Mateo 25, 1-13
«En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: el Reino de
los Cielos será semejante a diez vírgenes, que, con su lámpara en la
mano, salieron al encuentro del novio. Cinco de ellas eran necias, y
cinco prudentes. Las necias, en efecto, al tomar sus lámparas, no se
proveyeron de aceite; las prudentes, en cambio, junto con sus lámparas
tomaron aceite en las alcuzas. Como el novio tardara, se adormilaron
todas y se durmieron. Mas a media noche se oyó un grito: “¡Ya está aquí
el novio! ¡Salid a su encuentro!”. Entonces todas aquellas vírgenes se
levantaron y arreglaron sus lámparas…».
Al comentar la parábola de las diez vírgenes, no queremos insistir tanto
en lo que diferencia a las muchachas (cinco son prudentes y cinco
necias), sino más bien en lo que les une: todas están saliendo al
encuentro del esposo. Esto nos permite reflexionar sobre un aspecto
fundamental de la vida cristiana, su orientación escatológica; es decir,
la espera del regreso del Señor y nuestro encuentro con El. Nos ayuda a
responder a la eterna e inquietante pregunta: ¿quiénes somos y adónde
vamos?
La Escritura dice que en esta vida somos «peregrinos forasteros», somos «párrocos», pues «paróikos» es la palabra del Nuevo Testamento que se traduce como peregrino y forastero (Cf. 1 Pedro 2,11), como «paroikía» (parroquia) es la traducción de peregrinación o exilio (Cf. 1 Pedro 1, 17). El sentido es claro: en griego «pará» es un adverbio y significa junto: «oikía»
es un sustantivo y significa casa; por tanto: vivir junto, cerca, no
dentro, sino a un lado. Por este motivo el término pasa a indicar
después a quien vive en un puesto durante un tiempo, el hombre de paso, o
el exiliado; «paroikía» indica, por tanto, una casa provisional.
La vida de los cristianos es una vida de peregrinos y forasteros, pues
están «en» en el mundo, pero no son «del» mundo (Cf. Juan 17,11.16);
pues su verdadera patria está en los cielos, de donde esperan que venga
Jesucristo el Salvador (Cf. Filipenses 3, 20); pues aquí no tienen una
morada estable, sino que están en camino hacia la futura (Cf. Hebreos
13, 14). Toda la Iglesia no es más que una gran «parroquia».
La Carta a Diogneto, del siglo II, define a los cristianos como hombres
que «habitan en sus propias patrias, pero como extranjeros; participan
en todo como los ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros;
toda tierra extraña les es patria, y toda patria les es extraña». Se
trata, sin embargo, de una manera especial de ser «extranjero». Algunos
pensadores de la época también definían al hombre «extranjero en el
mundo por naturaleza». Pero la diferencia es enorme: éstos consideraban
el mundo como obra del mal y, por ello, no recomendaban el compromiso
con él que se expresa en el matrimonio, en el trabajo, en el Estado. En
el cristiano no hay nada de todo esto. Los cristianos, dice la Carta,
«se casan como todos y engendran hijos», «participan en todo».
Su manera de ser «extranjero» es escatológica, no ontológica; es decir,
el cristiano se siente extranjero por vocación, no por naturaleza; en
cuanto que está destinado a otro mundo, y no en cuanto que procede de
otro mundo. El sentimiento cristiano de reconocerse extranjero se
fundamenta en la resurrección de Cristo: «Si habéis resucitado con
Cristo, buscad las cosas de arriba» (Colosenses, 3, 1). Por eso, no
rechaza la creación ni su bondad fundamental.
En los últimos tiempos, el redescubrimiento del papel y del compromiso
de los cristianos en el mundo ha contribuido a atenuar el sentido
escatológico, hasta el punto de que ya casi no se habla de los
novísimos: muerte, juicio, infierno y paraíso. Pero cuando la espera en
el regreso del Señor es genuinamente bíblica, no distrae del compromiso
por los hermanos; más bien, lo purifica; enseña a «juzgar con sabiduría
los bienes de la tierra, orientándonos siempre hacia los bienes del
cielo». San Pablo, después de haber recordado a los cristianos que «el
tiempo es breve», concluía diciendo: «Así que, mientras tengamos
oportunidad, hagamos el bien a todos, pero especialmente a nuestros
hermanos en la fe» (Gálatas 6,10).
Vivir en espera del regreso del Señor no significa ni siquiera desear
morir pronto. «Buscar las cosas de arriba» significa más bien orientar
la existencia de cara al encuentro con el Señor, hacer de este
acontecimiento el polo de atracción, el faro de la vida. El «cuándo» es
secundario y hay que dejarlo en la voluntad de Dios.
ReligiónenLibertad







