
Del 9 al 12 de mayo se reúnen en San Salvador (El Salvador) obispos representantes de las conferencias episcopales latinoamericanas reunidas en la CELAM (www.celam.org), que incluyen las de 18 países hispanohablantes, además de Puerto Rico y algunas que no son de lengua española, como la de Haití, la de Brasil y la de las Antillas.
Se trata de la asamblea ordinaria que periódicamente se celebra. En esta edición se recuerdan los 10 años del encuentro de obispos en Aparecida,
los 20 años del Sínodo de la Iglesia en América, 25 años del encuentro
en Santo Domingo, los 75 años de la creación del SEDAC, los 100 años del nacimiento de Monseñor Óscar Arnulfo Romero y 175 años de la creación de la Arquidiócesis de San Salvador. De todo ello se informa en www.comunicacioncelam.net .
El Papa Francisco ha escrito un mensaje a los obispos de la CELAM, a los que conoce bien y de los que ha sido un orientador durante años, para animarles a arriesgarse en la evangelización y el trabajo comprometido con el pueblo.
«Sólo pesca aquél que no tiene miedo de arriesgar«, les dice.
“En la medida en que nos involucremos con la vida de nuestro pueblo fiel y sintamos el hondón de sus heridas, podremos mirar sin ‘filtros clericales’ el rostro de Cristo,
ir a su Evangelio para rezar, pensar, discernir y dejarnos transformar,
desde Su rostro, en pastores de esperanza”, añade el Papa.
Francisco también reflexiona en su mensaje acerca de la enseñanza que se puede tomar de la devoción a la Virgen de Aparecida, patrona de Brasil, encontrada por unos pescadores muy pobres.
«Aparecida es toda ella una escuela de discipulado», explica el Papa. En esa historia destaca:
– la santa tozudez de los pescadores, de la que hay que aprender
– la Virgen, que es madre, «madraza», está «en el fango», sin miedo a ensuciarse
– el fruto no es una «pesca», sino una comunidad
Publicamos a continuación el mensaje completo.
Mensaje del Papa Francisco a la 36º Asamblea General Ordinaria del CELAM
Mis hermanos Obispos reunidos en la Asamblea del CELAM Queridos hermanos
Quiero acércame a Ustedes en estos días de Asamblea que tiene como
mística de fondo la celebración de los 300 años de Nuestra Señora
Aparecida. Y, con Ustedes me gustaría poder “visitar” ese Santuario.
Una visita de hijos y de discípulos, visita de hermanos que como Moisés
quieren descalzarse en esa tierra santa que sabe albergar el encuentro
de Dios con Su pueblo. Así también quisiera que fuese nuestra “visita” a
los pies de la Madre, para que ella nos engendre en la esperanza y
temple nuestros corazones de hijos. Seria como “volver a casa” para
mirar, contemplar pero especialmente para dejarnos mirar y encontrar por
Aquel que nos amó primero.
Hace 300 años un grupo de pescadores salió como de costumbre a tirar sus
redes “Salieron a ganarse la vida y fueron sorprendidos por un hallazgo
que les cambió los pasos: en sus rutinas son encontrados por una
pequeña imagen toda recubierta de fango.
Era Nuestra Señora de la Concepción, imagen que durante 15 años
permaneció en la casa de uno de ellos, y allí los pescadores iban a
rezar y Ella los ayudaba a crecer en la fe. Aún hoy 300 años después,
Nuestra Señora Aparecida, nos hace crecer, nos sumerge en un camino
discipular. Aparecida es toda ella una escuela de discipulado. Y, al
respecto, quisiera señalar tres aspectos. El primero son los pescadores.
No eran muchos, un grupito de hombres que cotidianamente salían a
encarar el día y a enfrentar la incertidumbre que el rio les deparaba.
Hombres que Vivian con la inseguridad de nunca saber cual seria la
“ganancia” del día; incertidumbre nada fácil de gestionar cuando se
trata de llevar el alimento a casa y sobre todo cuando en esa casa hay
niños que alimentar.
Los pescadores son esos hombres que conocen de primera mano la
ambivalencia que se da entre la generosidad del rio y la agresividad de
sus desbordes. Hombres acostumbrados a enfrentar inclemencias con la
reciedumbre y cierta santa “tozudez” de quienes día a día no dejan –
porque no pueden- de tirar las redes.
Esta imagen nos acerca al centro de la vida de tantos hermanos nuestros.
Veo rostros de personas que desde muy temprano y hasta bien entrada la
noche salen a ganarse la vida. Y lo hacen con la inseguridad de no saber
cual será el resultado. Y lo que más duele es ver que – casi de
ordinario – salen a enfrentar la inclemencia generada por uno de los
pecados más graves que azota hoy a nuestro Continente: la corrupción,
esa corrupción que arrasa con vidas sumergiéndolas en la más extrema
pobreza.
Corrupción que destruye poblaciones enteras sometiéndolas a la
precariedad. Corrupción que, como un cáncer, va carcomiendo la vida
cotidiana de nuestro pueblo. Y ahí están tantos hermanos nuestros que,
de manera admirable, salen a pelear y a enfrentar los “desbordes” de
muchos… de muchos que no necesitan salir.
El segundo aspecto es la Madre. María conoce de primera mano la vida de
sus hijos. En criollo me atrevo a decir: es madraza. Una madre que está
atenta y acompafla la vida de los suyos. Va a donde no se la espera.
En el relato de Aparecida la encontramos en medio del rio rodeada de
fango. Ahí espera a sus hijos, ahí está con sus hijos en medio de sus
luchas y búsquedas. No tiene miedo de sumergirse con 2 ellos en los
avatares de la historia y, si es necesario, ensuciarse para renovar la
esperanza.
María aparece allí donde los pescadores tiran las redes, allí donde esos
hombres intentan ganarse la vida. Ahí está ella. Por último, el
encuentro. Las redes no se llenaron de peces sino de una presencia que
les llenó la vida y les dió la certeza de que en sus intentos, en sus
luchas, no estaban solos. Era el encuentro de esos hombres con María.
Luego de limpiarla y restaurarla la llevaron a una casa donde permaneció
un buen tiempo.
Ese hogar, esa casa, fue el lugar donde los pescadores de la región iban
al encuentro de la Aparecida. Y esa presencia se hizo comunidad,
Iglesia. Las redes no se llenaron de peces, se transformaron en
comunidad.
En Aparecida, encontramos la dinámica del Pueblo creyente que se
confiesa pecador y salvado, un pueblo recio y tozudo, consciente de que
sus redes, su vida, está llena de una presencia que lo alienta a no
perder la esperanza; una presencia que se esconde en lo cotidiano del
hogar y de las familias, en esos silenciosos espacios en los que el
Espíritu Santo sigue apuntalando a nuestro Continente.
Todo esto nos presenta un hermoso icono que a nosotros, pastores, se nos
invita a contemplar. Vinimos como hijos y como discípulos a escuchar y
aprender que es lo que hoy, 300 años después, este acontecimiento nos
sigue diciendo. Aparecida (ya sea aquella aparición como hoy la
experiencia de la Conferencia) no nos trae recetas sino claves,
criterios, pequeñas grandes certezas para iluminar y, sobre todo,
“encender” el deseo de quitarnos todo ropaje innecesario y volver a las
raíces, a lo esencial, a la actitud que plantó la fe en los comienzos de
la Iglesia y después hizo de nuestro Continente la tierra de la
esperanza. Aparecida tan solo quiere renovar nuestra esperanza en medio
de tantas “inclemencias”.
La primera invitación que este icono nos hace como pastores es aprender a
mirar al Pueblo de Dios. Aprender a escucharlo y a conocerlo , a darle
su importancia y lugar. No de manera conceptual u organizativa, nominal o
funcional. Si bien es cierto que hoy en día hay una mayor participación
de fieles laicos, muchas veces los hemos limitado solo al compromiso
intraeclesial sin un claro estimulo para que permeen, con la fuerza del
evangelio, los ambientes sociales, políticos, económicos,
universitarios.
Aprender a escuchar al Pueblo de Dios significa descalzarnos de nuestros
prejuicios y racionalismos, de nuestros esquemas funcionalistas para
conocer cómo el Espíritu actúa en el corazón de tantos hombres y mujeres
que con gran reciedumbre no dejan de tirar las redes y pelean por hacer
creíble el evangelio, para conocer como el Espíritu sigue moviendo la
fe de nuestra gente; esa fe que no sabe tanto de ganancias y de éxitos
pastorales sino de firme esperanza.
¡Cuánto tenemos aprender de la fe de nuestra gente! La fe de madres y
abuelas que no tienen miedo a ensuciarse para sacar a sus hijos
adelante. Saben que el mundo que les toca vivir está plagado de
injusticias, por doquier ven y experimentan la carencia y la fragilidad
de una sociedad que se fragmenta cada día más, donde la impunidad de la
corrupción sigue cobrándose vidas y desestabilizando las ciudades. No
solo lo saben… lo viven.
Y ellas son el claro ejemplo de la segunda realidad que como pastores
somos invitados a asumir: no tengamos miedo de ensuciarnos por nuestra
gente. No tengamos miedo del fango de la historia con tal de rescatar y
renovar la esperanza. Sólo pesca aquél que no tiene miedo de arriesgar y
comprometerse por los suyos. Y esto no nace de la heroicidad o del
carácter kamikaze de algunos, ni es una inspiración individual de
alguien que se quiera inmolar.
Toda la comunidad creyente es la que va en búsqueda de Su Señor, porque
sólo saliendo y dejando las seguridades (que tantas veces son
‘mundanas”) es como la Iglesia se centra. sólo dejando de ser
auto-referencial somos capaces de re-centrarnos en Aquél que es fuente
de Vida y Plenitud.
Para poder vivir con esperanza es crucial 3 que nos re-centremos en
Jesucristo que ya habita en el centro de nuestra cultura y viene a
nosotros siempre nuevo. El es el centro. Esta certeza e invitación nos
ayuda a nosotros, pastores, a centrarnos en Cristo y en su Pueblo. Ellos
no son antagónicos. Contemplar a Cristo en su pueblo es aprender a
descentrarnos de nosotros mismos, para centrarnos en el único Pastor.
Re-centrarnos con Cristo en su Pueblo es tener el coraje de ir hacia las
periferias del presente y del futuro confiados en la esperanza de que
el Señor sigue presente y Su presencia será fuente de Vida abundante.
. De aquí vendrá la creatividad y la fuerza para llegar a donde se
gestan los nuevos paradigmas que están pautando la vida de nuestros
países y poder alcanzar, con la Palabra de Jesús, los núcleos más hondos
del alma de las ciudades donde, cada día más, crece la experiencia de
no sentirse ciudadanos sino más bien ‘ciudadanos a medias’ o ‘sobrantes
urbanos’. (Cfr. EG 74).
Es cierto, no lo podemos negar, la realidad se nos presenta cada vez más
complicada y desconcertante, pero se nos pide vivirla como discípulos
del Maestro sin permitirnos ser observadores asépticos e imparciales,
sino hombres y mujeres apasionados por el Reino, deseosos de impregnar
las estructuras de la sociedad con la Vida y el Amor que hemos conocido.
Y esto no como colonizadores o dominadores, sino compartiendo el buen
olor de Cristo y que sea ese olor el que siga transformando vidas.
Vuelvo a reiterarles, como hermano, lo que escribía en Evangelii Gaudium
(49):
‘prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la
calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de
aferrarse a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada
por ser el centro y que termine clausurada en una maraña de obsesiones y
procedimientos. Si algo debe inquietarnos santamente y preocupar
nuestra conciencia es que tantos hermanos nuestros vivan sin la fuerza,
la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin una comunidad de
fe que los contenga, sin un horizonte de sentido y de vida. Más que el
temor a equivocarnos espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las
estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos
vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos
tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos
repite sin cansarse: ‘¡Dadles vosotros de comer!’ (Mc 6,37)’.
Esto ayudará a revelar la dimensión misericordiosa de la maternidad de
la Iglesia que, al ejemplo de Aparecida, está entre los “ríos y el fango
de la historia” acompañando y alentando la esperanza para que cada
persona, allí donde está, pueda sentirse en casa, puede sentirse hijo
amado, buscado y esperado. Esta mirada, este diálogo con el Pueblo fiel
de Dios, ofrece al pastor dos actitudes muy lindas a cultivar: coraje
para anunciar el evangelio y aguante para sobrellevar las dificultades y
los sinsabores que la misma predicación provoca. En la medida en que
nos involucremos con la vida de nuestro pueblo fiel y sintamos el hondón
de sus heridas, podremos mirar sin “filtros clericales” el rostro de
Cristo, ir a su Evangelio para rezar, pensar, discernir y dejarnos
transformar, desde Su rostro, en pastores de esperanza. Que María,
Nuestra Señora Aparecida, nos siga llevando a su Hijo para que nuestros
pueblos en Él, tengan vida… y en abundancia. Y, por favor, les pido que
no se olviden de rezar por mi. Que Jesús los bendiga y la Virgen Santa
los cuide.
Fraternalmente, Francisco
Vaticano, 8 de mayo de 2017
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