Hechos 2, 1-11;
1 Corintios 12, 3b-7.12-13;
Juan 20, 19-23
El sentido de Pentecostés se contiene en la frase de los Hechos de los
Apóstoles: «Quedaron todos llenos del Espíritu Santo». ¿Qué quiere decir
que «quedaron llenos del Espíritu Santo» y qué experimentaron en aquel
momento los apóstoles? Tuvieron una experiencia arrolladora del amor de
Dios, se sintieron inundados de amor, como por un océano. Lo asegura San
Pablo cuando dice que «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros
corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5, 5). Todos
los que han tenido una experiencia fuerte del Espíritu Santo están de
acuerdo en confirmar esto. El primer efecto que el Espíritu Santo
produce cuando llega a una persona es hacer que se sienta amada por Dios
por un amor tiernísimo, infinito.
El fenómeno de las lenguas es la señal de que algo nuevo ha ocurrido en
el mundo. Lo sorprendente es que este hablar en «lenguas nuevas y
diversas», en vez de generar confusión, crea al contrario un admirable
entendimiento y unidad. Con ello la Escritura ha querido mostrar el
contraste entre Babel y Pentecostés. En Babel todos hablan la misma
lengua y en cierto momento nadie entiende ya al otro, nace la confusión
de las lenguas; en Pentecostés cada uno habla una lengua distinta y
todos se entienden.
¿Cómo es esto? Para descubrirlo basta con observar de qué hablan los
constructores de Babel y de qué hablan los apóstoles en Pentecostés. Los
primeros se dicen entre sí: «Vamos a edificarnos una ciudad y una torre
con la cúspide en el cielo, y hagámonos famosos, para no desperdigarnos
por toda la faz de la tierra» (Gn 11, 4). Estos hombres están animados
por una voluntad de poder, quieren «hacerse famosos», buscan su gloria.
En Pentecostés los apóstoles proclaman en cambio «las grandes obras de
Dios». No piensan en hacerse un nombre, sino en hacérselo a Dios; no
buscan su afirmación personal, sino la de Dios. Por ello todos les
comprenden. Dios ha vuelto a estar en el centro; la voluntad de poder se
ha sustituido con la voluntad de servicio, la ley del egoísmo con la
del amor.
En ello se contiene un mensaje de vital importancia para el mundo de
hoy. Vivimos en la era de las comunicaciones de masa. Los llamados
«medios de comunicación» son los grandes protagonistas del momento. Todo
esto marca un progreso grandioso, pero implica también un riesgo. ¿De
qué comunicación se trata de hecho? Una comunicación exclusivamente
horizontal, superficial, frecuentemente manipulada y venal, o sea, usada
para hacer dinero. Lo opuesto, en resumen, a una información creativa,
de manantial, que introduce en el ciclo contenidos cualitativamente
nuevos y ayuda a cavar en profundidad en nosotros mismos y en los
acontecimientos. La comunicación se convierte en un intercambio de
pobreza, de ansias, de inseguridades y de gritos de ayuda desatendidos.
Es hablar entre sordos. Cuanto más crece la comunicación, más se
experimenta la incomunicación.
Redescubrir el sentido del Pentecostés cristiano es lo único que puede
salvar nuestra sociedad moderna de precipitarse cada vez más en un Babel
de lenguas. En efecto, el Espíritu Santo introduce en la comunicación
humana la forma y la ley de la comunicación divina, que es la piedad y
el amor. ¿Por qué Dios se comunica con los hombres, se entretiene y
habla con ellos, a lo largo de toda la historia de la salvación? Sólo
por amor, porque el bien es por su naturaleza «comunicativo». En la
medida en que es acogido, el Espíritu Santo sana las aguas contaminadas
de la comunicación humana, hace de ella un instrumento de
enriquecimiento, de posibilidad de compartir y de solidaridad.
Cada iniciativa nuestra civil o religiosa, privada o pública, se
encuentra ante una elección: puede ser Babel o Pentecostés: es Babel si
está dictada por egoísmo y voluntad de atropello; es Pentecostés si está
dictada por amor y respeto de la libertad de los demás.
Raniero Cantalamessa
ReligiónenLibertad





