«Si no meto mi mano en su costado, no creeré»

Juan 20,19-31

«Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con
ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo:
“La paz con vosotros”. Luego dice a Tomás: “Acerca tu dedo y mira mis
manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino
creyente”. Tomás le contestó: “Señor mío y Dios mío”. Dícele Jesús:
“Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han
creído”».

Con la insistencia sobre el suceso de Tomás y su incredulidad inicial
(«Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el
agujero de los clavos, no creeré»), el Evangelio sale al encuentro del
hombre de la era tecnológica que no cree más que en lo que puede
verificar. Podemos llamar a Tomás nuestro contemporáneo entre los
apóstoles.

San Gregorio Magno dice que, con su incredulidad, Tomás nos fue más útil
que todos los demás apóstoles que creyeron enseguida. Actuando de tal
manera, por así decirlo, obligó a Jesús a darnos una prueba «tangible»
de la verdad de su resurrección. La fe en la resurrección salió
beneficiada de sus dudas. Esto es cierto, al menos en parte, también
aplicado a los numerosos «Tomás» de hoy que son los no creyentes.

La crítica y el diálogo con los no creyentes, cuando se desarrollan en
el respeto y en la lealtad recíproca, nos resultan de gran utilidad.
Ante todo nos hacen humildes. Nos obligan a tomar nota de que la fe no
es un privilegio, o una ventaja para nadie. No podemos imponerla ni
demostrarla, sino sólo proponerla y mostrarla con la vida. «¿Qué tienes
que no lo hayas recibido? Y, si lo has recibido, ¿a qué gloriarte cual
si no lo hubieras recibido?», dice San Pablo (1 Corintios 4,7). La fe,
en el fondo, en un don, no un mérito, y como todo don no puede vivirse
más que en la gratitud y en la humildad.

La relación con los no creyentes nos ayuda también a purificar nuestra
fe de representaciones burdas. Con mucha frecuencia lo que los no
creyentes rechazan no es al verdadero Dios, al Dios viviente de la
Biblia, sino a su doble, una imagen distorsionada de Dios que los
propios creyentes han contribuido a crear. Rechazando a este Dios, los
no creyentes nos obligan a volvernos a situar tras las huellas del Dios
vivo y verdadero, que está más allá de toda nuestra representación y
explicación. A no fosilizar o banalizar a Dios.

Pero también hay un deseo que expresar: que Santo Tomás encuentre hoy
muchos imitadores no sólo en la primera parte de su historia -cuando
declara que no cree-, sino también al final, en aquel magnífico acto
suyo de fe que le lleva a exclamar: «¡Señor mío y Dios mío!».

Tomás es también imitable por otro hecho. No cierra la puerta; no se
queda en su postura, dando por resuelto, de una vez por todas, el
problema. De hecho, ciertamente le encontramos ocho días después con los
demás apóstoles en el cenáculo. Si no hubiera deseado creer, o «cambiar
de opinión», no habría estado allí. Quiere ver, tocar: por lo tanto
está en la búsqueda. Y al final, después de que ha visto y tocado con su
mano, exclama dirigido a Jesús, no como un vencido, sino como un
vencedor: «¡Señor mío y Dios mío!». Ningún otro apóstol se había lanzado
todavía a proclamar con tanta claridad la divinidad de Cristo. 

Raniero Cantalamaessa

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