¿Por qué la cruz?

2R 4,8-11.14-16a;

Sal 88,2-19;

Rm 6,3-4.8-1;

Mt 10,37-42

Jesús, en el Evangelio, nos habla de la necesidad de tomar la propia
cruz. Pero ¿cómo hacer comprender esta palabra a una sociedad, como la
nuestra, que opone el placer? Partamos de una constatación. En esta
vida, placer y dolor se suceden con la misma regularidad con la que a la
elevación de una ola en el mar le sigue una depresión y un vacío capaz
de succionar a quien intenta alcanzar la orilla. El hombre busca
desesperadamente separar a esta especie de hermanos siameses, de aislar
el placer del dolor. A veces se hace ilusiones de haberlo logrado, pero
por poco tiempo. El dolor está ahí, como una bebida embriagadora que,
con el tiempo, se transforma en veneno.

Es el mismo placer desordenado que se retuerce contra nosotros y se
transforma en sufrimiento. Y esto, o improvisamente y trágicamente, o un
poco cada vez, en cuanto que no dura mucho y genera hartura y hastío.
Es una lección que nos viene de la crónica diaria, si la sabemos leer, y
que el hombre ha representado en mil formas en su arte y en su
literatura. «Un no sé qué de amargo surge de lo íntimo de cada placer y
nos angustia incluso en medio de las delicias», escribió el poeta pagano
Lucrezio.

El placer en sí mismo es engañoso porque promete lo que no puede dar.
Antes de ser saboreado, parece ofrecerte el infinito y la eternidad;
pero, una vez que ha pasado, te encuentras con nada en la mano.

La Iglesia dice tener una respuesta a este que es el verdadero drama de
la existencia humana. Ha habido, desde el inicio, una elección del
hombre, hecha posible por su libertad, que le ha llevado a orientar
exclusivamente hacia las cosas visibles ese deseo y esa capacidad de
gozo de la que había sido dotado para que aspirara a gozar del bien
infinito que es Dios. Al placer, elegido contra la ley de Dios y
simbolizado por Adán y Eva que prueban del fruto prohibido, Dios ha
permitido que le siguieran el dolor y la muerte, más como remedio que
como castigo. Para que no ocurriera que, siguiendo a rienda suelta su
egoísmo y su instinto, el hombre se destruyera del todo a sí mismo y a
su prójimo. (¡Hoy, con la droga y las consecuencias de ciertos
desórdenes sexuales, vemos cómo es posible destruir la propia vida por
el placer de un instante!). Así al placer vemos que se le adhiere, como
su sombra, el sufrimiento.

Cristo por fin ha roto esta cadena. Él, «en lugar del gozo que se le
proponía, soportó la cruz» (Hb 12,2). Hizo, en resumen, lo contrario de
lo que hizo Adán y de lo que hace cada hombre. Resurgiendo de la muerte,
Él inauguró un nuevo tipo de placer: el que no precede al dolor, como
su causa, sino que le sigue como su fruto; el que halla en la cruz su
fuente y su esperanza de no acabar ni siquiera con la muerte.

Y no sólo el placer puramente espiritual, sino todo placer honesto,
también el que el hombre y la mujer experimentan en el don recíproco, en
la generación de la vida y al ver crecer a los propios hijos o nietos,
el placer del arte y de la creatividad, de la belleza, de la amistad,
del trabajo felizmente llevado a término. Todo gozo. La diferencia
esencial es que es el placer en este caso, no el sufrimiento, el que
tiene la última palabra.

¿Qué hacer entonces? No se trata de ir en busca del sufrimiento, sino de
acoger con ánimo nuevo el que hay en la vida. Podemos comportarnos con
la cruz como la vela con el viento. Si lo toma por el lado adecuado, el
viento la hincha e impulsa la barca por las olas; si en cambio la vela
se atraviesa, el viento parte el mástil y vuelca todo. Bien tomada, la
cruz nos conduce; mal tomada, nos aplasta. 

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