
Andrés Fernando Figueroa Molina, Víctor Leis Rey, Juan Manuel Montenegro González y Francisco Javier Serrano fueron admitidos oficialmente como candidatos al diaconado y al presbiterado tras un proceso de discernimiento y acompañamiento.
En su homilía, el arzobispo de Santiago subrayó que la llamada sacerdotal nace siempre de la iniciativa de Dios y requiere dejarse transformar incluso en los momentos de aridez, cansancio o incertidumbre.
El Seminario Mayor Interdiocesano “Apóstol Santiago” vivió en la tarde del domingo 14 de diciembre de 2025, a las 18:30 horas, una celebración de especial relevancia para la vida de la Iglesia diocesana: el Rito de Admisión a las Sagradas Órdenes de cuatro seminaristas, un acto litúrgico que marcó un hito en su proceso vocacional y formativo. La solemne Eucaristía tuvo lugar en la capilla del propio Seminario y congregó a un numeroso grupo de fieles, familiares, amigos, formadores y representantes de lugares a las que pertenecían los candidatos.

Los seminaristas admitidos fueron Andrés Fernando Figueroa Molina, Víctor Leis Rey, Juan Manuel Montenegro González y Francisco Javier Serrano, quienes dieron un paso decisivo en su camino hacia el diaconado y el presbiterado. Con este rito, la Iglesia reconoció oficialmente, tras un tiempo de discernimiento, la autenticidad de su llamada y su disponibilidad para continuar la preparación hacia el ministerio ordenado.
La celebración estuvo presidida por el arzobispo de Santiago de Compostela, Mons. Francisco José Prieto Fernández, acompañado por numerosos sacerdotes concelebrantes, entre ellos responsables diocesanos, el rector y el equipo formativo del Seminario Mayor Interdiocesano, así como el rector del Seminario Menor.

Una llamada que nace de Dios
En la homilía, el arzobispo se dirigió de manera especial a los cuatro candidatos, situando el Rito de Admisión en el contexto del Adviento y de la Palabra de Dios proclamada en la liturgia. Mons. Prieto recordó que la vocación sacerdotal no es una iniciativa humana, sino una respuesta a la llamada gratuita de Dios, que toma la iniciativa y hace fecunda la vida de quienes se dejan conducir por Él.
Apoyándose en la imagen del profeta Isaías, el arzobispo explicó que sin la presencia de Dios la vida se convierte en desierto, pero que cuando Dios actúa, “la estepa se regocija y el desierto florece”. En este sentido, subrayó que los seminaristas no habían llegado hasta ese momento por presentar una tierra perfecta o sin aridez, sino porque Dios había querido sembrar en ellos y hacerlos fecundos. Invitó así a los candidatos a confiar siempre en la acción del Señor, incluso en los momentos de cansancio, duda o fragilidad.

Acompañar, no imponer
El prelado compostelano también destacó la comprensión del ministerio como servicio y acompañamiento. En este sentido, señaló que los futuros sacerdotes están llamados a ser enviados allí donde hay cansancio, oscuridad o búsqueda incierta, para ofrecer cercanía, luz y esperanza. Además, insistió en que el ministerio ordenado no se vive desde la imposición ni desde la exigencia, sino desde la oferta y el acompañamiento, recordando que el sacerdocio es ante todo un don que se recibe.
Mons. Prieto animó a los seminaristas a aprender a caminar con el pueblo de Dios, también en los desiertos, sin añorar “paraísos perdidos”, confiando en que el Señor conduce siempre hacia la tierra prometida.

La autoridad que nace del testimonio
El arzobispo se detuvo también en la figura de Juan el Bautista y en su pregunta a Jesús sobre si era Él el Mesías esperado. A partir de este pasaje evangélico, reflexionó sobre las crisis, las preguntas y las expectativas que surgen en el camino vocacional. Recordó que Jesús respondió no con teorías, sino con hechos, con una palabra que se hace realidad y transforma la vida de las personas.
Desde esta clave, Mons. Prieto afirmó que la verdadera autoridad en la Iglesia no procede del cargo, sino de la coherencia entre lo que se anuncia y lo que se vive. En este sentido, recordó que “la llamada no es un privilegio, es una entrega”, invitando a vivir la vocación desde la humildad y la disponibilidad total.
Un ministerio pascual y de servicio
Otro de los aspectos destacados de la homilía fue la dimensión pascual del ministerio sacerdotal. El arzobispo explicó que los candidatos estaban llamados a participar de un ministerio que hunde sus raíces en el misterio pascual de Cristo. Así, les animó a enraizarse en esta clave de servicio, recordando las palabras de Jesús: no vino a ser servido, sino a servir.
En referencia a la Navidad, Mons. Prieto señaló la importancia de mirar a Belén, donde Dios se manifiesta en la pequeñez y el silencio, recordando que la grandeza en el Reino de Dios no se mide por criterios humanos, sino por la sencillez del corazón.

El rito de la Admisión
Tras la homilía, tuvo lugar el Rito de Admisión propiamente dicho. El rector del seminario, José Antonio Castro Lodeiro, llamó a cada uno de los candidatos por su nombre y estos manifestaron públicamente su deseo de consagrarse al servicio de Dios y de la Iglesia. El arzobispo expresó la confianza de la Iglesia en el camino recorrido por los seminaristas, apoyándose en el informe favorable de quienes los habían acompañado en su formación.
A las preguntas sobre su voluntad de completar la preparación necesaria para recibir el orden sagrado y de formarse para servir fielmente a Cristo y a su Iglesia, los cuatro candidatos respondieron con un decidido “Sí, quiero”. La Iglesia acogió con alegría este propósito y encomendó a Dios la culminación de la obra iniciada en ellos.

La celebración concluyó en un clima de acción de gracias y esperanza, dejando patente la importancia del Seminario Mayor Interdiocesano “Apóstol Santiago” como espacio de discernimiento y formación. En pleno tiempo de Adviento, la Iglesia diocesana celebró este acontecimiento como un signo luminoso de futuro, confiando en que estos cuatro seminaristas continúen su camino vocacional con fidelidad, alegría y espíritu de servicio al Pueblo de Dios.






