«En aquellos días vino Jesús desde
Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán. En cuanto
salió del agua vio que los cielos se rasgaban y que el Espíritu, en
forma de paloma, bajaba a él. Y se oyó una voz que venía de los cielos:
“Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco”».
¿Es que tal vez Jesús necesitaba, también él, ser bautizado como
nosotros? Ciertamente no. Él quiso, con aquel gesto, mostrar que se
había hecho uno de nosotros en todo. Sobre todo quería poner término al
bautismo de «agua» e inaugurar el «de Espíritu». En el Jordán no fue el
agua la que santificó a Jesús, sino Jesús quien santificó el agua. No
sólo el agua del Jordán, sino la de todos los baptisterios del mundo.
La fiesta del Bautismo de Jesús es la ocasión anual para reflexionar
sobre nuestro bautismo. Una pregunta que frecuentemente la gente se
plantea acerca del bautismo es: ¿por qué bautizar a los niños de
pequeños? ¿Por qué no esperar a que sean mayores y decidan por sí mismos
libremente? Es una cuestión seria, pero puede ocultar un engaño. Al
procrear un hijo y darle la vida, ¿es que los padres le piden antes
permiso? Convencidos de que la vida es un don inmenso, suponen
justamente que el niño un día les estará agradecido por ello. No se pide
permiso a una persona cuando se trata de darle un don, y el bautismo es
esencialmente esto: el don de la vida dado al hombre por los méritos de
Cristo.
Cierto; todo esto supone que los padres sean ellos mismos creyentes y
tengan intención de ayudar el niño a desarrollar el don de la fe. La
Iglesia les reconoce una competencia decisiva en este campo y no quiere
que un niño sea bautizado contra la voluntad de ellos.
Nadie, por lo demás, dice hoy que, por el sencillo hecho de no estar
bautizado, uno será condenado e irá al infierno. Los niños fallecidos
sin bautismo, así como las personas que han vivido, sin culpa suya,
fuera de la Iglesia, pueden salvarse (estas últimas, se entiende, si
viven según los dictados de su propia conciencia). Olvidemos la idea del
limbo como el lugar sin alegría y sin tristeza en el que acabarían los
niños no bautizados. La suerte de los niños no bautizados no es
diferente a la de los Santos Inocentes que hemos celebrado justo después
de Navidad. El motivo de ello es que Dios es amor y «quiere que todos
se salven», ¡y Cristo murió también por ellos!
Distinto es, en cambio, el caso de quien descuida recibir el bautismo
sólo por pereza o indiferencia, aun advirtiendo quizá, en el fondo de su
conciencia, su importancia y necesidad. En este caso conserva toda su
seriedad la palabra de Jesús: sólo «quien crea y sea bautizado, se
salvará» (Cf. Mc 16,16). Cada vez hay más personas en nuestra sociedad
que por diversos motivos no han sido bautizadas en la niñez. Existe el
riesgo de que crezcan y nadie decida ya nada, ni en un sentido ni en
otro. Los padres no se ocupan más de ello porque ya, piensan, no es su
tarea; los hijos porque tienen otras cosas en qué pensar, y también
porque no ha entrado aún en la mentalidad común que una persona deba
tomar, ella misma, la iniciativa de bautizarse.
Para salir al encuentro de esta situación, la Iglesia da mucha
importancia actualmente a la llamada «iniciación cristiana de los
adultos». Ésta ofrece al joven o al adulto sin bautizar la ocasión de
formarse, prepararse y decidir con toda libertad. Es necesario superar
la idea de que el bautismo es algo sólo para niños. El bautismo expresa
su significado pleno precisamente cuando es querido y decidido
personalmente, como una adhesión libre y consciente a Cristo y a su
Iglesia, si bien no hay que desconocer en absoluto la validez y el don
que representa estar bautizados desde niños, por los motivos que he
explicado más arriba. Personalmente estoy agradecido a mis padres por
haberme hecho bautizar en los primeros días de vida. ¡No es lo mismo
vivir la infancia y la juventud con la gracia santificante que sin ella!
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