«No tengamos miedo de compartir el viaje»: el Papa anima a acompañar a los emigrantes necesitados

El Papa Francisco ha dedicado su catequesis de este miércoles, el último de septiembre, a repasar cuáles son los «enemigos de la esperanza». 

El Pontífice predicó en italiano a los fieles reunidos en la Plaza de San Pedro, ligando el tema de la esperanza al de los emigrantes, que dejan su tierra y van a horizontes desconocidos con la esperanza de mejorar su situación.

El Papa señaló que la esperanza es ese incentivo que lleva a “compartir el viaje” de la vida, tal como lo recuerda la campaña de Caritas Internationalis convocada por el Pontífice en esta fecha del 27 de septiembre. “Hermanos, ¡no tengamos miedo de compartir el viaje!”, dijo, refieriéndose a la necesidad de acompañar a los necesitados e inmigrantes.

“La esperanza no es una virtud para la gente que tiene el estómago lleno”, avisó. «Los pobres son los primeros portadores de la esperanza».
Y, de hecho, recordó que, “para entrar en el mundo Dios tuvo necesidad
de ellos: de José y de María, y de los pastores de Belén». “En la noche
de la primera Navidad había un mundo que dormía, acomodado en tantas
certezas adquiridas; pero los humildes preparaban en el escondimiento, la revolución de la bondad”.

Hacia el final de su reflexión, el Papa Francisco pidió que cuando
nuestras fuerzas decaigan y parezca que la batalla contra la angustia es
sumamente dura, recurramos al nombre de Jesús, incluso con alguna oración sencilla. 

La oración que propuso como oración breve llena de esperanza es la que
en la tradición rusa se llama «Oración de Jesús» u «Oración del nombre
de Jesús», que dice: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador”.

Si Dios está con nosotros, nadie nos robará la esperanza, insistió el Pontífice.

Catequesis completa del Papa Francisco

(traducida del italiano por Radio Vaticana) 

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Durante este tiempo nosotros estamos hablando de la esperanza; pero hoy
quisiera reflexionar con ustedes sobre los enemigos de la esperanza.
Porque la esperanza tiene sus enemigos: como todo bien en este mundo,
tiene sus enemigos.

Y me ha venido a la mente el antiguo mito del vaso de Pandora: la
apertura del vaso desencadena tantas desgracias para la historia del
mundo. Pocos, pero, recordando la última parte de la historia, que abre
una rendija de luz: después de que todos los males han salido de la boca
del vaso, un minúsculo don parece tomar la revancha ante todo ese mal
que se difunde. Pandora, la mujer que tenía en custodia el vaso, lo
entrevé al final: los griegos lo llaman elpìs, que quiere decir
esperanza.

Este mito nos narra porque es tan importante para la humanidad la
esperanza. No es verdad que “hasta que hay vida, hay esperanza”, como se
suele decir. En todo caso es al contrario: es la esperanza que tiene en
pie la vida, la protege, la custodia y la hace crecer. Si los hombres
no hubieran cultivado la esperanza, si no se hubieran sostenido en esta
virtud, no habrían salido jamás de las cavernas, y no habrían dejado
rastros en la historia del mundo. Es lo que más divino pueda existir en
el corazón del hombre.

Un profeta francés – Charles Péguy – nos ha dejado páginas estupendas
sobre la esperanza [en el libro: El pórtico del misterio de la segunda
virtud]. Él dice poéticamente que Dios no se maravilla tanto por la fe
de los seres humanos, y mucho menos por su caridad; sino lo que
verdaderamente lo llena de maravilla y emoción es la esperanza de la
gente.

«Que esos pobres hijos – escribe – vean como van las cosas y que crean
que irá mejor mañana». La imagen del poeta evoca los rostros de tanta
gente que ha transitado por este mundo – campesinos, pobres obreros,
emigrantes en busca de un futuro mejor – que han luchado tenazmente no
obstante la amargura de un hoy difícil, lleno de tantas pruebas, animado
pero por la confianza que los hijos habrían tenido una vida más justa y
más serena. Luchaban por sus hijos, luchaban en la esperanza.

La esperanza es el impulso en el corazón de quien parte dejando la casa,
la tierra, a veces familiares y parientes – pienso en los migrantes –,
para buscar una vida mejor, más digna para sí y para sus seres queridos.
Y es también el impulso en el corazón de quien los acoge: el deseo de
encontrarse, de conocerse, de dialogar…

La esperanza es el impulso a “compartir el viaje”, porque el viaje se
hace de a dos: los que vienen a nuestra tierra, y nosotros que vamos
hacia sus corazones, para entenderlos, para entender su cultura, su
lengua. Es un viaje de a dos, pero sin esperanza ese viaje no se puede
hacer. La esperanza es el impulso a compartir el viaje de la vida, como
nos recuerda la Campaña de Caritas que hoy inauguramos. ¡Hermanos, no
tengamos miedo de compartir el viaje! ¡No tengamos miedo! ¡No tengamos
miedo de compartir la esperanza!

La esperanza no es una virtud para gente con el estómago lleno. Es por
esto que, desde siempre, los pobres son los primeros portadores de la
esperanza. Y en este sentido podemos decir que los pobres, también los
mendigos, son los protagonistas de la Historia. Para entrar en el mundo,
Dios ha necesitado de ellos: de José y de María, de los pastores de
Belén.

En la noche de la primera Navidad había un mundo que dormía, recostado
en tantas certezas adquiridas. Pero los humildes preparaban en lo
escondido la revolución de la bondad. Eran pobres de todo, alguno
emergía un poco sobre el umbral de la supervivencia, pero eran ricos del
bien más precioso que existe en el mundo, es decir, el deseo de cambio.

A veces, haber tenido todo de la vida es una adversidad. Piensen en un
joven al cual no le han enseñado la virtud de la espera y de la
paciencia, que no ha tenido que sudar para nada, que ha quemado las
etapas y a veinte años “sabe ya cómo va el mundo”; la ha sido destinada
la peor condena: aquella de no desear más nada. Es esta, la peor
condena. Cerrar la puerta a los deseos, a los sueños. Parece un joven,
en cambio está ya cayendo el otoño sobre su corazón. Son los jóvenes del
otoño.

Tener un alma vacía es el peor obstáculo a la esperanza. Es un riesgo al
cual nadie puede estar excluido; porque ser tentados contra la
esperanza puede suceder también cuando se recorre el camino de la vida
cristiana. Los monjes de la antigüedad habían denunciado uno de los
peores enemigos del fervor. Decían así: ese “demonio del mediodía” que
va romper una vida de empeño, justamente cuando arde en lo alto el sol.
Esta tentación nos sorprende cuando menos lo esperamos: las jornadas se
hacen monótonas y aburridas, ningún valor más parece merecer la fatiga.
Esta actitud se llama desidia, que corroe la vida desde dentro hasta
dejarla como un contenedor vacío.

Cuando esto sucede, el cristiano sabe que esa condición debe ser
combatida, jamás aceptada pasivamente. Dios nos ha creado para la
alegría y para la felicidad, y no para complacernos en pensamientos
melancólicos. Es por esto que es importante cuidar el propio corazón,
oponiéndonos a las tentaciones de infelicidad, que seguramente no
provienen de Dios. Y allí donde nuestras fuerzas parecieran débiles y la
batalla contra la angustia particularmente dura, podemos siempre
recurrir al nombre de Jesús.

Podemos repetir esa oración sencilla, del cual encontramos rastros
también en los Evangelios y que se ha convertido en el fundamento de
tantas tradiciones espirituales cristianas: “¡Señor Jesucristo, Hijo del
Dios vivo, ten piedad de mi pecador!”. Bella oración. “¡Señor
Jesucristo, Hijo del Dios vivo, ten piedad de mi pecador!”. Esta es una
oración de esperanza, porque me dirijo a Aquel que puede abrir las
puertas y resolver los problemas y hacerme ver el horizonte, el
horizonte de la esperanza.

Hermanos y hermanas, no estamos solos a combatir contra la
desesperación. Si Jesús ha vencido al mundo, es capaz de vencer en
nosotros todo lo que se opone al bien. Si Dios está con nosotros, nadie
nos robará esa virtud de la cual tenemos absolutamente necesidad para
vivir. Nadie nos robará la esperanza. ¡Vayamos adelante!

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