Nando Parrado, el «Moisés de los Andes»: «Habré rezado diez millones de Avemarías en ese trayecto»

Los Strauch y Parrado hablan de la tragedia uruguaya: «El amor y la fe fueron lo más importante»

La sociedad de la nieve, del director español J. A. Bayona, es, sin duda, una de las grandes películas del cine español de la última década. La nominada en los pasados Premios Oscar a mejor película extranjera se convirtió en todo un fenómeno de masas, curiosamente entre la gente más joven.

En 2024 se cumplen 52 años de la tragedia y la revista HOLA acaba de entrevistar a Nando Parrado –el “Moisés de los Andes”, el héroe que, junto con Roberto Canessa, logró escapar de la montaña– y a los primos Strauch –los encargados de alimentar a los supervivientes–. Unas líneas en las que no deja de aparecer la fe y la importancia que tuvo la Virgen en aquel Valle de las Lágrimas, como se llamaba, curiosamente, el lugar donde cayó el avión.

Una felicidad tan intensa 

En el vuelo 571 de la Fuerza Aérea Uruguaya murieron 29 pasajeros y sobrevivieron 16, que, como es sabido, tuvieron que alimentarse con los restos de sus propios compañeros. El origen católico de la mayoría de los pasajeros -jugadores del Old Christians Club de rugby, que procedían a su vez del Colegio Stella Maris, del Colegio Seminario o del Sagrado Corazón de los jesuitas- tuvo mucho que ver para poder sobrevivir.

La presencia constante del rezo del Rosario durante los 72 días en la montaña, el pacto para entregar sus cuerpos al resto en caso de fallecer, la relación con un Dios tan cercano -como las cartas del fallecido Gustavo Nicolich o que muchos de los protagonistas nunca creyeron que lo ocurrido pudiera ser algo casual, hace pensar que el protagonismo de Dios en la montaña era determinante.

“Fue uno de los momentos más difíciles, duros y angustiantes de mi vida, de lucha más tenaz. Y, por otro lado, viví uno de los momentos más intensos de felicidad y de emoción de mi vida. Y que, además, ha sido una fuente de inspiración hasta el día de hoy y seguramente la hizo mucho mejor. He aprendido las cosas que valen la pena y las que no, y lo he seguido aplicando, algo que no ha sido fácil, porque metidos en la vorágine de esta sociedad, es difícil mantener todo lo que uno aprendió y vivió. He llegado hasta aquí con mucho de lo que aprendí allá y muy poco de lo que no sirve”, comienza diciendo Eduardo Strauch. 

En 2024 se cumplen 52 años de la tragedia de los Andes.

Un momento traumático que, como las paradojas bíblicas, produce también mucho bien. “Yo comparo siempre uno de los momentos de más intensa felicidad en mi vida, que fue el nacimiento de mi primera hija, con el momento en que oimos la noticia de que Nando y Roberto habían llegado y estábamos salvados, y empezaba mi segunda vida. Ahí tuve una explosión de felicidad que me duró semanas”, añade uno de los encargados de cortar los cuerpos para alimentar a sus compañeros.

“Me sirvió y me sirve muchísimo para tener más empatía con la gente, para valorar las cosas que valen la pena y descartar las que no, dar al amor a las personas que quieres y a la amistad verdadera el valor que tienen. Siempre digo que tengo todavía un cordón umbilical con la montaña, me sigo nutriendo de todo eso, que ha sido superútil en mi vida y lo sigue siendo”, asegura Eduardo.

La experiencia de Nando Parrado fue de las más duras de la montaña, pero su fe le ayudó a sobrevivir. “Para mí fue lo peor que me pasó en mi vida, perder a mi madre, a mi hermana y a mis dos mejores amigos. Sobrevivir con este grupo fantástico en un lugar donde el infierno era un lugar cómodo comparado con eso, y estar vivo hoy y poder disfrutar la segunda parte de mi única vida me hace feliz porque tengo una familia. Poder respirar todos los días, vivir el presente y dejar eso en el pasado para mí es un triunfo máximo”, relata. 

“Yo rezaba mucho”

Pero, si hubo una fuerza motriz, que fue sinónimo de la fe, esa fue el amor. “Éramos un grupo especial, creo. Pudimos salir del infierno y superar la historia de supervivencia más épica de la historia gracias a la tolerancia, a la confianza en los demás y al amor. Porque el amor, en todas sus versiones, es lo más importante. Es la única fuerza que puede crear milagros en esta vida. Y si sumamos a eso el trabajo, la perseverancia y el vivir con intensidad cada día, creo que es el ejemplo que podemos dar”, cuenta Parrado.

“Yo rezaba mucho. Rezaba Avemarías todo el tiempo. Además, estábamos separados a veces por 50 o 100 metros, no vas charlando con tu amigo, sino que vas a un ritmo demoledor, un ritmo que no para, pum, pum, pum. Habré rezado unos diez millones de Avemarías en ese trayecto y creo que la Virgen, de esa forma, me ayudó. No sabía si iba a durar dos horas más, tres o medio día. No podía imaginarme un futuro porque, hasta el instante en que vi a ese arriero chileno, yo estaba muerto. Y hoy que tengo la posibilidad de tener ese futuro, trato de disfrutar de cada vez que respiro. Solo una serie de pequeños milagros hace posible que estemos aquí”, añade.

Un vínculo, por otra parte, que se ha vuelto de hierro entre los protagonistas de esta increíble historia de superación. “Hemos tenido y tenemos un vínculo indestructible. Hemos seguido celebrando 52 veces la fecha del rescate, nos reunimos cada 22 de diciembre (…). No hay vez que nos juntemos que no sigamos hablando de los Andes”, cuenta Eduardo.

Aunque la mayoría volvió con sus familias a la montaña donde cayó el avión, alguno prefirió que se quedara como uno de los mejores recuerdos espirituales. “Somos dos los que nunca más volvimos. Yo nunca más quise volver. Como dijo Eduardo, en la montaña pasé lo peor de mi vida, pero también lo mejor de mi vida en la parte espiritual, y quiero quedarme con ese recuerdo”, reconoce Daniel Fernández Strauch.

Sobre la situación más determinante que vivieron allá arriba, en la montaña, Eduardo lo tiene claro. “Yo cada vez tengo más claro que fue la decisión más difícil y la más fácil de mi vida, ¿no? Fue la más difícil, porque imagínate lo complicado de romper todos esos tabúes culturales. Ya la vez era la única alternativa, así que facilísimo. No había otra alternativa. O tomaba esa decisión, o me moría”, cuenta.

“A la mayoría les costó mucho aceptar la idea. Los menores y algunos mayores, como Javier, que era muy católico, y su mujer rechazaban la idea. Marcelo, que se sentía responsable de haber organizado ese viaje, también se resistía hasta el final. Y nosotros colaboramos bastante para que se convencieran todos, y surgió esa idea de ofrecernos unos a otros, y eso fue lo que terminó convenciendo a todos. Fue uno de los momentos más emocionantes de mi vida, de mayor solidaridad, ofrecer nuestro cuerpo. Nadie sabía quién iba a ser el alimento de quién, así que lo recuerdo clarito como si fuera hoy”, explica Eduardo.

Y, sobre los valores que se llevaron de la montaña, Parrado anima a vivir cada día como si fuera único. “Yo creo que uno es la vida, lo lindo que es estar vivo. Hay gente que, por distintas circunstancias, se deprime, tiene problemas… pero es que la vida es un problema. La vida es sobrevivir. Así que respiren cada día, disfruten que están vivos. Nosotros estábamos muertos y ahora estamos vivos por suerte y con mucha felicidad”.

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“Yo siento que empecé una nueva vida. El 22 de diciembre de 1972 sentí realmente renacer, y te diría que aprendí tres cosas fundamentales. Por estar vivo, valoro la vida. He tenido problemas y los seguiré teniendo, como todo el mundo, y sé que los voy a superar. Sin duda, la importancia del amor en todas sus formas. Y te diría una tercera cosa importantísima: la capacidad mental que tenemos los seres humanos de adaptación y de superación”, concluye Eduardo Strauch.

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