegre. Esto es urgente. Pidamos al Señor la gracia
de no fosilizarse sobre cuestiones no centrales, sino de dedicarse
plenamente a la urgencia de la misión. Dejemos a otros las murmuraciones
y las fingidas discusiones de quien se escucha solo a sí mismo y
trabajemos concretamente por el bien común y la paz; pongamos en juego
con coraje, convencidos que hay más alegría en el dar que en el recibir
(cfr. Hechos 20,35). El Señor resucitado y vivo, que siempre intercede
por nosotros sea la fuerza de nuestro andar, el coraje de nuestro
caminar.
ReligiónenLibertad






