No hay nadie, por malo que sea, a quien Dios le niegue su gracia si se arrepiente, insiste Francisco

Este miércoles 25 de octubre el Papa ha centrado su habitual predicación de la catequesis semanal en el poder del arrepentimiento y la confianza en Dios, avisando que sería la última sobre el tema de la esperanza cristiana.

Miles de peregrinos acudieron a la audiencia pública a la Plaza de San Pedro, bajo un sol radiante, a la que el Pontífice llegó  con el Papamóvil, saludando a los visitantes provenientes de diferentes países.

El Papa ha asegurado que “No existe ninguna persona, por muy mala que
haya sido en su vida, a la que Dios le niegue su gracia si se
arrepiente” y ha declarado que ante Dios nos encontramos todos con las manos vacías, pero “esperando en su misericordia”.

Paraíso, meta de nuestra esperanza

El centro de su tema era presentar “el paraíso como meta de nuestra
esperanza”, recordando que el «paraíso» es el Cielo, el estado de
existencia plena y feliz junto a Dios.

El Papa ha explicado que la palabra «paraíso» es una de las últimas
palabras pronunciadas por Jesús en la cruz y está dirigida al buen
ladrón. “Ante su muerte inminente le hace una petición humilde a Jesús: «Acuérdate de mí cuando entres en tu Reino»”.
No tiene obras buenas para ofrecerle pero se confía a él –ha apuntado
el Papa–. Esa palabra de “humilde arrepentimiento” ha sido suficiente
para tocar el corazón de Jesús.

“El que ha conocido a Jesús ya no teme nada” –ha añadido– y ha hablado de Dios como Padre: “Somos hijos suyos, que siente compasión por nosotros, que está desarmado cada vez que le manifestamos la nostalgia de su amor”.

El Papa ha señalado que cada vez que un hombre, haciendo el último examen de conciencia de su vida, descubre que las faltas superan ampliamente las buenas obras, “no debe desanimarse, sino confiar en la misericordia de Dios. ¡Y esto nos da esperanza, esto nos abre el corazón!”.

Francisco ha terminado su catequesis en lengua española saludando a los
peregrinos de esta lengua, en particular a los venidos de España y
Latinoamérica y les ha animado a “poner siempre la confianza en el
Señor, pidiendo que en el último momento de nuestra vida también se acuerde de nosotros y abra para nosotros las puertas del Paraíso”.

Saludó también a los peregrinos de legua árabe llegados de Jordania,
Irak y Tierra Santa y a unos peregrinos griegos de la Iglesia Ortodoxa:
«Dirijo un saludo especial a los sacerdotes ortodoxos de la Metropolia
de Nea Ionia de la Iglesia ortodoxa griega, encabezados por Su Eminencia
el Metropolitano Gabriel».

Catequesis completa del Santo Padre

Publicada por agencia Zenit

Queridos hermanos y hermanas: ¡buenos días!

Esta es la última catequesis sobre el tema de la esperanza cristiana, que nos ha acompañado desde el comienzo de este año litúrgico. Y terminaré hablando del paraíso, como meta de nuestra esperanza.

“Paraíso” es una de las últimas palabras pronunciadas por Jesús en la
cruz y está dirigida al buen ladrón. Observemos un momento esa escena.
En la cruz, Jesús no está solo. Junto a él, a la derecha y a la
izquierda, hay dos delincuentes. Tal vez, pasando ante aquellas tres
cruces izadas en el Gólgota, alguien lanzó un suspiro de alivio,
pensando que finalmente se hacía justicia condenando a muerte a gente
así.

Al lado de Jesús también hay un reo confeso: uno que reconoce que ha
merecido ese terrible suplicio. Lo llamamos el “buen ladrón”, que, al
contrario del otro, dice: Nosotros recibimos lo que hemos merecido por
nuestros hechos (cf. Lc 23,41).

En el Calvario, en ese viernes trágico y santo, Jesús llega  al extremo
de su encarnación, de su solidaridad con nosotros, pecadores. Allí se
cumple  lo que el profeta Isaías había dicho del Siervo doliente: “Fue contado entre los malhechores” (53:12; Lc 22:37).

Es allí, en el Calvario, donde Jesús tiene la última cita con un
pecador, para abrirle, también a él, las puertas de su Reino. Esto es
interesante: es la única vez que la palabra “paraíso” aparece en los
evangelios. Jesús se lo promete un “pobre diablo” que en el madero de la cruz tuvo el valor de hacerle la más humilde de las peticiones: “Acuérdate
de mí cuando entres en tu reino” (Lc 23,42). No tenía buenas obras que
ofrecerle, no tenía nada, pero confíaba en Jesús,  al que reconoce como
inocente, bueno, tan diferente de él (v. 41). Fue suficiente esa palabra
de humilde arrepentimiento para tocar el corazón de Jesús.

El buen ladrón nos recuerda nuestra verdadera condición ante Dios: Que
somos hijos suyos, que siente compasión por nosotros, que está desarmado
cada vez que le manifestamos la  nostalgia de su amor. En las habitaciones de tantos hospitales o en las celdas de las prisiones este milagro se repite
infinidad de veces: no hay nadie, por muy mal que haya vivido, al  que
solo le quede la desesperación y le esté prohibida la gracia.

Ante Dios todos nos presentamos con las manos vacías, un poco como el
publicano de la parábola que se había puesto a rezar al fondo del templo
(Lc 18:13). Y cada vez que un hombre, haciendo el último examen de
conciencia de su vida, descubre que las faltas superan ampliamente las
buenas obras, no debe desanimarse, sino confiar en la misericordia de Dios. ¡Y esto nos da esperanza, esto nos abre el corazón!.

Dios es Padre, y espera hasta el final nuestro regreso. Y al hijo
pródigo que vuelve y comienza a confesar sus faltas, el padre le tapa la
boca con un abrazo (véase Lc 15:20). ¡Este es Dios: nos ama así!.

El paraíso no es un lugar fabuloso, ni tampoco un jardín encantado. El Paraíso es el abrazo con Dios, Amor infinito, y entramos gracias a Jesús, que murió en la cruz por nosotros. Donde está Jesús, hay misericordia y felicidad; sin Él hay frío y tinieblas.

En la hora de la muerte, el cristiano repite a Jesús: “Acuérdate de mí”.
E incluso si no hubiera nadie que se acordase de nosotros, Jesús está
allí, a nuestro lado. Quieres llevarnos al lugar más hermoso que existe.
Quiere llevarnos allí con lo poco o lo tanto bueno que ha habido  en
nuestras vidas, para que no se pierda nada de lo que ya había redimido. Y
a la casa del Padre llevará también todo lo que en nosotros todavía
necesita redimirse: las faltas y los errores de una vida entera. Esta es
la meta de nuestra existencia: que todo se cumpla y sea transformado en
amor.

Si creemos esto, la muerte deja de darnos miedo, y también podemos
esperar en dejar este mundo con serenidad, con tanta confianza. El que ha conocido a Jesús ya no teme nada. Y
también nosotros podremos repetir las palabras del anciano Simeón,
bendecido por el encuentro con Cristo, después de una vida consumida en
espera: “Deja ahora ,oh Señor, que tu siervo vaya en paz, conforme a tu
palabra, porque mis ojos han visto tu salvación “(Lc 2,29-30).

Y en ese instante, por fin, ya no necesitaremos nada, no veremos borroso. No lloraremos más innecesariamente porque todo ha pasado; incluso las profecías, incluso el conocimiento. Pero el amor no, el amor permanece. Porque “la caridad no acaba nunca” (véase 1 Cor 13: 8).

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