
1
Viacrucis de gratuidad
(Estaciones bíblicas)
Monición introductoria
Hermanos: El Señor Jesús ha resucitado. Vive para siempre y
nunca más volverá a morir. Su humanidad fue juzgada y asesinada por el
pecado de los hombres, de todos y cada uno de nosotros. Todos le gritamos
a Poncio Pilatos que lo crucificara. Le creímos digno de muerte porque se
oponía a nuestros planes. Dios, sin embargo, le dio la razón resucitándolo
de entre los muertos. Es más, le ha constituido Señor y le ha nombrado
Juez de vivos y de muertos. Le ha sido sometido todo en el cielo y en la
tierra. No obstante, no hay nada que temer. Al contrario, tendremos vida a
costa de su muerte. Su Espíritu nos hará entender este misterio de amor
siguiendo sus huellas en este viacrucis. Démosle gracias y vivamos en
oración, el testimonio de sus últimas horas en este mundo.
1ª Estación: Jesús en el huerto de los Olivos.
Puesto de rodillas oraba diciendo: Padre, si es posible aparta de mí este cáliz
pero no se haga mi voluntad sino la tuya. Cuanta mayor era su angustia, más
insistentemente oraba. Su sudor se parecía a gotas espesas de sangre que
caían a tierra (Lc 22, 41-44).
Cuanto más sufrías, Señor, más insistentemente orabas. Eso dice tu
evangelio. Llegaste hasta tal angustia que sudabas gotas de sangre. Tu
humanidad, como la nuestra, aborrecía el sufrimiento y gritaste: “Padre, si
es posible, pase de mi este cáliz”. Pero no fue posible, Señor, porque
sufrías por todos nosotros. Allí estaba yo también con todos mis pesos.
Ahora sólo quiero decirte una cosa: gracias por tu angustia, gracias
por tus gotas de sangre; ellas son las que me salvan. No son mis
sufrimientos, ni mis esfuerzos, ni mis bondades los que cuentan. Eres tú,
Señor, eres tú el único Salvador, la única ofrenda agradable al Padre. Que
yo no me apoye en mis obras ni en mis méritos sino que crea en tu amor
totalmente gratuito, sin pedir nada a cambio. Nadie me ha querido, nadie
me ha buscado, nadie ha dado su vida por mí como tú lo has hecho. Nos
amaste siendo enemigos tuyos, cuando no te entendíamos, cuando le
pedimos a Pilatos tu vida. Jesús, eres único; gracias por el mal rato que
pasaste en Getsemaní.
2ª Estación. Jesús traicionado por Judas
Todavía estaba Jesús hablando cuando se presentó Judas acompañado de un
tropel de gente armada con espadas y palos. Se acercó Judas a Jesús y le dijo:
Maestro. Acto seguido lo besó y entonces todos se abalanzaron sobre él para
prenderlo (Mc 14, 43-46).
El beso de Judas, Señor, es mi beso, el beso de cualquier hombre.
¡Qué contradicción! Con un gesto de amor te traicionamos. Los hombres
somos así. Hacemos daño muchas veces con nuestros besos. Aún queriendo
ser buenos, nos sale lo malo. No hay bondad en nosotros para poder
besarte, para poder abrazarte, ni a ti ni a los hermanos. Estamos, como
Judas, encerrados en nuestros intereses y, a veces, en nuestra malicia y
pecado. Haz, Señor, que nos dejemos salvar por ti para que dejemos de ser
Judas los unos para los otros.
Tú, Jesús, vivo y resucitado para siempre, sabes besarnos y llenarnos
de paz. Tú sabes besarnos en nuestras pobrezas y heridas. Tú abrazas y
besas a los más pequeños, a los más necesitados. Siempre te pones de parte
del excluido, del que es víctima, del que no tiene protección. Tú tienes
experiencia de todo lo nuestro, de nuestras traiciones. Judas te traicionó,
pero antes ya habías sido asesinado en Abel, vendido en José, perseguido
al nacer, violado en niñas, excluido en los pobres, despreciado en los
indefensos, injustamente tratado en todas las víctimas de la historia. Te
necesitamos. Señor, necesitamos tu gracia para crear unas relaciones
nuevas entre los hombres. Que tu gracia sane mis besos y los trasforme en
besos de paz, de cariño, de perdón y misericordia.
3ª Estación: Jesús condenado por el Sanedrín
Otra vez le interrogó el sumo sacerdote: ¿”Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios
bendito”? Jesús respondió: “Si, lo soy… Al oír esto el sumo sacerdote dijo
indignado. “¿Para qué queremos más testimonios?” ¡Ya habéis oído su
blasfemia! ¿Qué os parece? Y todos a una le condenaron a muerte (Mc 14, 61-
64).
Señor Jesús, tu profeta Isaías había dicho que serías entregado sin
juicio, sin argumento, sin culpa. Es verdad, pero tú te expusiste a ser
juzgado porque te hiciste pecado y maldición, como un cualquiera. Ya
sabemos que no eran tus culpas sino las nuestras. Te damos gracias porque
te dejaste juzgar y tratar como un pecador. Era yo el que era juzgado
cuando te juzgaron a ti; tú quisiste ponerte en mi lugar. Nosotros, no nos
ponemos en lugar de nadie; al contrario, como el Sanedrín, juzgamos y
rechazamos. Jesús, ten piedad de este mundo nuestro que te ignora y que te
volvería a matar si volvieras.
Gracias a tu resurrección nos damos cuenta de que Dios te ha dado la
razón, y no sólo te ha devuelto a la vida sino que te ha constituido, Señor
de todas las cosas y Juez de la historia. Gracias a tu resurrección podemos
ser buenos. Te alabamos, Señor, por tu santa y maravillosa resurrección. Tu
victoria es la nuestra y nadie nos la arrebatará. Que esta victoria tuya actúe
en nosotros y termine con nuestros juicios, con nuestras envidias y nuestras
rivalidades. El juicio del Sanedrín no pudo ser otra cosa que una
pantomima. No sabían de qué acusarte pero tenían muy claro que te iban a
condenar. Así actúa nuestra malicia impresentable. Sana, Señor, los juicios
de nuestro corazón.
4ª Estación: Pedro niega a Jesús
Pedro estaba sentado fuera, en el patio; y se le acercó una criada
que le dijo: “También tú andabas con Jesús, el galileo”. Pero él lo negó
delante de todos: “No sé lo que estás diciendo”. Cuando salía hacia el
pórtico lo vio otra criada, que dijo a los que había allí: “Ése estaba con
Jesús el Nazareno”. Y él de nuevo negó con juramento: “No conozco a ese
hombre”. Poco después, los que estaban allí se acercaron a Pedro y le
dijeron: “Realmente tú también eres de ellos pues tu acento te delata”.
Entonces él se puso a echar maldiciones y a jurar: “No conozco a ese
hombre”. Y en aquel momento cantó un gallo. Y Pedro se acordó de lo que
había dicho Jesús: “Antes de que cante el gallo, me negarás tres veces”
(Mt 26, 69-75).
Señor, Jesús, yo te pido que no te niegue nunca. Ya tengo bastantes
cosas con las que cargar para encima negarte y encerrarme en mi oscuridad.
Concédemelo como una gracia ya que por mí mismo soy tan débil como
Pedro. Cualquier criada me asusta, cualquier juicio del mundo me
avergüenza, me cuesta ser cristiano, sacar la cara por ti. En esta sociedad
mundana y descreída muchos van contra ti y contra tus discípulos; seguirte
es nadar contra corriente. Cualquier cosa, Señor, antes que perderte, antes
que negarte y alejarme de ti.
Te damos gracias porque en tu resurrección le concediste el perdón a
Pedro y en él a todos los débiles como yo. Ahora te quiero pedir por los
más débiles: por los niños abortados, los que mueren de hambre, los
maltratados y abandonados, los que cambian de padre cada fin de semana,
los que están en orfanatos y correccionales. De una manera especial te
pedimos por los que te niegan en los niños y en los pobres. Ablanda, Señor,
su corazón. Quiero vivir en la Iglesia de Pedro, de los perdonados, de los
débiles, indigentes y necesitados, de los que todo lo esperan de ti y de tu
amor. Quitarme la soberbia de querer salvar al mundo por mí mismo,
porque sé que, como Pedro, seré derrotado.
5ª Estación: Jesús es juzgado por Pilatos
Llevaron atado a Jesús y se lo entregaron a Pilatos. Éste le preguntó: “¿Eres tú
el rey de los judíos?” Jesús le contestó: “Tú lo dices”. Como los jefes de los
sacerdotes no dejaban de acusarle, Pilatos le preguntó otra vez: “¿No
respondes nada? Mira cómo te están acusando”. Pero Jesús no contestó; así
que Pilatos se quedó sin saber qué pensar (Mc, 15, 1-5).
Otro juicio del mundo sobre ti. Este fue un juicio político. Pilatos no
supo reconocerte ni se interesó por ti; te condenó por miedo a perder su
puesto. Tú, ante tal indiferencia, también, Señor, te callaste y dejaste a
Pilatos perplejo y sin saber qué pensar de ti. ¿Por qué no te defendiste?
Para nosotros fue mejor que te callaras. Tú sabías que no te estaban
juzgando a ti sino a toda la humanidad y verdaderamente no tenemos
defensa. Tú nos amabas y por eso no te defendiste; preferiste entrar en la
muerte por nosotros. En Pilatos te estaba juzgando el Padre y tú aceptaste
el reto. Tu muerte resucitada sería el principio de una justicia nueva.
Señor, te damos gracias por esta justicia nueva que ya no se basa en
nuestras obras y ofrendas, incapaces de sostenerse. Junto a ti yo no quiero
mi justicia ni mis méritos ni mi valía. Sé que sólo puedo sostenerme en pie
delante del Padre, gracias a tu muerte no a las mías. Por eso, Señor, dame
fe en ti; asegúrame de que es en tu sangre donde yo y el mundo entero
estamos a salvo. Líbrame de la soberbia de creer que yo puedo hacer algo
por mí mismo para mi salvación. Enséñame que tú eres la salvación y que
sólo tu gracia me lleva a ella. Quiero amarte sabiendo que tú eres todo para
mí.
6ª Estación: Jesús es flagelado y coronado de espinas
Queriendo quedar bien con la gente, Pilatos ordenó que pusieran en libertad a
Barrabás y que a Jesús lo azotaran y lo crucificaran… Le pusieron un manto de
púrpura y una corona de espinas en la cabeza para burlarse de él (Mc 15, 15-
19).
¡Qué escenas más duras, Señor! ¿Qué quisiste sanar en nosotros
sometiéndote a estas afrentas? Tu humanidad ha sido el instrumento que
Dios eligió para nuestra salvación, pero ¿era necesario llegar hasta el
extremo de dejarte insultar, flagelar, burlar y coronar de espinas? Sí, era
necesario y te damos gracias porque lo has hecho. ¿Qué pensabas, Jesús, de
los que te azotaban? ¿Pensabas en mí? ¿Me veías con un látigo en la mano?
Has tenido que pasar por nuestras situaciones, una a una, para que todas
queden redimidas. Si tú no pasas por ellas el Demonio sigue siendo su
dueño. Gracias porque me has librado de él.
Te veo, Señor, atado a la columna mientras te flagelan. Te presento a
todos los que están atados por la enfermedad, por el paro y la pobreza, por
un matrimonio infeliz, por diálisis, por la enfermedad de un familiar, por
torturas de la mente, por un trabajo agobiante, por el desprecio y el odio y
la humillación. Sana, Señor, a todos los que se sienten desgraciados en su
enfermedad. Renueva nuestra confianza. Haznos experimentar que no
estamos solos, que tú estas en nuestros problemas. Yo quiero alabarte en el
absurdo, allí donde no entiendo nada, en cualquier circunstancia que me
torture.
7ª Estación: Jesús carga con la cruz
Después de haberse burlado de él, le quitaron el manto de púrpura, le vistieron
su propia ropa y lo sacaron de allí para crucificarle (Mc 15,20).
El que quiera venir en pos de mí que tome su cruz y me siga. Tú,
Señor, has dicho estas palabras. Tú lo hiciste primero, tú cargaste con tu
cruz. No obstante, no me mandes a mí algo imposible. Yo no puedo cargar
con mi cruz. La rechazo y huyo de ella todo lo que puedo. No me es nada
amable. No me acepto, ni acepto mi vida. A veces quiero que se muera
gente que está a mi lado. No los soporto. Tampoco soporto mi trabajo ni a
los que mandan. Sin embargo, yo sé que sólo siguiéndote a ti encontraré
descanso.
Yo sé que la cruz para el cristiano puede ser gloriosa porque tú ya
has vencido a la muerte. Tú dijiste: No temáis, yo he vencido al mundo. Por
el poder de tu victoria: Acuérdate, Señor, de todos los que blasfeman en sus
sufrimientos, de todos los que lo llevan mal, de los que se hacen ateos
porque no entienden el dolor en el mundo. Acuérdate también de todos los
que trabajan para mitigar el dolor de las injusticias, desigualdades, hambres
y carencias de todo tipo; acuérdate de los médicos, investigadores,
enfermeras; de todos los que tienen la cruz en su propio hogar o
comunidad. Te entregamos, Señor, la cruz del mundo entero, pon tu mano
sobre nuestro dolor.
8ª Estación: Jesús es ayudado por el Cirineo
Por el camino encontraron a un hombre que volvía del campo, a un tal Simón,
natural de Cirene… y le obligaron a cargar con la cruz de Jesús (Mc 15,21).
Un hombre cualquiera, llamado Simón, venía del campo. Al ver la
comitiva que acompañaba a Jesús, se acercó, tal vez por curiosidad. Los
soldados, contra su voluntad le obligaron a ayudar a Jesús y a cargar con su
cruz. No sabía que era un elegido. Pese a su mala disposición fue
bendecido. Jesús lo miró agradecido y la gracia se derramó en su alma. Los
hijos de este tal Simón de Cirene, son citados como miembros de la Iglesia
primitiva. Jesús, tu mirada profundamente humana conoce nuestros
corazones. Nadie te gana en generosidad.
Gracias, Señor, porque todos los que estamos hoy aquí somos unos
elegidos. Por eso, por tu gracia, queremos ayudarte a cargar con tu cruz,
aunque a veces nos cuesta. La cruz de los enfermos, de los ancianos, de los
que están solos y no tienen hogar. Que nuestra entrega a tu Iglesia sea
sincera y no la hagamos desde nosotros mismos y nuestros intereses. Que
oremos desde el corazón, que sirvamos a tus hijos con convicción y a tus
pobres con amor. Que sea tu Espíritu el que dirija nuestro obrar para que no
nos busquemos a nosotros mismos sirviendo a los demás. De esta forma te
ayudaremos, como el Cirineo, a llevar tu cruz y la del mundo entero.
9º Estación: Jesús encuentra a las mujeres de Jerusalén
Detrás iba también mucha gente del pueblo y mujeres que lloraban y se
lamentaban. Jesús, en cierto momento se volvió a ellas y les dijo: “Mujeres de
Jerusalén no lloréis por mí; llorad, más bien, por vosotras y por vuestros hijos
(Lc 23, 27-28).
Dios nos encerró a todos en el pecado para tener misericordia de
todos. Nuestro llanto debe recaer sobre nosotros. Sin embargo, somos
objetos de misericordia por medio de esta pasión que contemplamos. Jesús,
tú eres la compasión de Dios hacia nosotros. Nos duelen tus sufrimientos,
pero no podemos llorar por ti como lo hacían las mujeres. Tu misión es de
amor. No es un castigo lo que te ocurre, nadie te quita la vida, tú la entregas
con amor infinito. Gracias, Señor.
En cambio, sí debemos temer y llorar por nosotros y por los
hermanos que se alejen de la misericordia marchando detrás de sus
planteamientos. Descúbrenos, Señor, tu misericordia, no permitas que nos
endurezcamos como muchos judíos. Sobre ellos cayó, a los pocos años, un
castigo y no quedó de su ciudad piedra sobre piedra. Fuera de tu
misericordia aún el vivir es un castigo. No nos dejes en nuestras propias
manos; danos tu Santo Espíritu y auméntanos la fe. Haz que nos
encontremos contigo más allá de las lágrimas, en el quebrantamiento del
corazón.
10ª Estación: Jesús es crucificado
Cuando llegaron al lugar llamado “La Calavera”, crucificaron a Jesús y a dos
criminales, uno a su derecha y otro a su izquierda. Jesús entonces decía:
“Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 33-34).
Señor Jesús, mientras los hombres destrozaban y crucificaban tu
cuerpo, tú les estabas perdonando y rogabas al Padre por ellos. Tu perdón
es nuevo, cambia la historia de la humanidad. Nadie ha podido perdonar al
que lo asesinaba y, si alguno lo ha hecho, ha sido porque tú le has dado tu
gracia, le has hecho una criatura nueva. Tu perdón es algo bajado del cielo
que limpia como ninguna otra cosa nuestros corazones. Por eso son santos
tantos mártires porque han sabido perdonar a sus verdugos. Gracias por
todos los que nos dan un testimonio de perdón semejante al tuyo.
Yo, Señor, no sé perdonar. Mi hombre viejo, cuando se siente herido,
hierve en deseos de juicio y de venganza. El rencor y el resentimiento
habitan en mí. Pienso que el que la hace debe pagarla. Sáname, Señor, yo
no puedo perdonar. Sana todos mis recuerdos heridos. Hazme una criatura
nueva en el perdón. Sólo tú puedes hacerlo como regalo de tu muerte y
resurrección. Que yo aprenda a morir en el perdón no como obra de mi
esfuerzo sino como fruto de tu justicia, la que nos has merecido en este
precioso misterio pascual que estamos recorriendo este rato de Vía crucis.
11ª Estación: Jesús promete su reino al buen ladrón
Uno de los criminales lo insultaba… pero el otro increpó a su compañero.
Volviéndose a Jesús, le dijo: “Acuérdate de mí cuando estés en tu reino”. Jesús
le contestó: “Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso” Lc 23, 39-43).
Extraña escena. En plena pobreza, en la cercanía de la muerte, en
presencia de un Jesús sangrante, un hombre acoge la gracia y el otro se
endurece y radicaliza su malicia. ¿Qué es esto? ¿Qué hay detrás de tales
posturas? Mi corazón se echa a temblar y te dice: “Acuérdate de mí en tu
reino”. ¿Por qué unos hombres son de una manera y otros de otra? No
quiero entenderlo, no quiero ser un atrevido. Si lo hiciera dejaría de ser
niño. No pretendo grandezas que superan mi capacidad.
Nosotros, Señor, no podemos salvarnos pero sí podemos
condenarnos. Esto lo tengo muy claro. Sé también que tu muerte borra el
pecado original y ahuyenta al demonio, padre del endurecimiento y de la
soberbia. ¿Qué había en el corazón del mal ladrón? ¿Qué hay en el corazón
de tantos que te niegan en estos tiempos? Señor, queremos acoger tu
muerte, todos los frutos de tu muerte. Con esta gracia queremos orar por
ese desgraciado ladrón y por todos los hombres que están en una situación
semejante a la suya. Líbralos del poder del Maligno.
12 Estación: Jesús crucificado, la madre y el discípulo
Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, María la mujer de Cleofás, que era
hermana de su madre, y María la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y, junto
a ella, al discípulo a quien tanto quería, dijo a su madre: “Mujer, ahí tienes a tu
hijo” Después dijo al discípulo:”Ahí tienes a tu madre”. Y desde aquel momento,
el discípulo la recibió en su casa (Jn 19, 25-27).
Señor, te alabamos por el misterio de tu Madre. Por su fe y su
compasión, su entrega se hizo total. La espada de Simeón atravesó su alma
hasta el final. Creyó en ti, Señor, contra toda evidencia y contra el sentir de
todo su pueblo que gritaba tu muerte. Danos una fe semejante a la de
María, tu Madre. En esa fe y en esa compasión le fue otorgado el don de la
maternidad universal: Mujer, ahí tienes a tu hijo.
El pueblo ha intuido siempre el dolor de esta madre, por eso ha
acudido tanto a ella. Una madre que no sufre por su hijo casi no es madre.
Nos alegramos, Señor, y damos gracias por la hondura del sufrimiento de
María. Esa experiencia le ha constituido abogada de todas nuestras causas.
Nos sentimos hijos suyos y le agradecemos la ternura y la misericordia con
que sus ojos nos miran. Tú nos dices: Ahí tienes a tu madre.
13ª Estación: Jesús muere en la cruz
Jesús exclamó: “Tengo sed”. Había allí una jarra de vinagre. Los soldados
colocaron en la punta de una caña una esponja empapada en vinagre y se la
acercaron a la boca. Jesús lo probó y dijo: “Todo está cumplido”. E, inclinando
la cabeza murió (Jn 19, 28-30).
Por fin, Señor, ha llegado tu hora. Mueres con mucha sed pero en paz
porque todo ha sido cumplido. Después de muerto, tu costado fue
traspasado y manó de él sangre y agua. Pero has resucitado y vives para
siempre. Tu Espíritu, Señor, juntamente con tu sangre y tu agua serán los
testigos. Seguiremos celebrando en la Eucaristía tu muerte con el acento y
el gozo de la resurrección. No estamos tristes por tu muerte, estamos
orgullosos y agradecidos de que vivas para siempre.
Haz, Señor, que cuando vayamos a comulgar no comamos la carne
de un cadáver. La muerte ya no tiene dominio sobre ti. La has vencido y le
has quebrado su aguijón. Haz, Señor, que cuando llegue nuestra hora te
sintamos cerca de nosotros. Acuérdate de los que está muriendo hoy, de
una manera especial de los que no tengan paz, de los que se van a suicidar,
de los que se matan a sí mismos mediante la droga y todas las lacras
actuales, de los que carecen de esperanza y de todos los que buscan la vida
en el pecado.
14ª Estación: Jesús es depositado en el Sepulcro
Al atardecer, José de Arimatea se presentó valerosamente a Pilatos y le pidió
el cuerpo de Jesús. Pilatos, extrañado de que ya hubiera muerto, mandó llamar
al comandante de la guardia para preguntarle. El comandante le dijo que sí y,
entonces, Pilatos mandó entregar el cuerpo a José. Éste lo bajó de la cruz, lo
envolvió en una sábana que había comprado y lo puso en un sepulcro
excavado en la roca. Después hizo rodar una piedra, cerrando con ella la
entrada al sepulcro (Mc 15, 42-46).
Señor, Jesús, tu humanidad se ha convertido en un simple cadáver
colocado en un sepulcro bajo tierra. Eres como cualquier pobre hijo de
Adán. Tu destino, como el mío en su momento, es la corrupción. Tu
pobreza es absoluta, nada puedes hacer por ti mismo. Pero Dios tenía otros
planes sobre ti. Ya lo había dicho el Rey David: No permitirás que tu santo
experimente la corrupción (Hch 2, 27).
Señor, cuando me muera me sentiré a gusto en mi tumba porque me
pareceré a ti. También sobre mí habrá un designio de salvación y sé que
disfrutaré de una resurrección por pura gratuidad. Ninguno de mis méritos
será capaz de resucitarme. Mi enganche con la vida eterna será la fe en ti.
Tampoco tus méritos, Señor, hubieran sido capaces de resucitarte. Al final,
los dos hemos sido amados gratuitamente en nuestra extrema pobreza que
es la del sepulcro. La diferencia es que yo merecí la muerte por mi pecado
y tú no. Por eso Dios te hizo instrumento de salvación. Adoro, Señor, tu
humanidad resucitada, sentada ya a la derecha de Dios Padre. Superada tu
condición, terrena, tu Espíritu nos revela que tú fuiste hombre y sufriste,
como cualquiera de nosotros pero que tu personalidad siempre fue divina,
unida al Verbo de Dios para siempre por eternidad de eternidades.
15ª Estación: La resurrección de Cristo Jesús (fuera de la cuaresma)
El primer día de la semana, muy de mañana, fueron las mujeres al
sepulcro, llevando los aromas que habían preparado. Encontraron que la
piedra había sido retirada del sepulcro y entraron pero no vieron el cuerpo
del Señor Jesús. No sabían qué pensar de esto cuando se presentaron ante
ellas dos hombres con vestidos resplandecientes. Les dijeron: “¿Por qué
buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado. (Lc 24,
1-6).
Hoy cambia la historia. El seol y la fosa dejan de existir porque un
cadáver ha resucitado y ha salido victorioso del sepulcro. La muerte queda
vencida y llora de tristeza en lo profundo de la tumba. Ella es nuestro
último enemigo, el mayor de todos y ha sido vencido. Ya no tiene el
dominio sobre el cosmos. Hoy se han engendrado unos cielos nuevos y una
tierra nueva. Los poderes del mal han sido destituidos, y todo su cortejo
puesto en evidencia. No había nada, era todo mentira, sus promesas eran
trampas. Las mujeres quedaron desconcertadas, no sabían qué pensar hasta
que la luz les gritó: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?
Gracias, Señor, por tu resurrección. Todos los que hemos pasado la
vida buscando una patria gritamos alborozados. Es posible la alegría,
aleluya es nuestro canto, volvemos al hogar después del negro destierro.
Desde hoy es posible la Iglesia, puede existir el amor, me rodean muchos
hermanos que gritan conmigo. Sus labios me besan, sus brazos me
estrechan, su corazón me necesita. Gracias porque huye Satanás. No acepto
su acusación, no acepto su veredicto de condenación, su infierno ya no me
asusta. Mi poder ya no está en mí, mi justicia tampoco, mis deudas han sido
canceladas. Jesús, el Resucitado es el Señor, es mi Señor
Chus Villarroel O.P.
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