Mons. Sánchez Monge, Obispo de Santander: “No cultivemos el deporte de la queja. Seamos positivos”

Mons. Manuel Sánchez Monge tomaba
posesión de su cargo como nuevo obispo de Santander en la misa que se
ofició este sábado 30 de mayo, a las 12:00 horas, en la catedral de la
capital cántabra. El Nuncio Mons. Renzo Fratrini, los cardenales Blázquez y Rouco, el Arzobispo de Madrid, el cántabro Carlos Osoro, y el anterior prelado de Santander, Mons. Vicente Jiménez,
actual arzobispo de Zaragoza, se encontraban entre los asistente. A
ellos se sumaron los arzobispos de Toledo, Santiago de Compostela,
Burgos, Oviedo, junto con los obispos de León y Astorga, hasta alcanzar
un total de 25 obispos españoles.

 

A continuación reproducimos las palabras pronunciadas por Mons. Sánchez Monge durante la homilía en la Catedral.

Homilía en la toma de posesión como Obispo de Santander

Saludo
con todo afecto al señor Cardenal Presidente de la Conferencia
Episcopal Española y a los demás cardenales aquí presentes. Igualmente
saludo a los arzobispos que nos acompañan con especial afecto a mi
arzobispo metropolitano hasta ahora Mons. Julián Barrio y al que lo será
a partir de este momento Mons. Jesús Sanz, y en particular a mi
inmediato predecesor Mons Vicente Jiménez Zamora, ahora arzobispo de
Zaragoza. Mi agradecimiento a los hermanos obispos que quieren mostrar
visiblemente la fraternidad episcopal. Queridos hermanos presbíteros,
consagrados y fieles laicos. Saludo particularmente al Sr. Nuncio y
deseo haga llegar al papa Francisco mi comunión profunda, cordial y
obediente con él. El ministerio de Pedro es realmente un servicio
precioso a la Iglesia universal y también a cada Iglesia particular, al
mismo tiempo que a la humanidad entera. Saludo lleno de esperanza a los
seminaristas, que forman parte del presente y del futuro de nuestra
diócesis de Santander.

Queridos diocesanos todos, queridos
familiares, queridos paisanos de Fuentes de Nava y queridos amigos. Con
particular afecto saludo a quienes han venido desde las diócesis de
Mondoñedo-Ferrol y de Palencia; ocuparéis siempre unos y otros un puesto
privilegiado en mi corazón. Saludo con deferencia y respeto al
Presidente de la Autonomía, al Delegado del Gobierno y a los Srs.
Alcaldes de _____ a las demás autoridades locales, provinciales y
autonómicas. Cuenten todos con mi lealtad para colaborar como obispo en
todo lo que se refiera al bien común de la sociedad y al bienestar
social, cultural y espiritual de nuestro pueblo.

1.Comentario a las lecturas

La Palabra de Dios nos hablado hoy de
buscar la sabiduría que es don de Dios. El autor sagrado reconoce que ha
luchado para obtenerla, pero no ha sido defraudado. Con ella le han
venido la alegría del corazón y una gran esperanza. También Jesús en el
evangelio muestra su sabiduría divina ante una pregunta capciosa de los
sacerdotes y escribas que se resisten a reconocerlo como Mesías. Al
comienzo de mi ministerio en esta diócesis de Santander, ayudadme a
pedir al Padre la sabiduría que viene de él tan necesaria para apacentar
su pueblo santo. Y que ella me venga acompañada de la alegría del
corazón y una gran esperanza para poder compartirlas con mi grey

2.Actitudes compartidas

Vengo a una Iglesia particular, con una
rica tradición de santos, de cristianos eminentes, de realizaciones
sociales y culturales magníficas. Todo esto quiero hacerlo mío con honda
gratitud. Amemos nuestra historia cristiana. La purificación necesaria
de actitudes y de conductas concretas es compatible con el legítimo
orgullo por las personas que nos han precedido y que también hoy son
nuestros maestros en la fe.

No traigo un programa pastoral propio.
Asumo el Plan Pastoral Diocesano para el trienio 2014-2017 que lleva por
título: “Una Iglesia diocesana en conversión y en salida”, elaborado
aquí prestando atención al programa de acción pastoral diseñado por el
papa Francisco en la Evangelii Gaudium y que se fija de manera
preferente en cuatro necesidades, a las que debemos prestar atención
prioritaria: familia, jóvenes, dimensión social de la caridad y cultura
vocacional. Y estaremos siempre abiertos a las sorpresas que el Señor
nos vaya deparando. Como por ejemplo el Año Jubilar de la misericordia
que no tardando convocará el papa Francisco.

Adelantemos ahora algunas actitudes que debemos cultivar en común siguiendo los pasos del papa actual:

2.1 Escuchar

La Iglesia es la comunidad que escucha
con fe y con amor al Señor que habla. Es la Palabra de Dios la que
suscita la fe, la nutre, la regenera. Es la Palabra de Dios la que toca
los corazones, los convierte a Dios y a su lógica, que es muy distinta a
la de los hombres. Es la Palabra de Dios la que renueva continuamente
nuestras comunidades…

Todos podemos convertirnos en mejores
oyentes de la Palabra de Dios, para ser menos ricos de nuestras palabras
y más ricos de la Palabra de Dios. El sacerdote, que tiene la tarea de
predicar, ¿cómo puede hacerlo si antes no ha abierto su corazón, no ha
escuchado, en el silencio, la Palabra de Dios? Los padres, que son los
primeros educadores, ¿cómo pueden educar si su conciencia no está
iluminada por la Palabra de Dios, si su modo de pensar y de obrar no
está guiado por la Palabra? ¿Qué ejemplo pueden dar a los hijos? Y
pienso en los catequistas, en todos los educadores: si su corazón no
está caldeado por la Palabra, ¿cómo pueden caldear el corazón de los
demás, de los niños, los jóvenes, los adultos? No es suficiente leer la
Sagrada Escritura, es necesario escuchar a Jesús que habla en ella. Es
necesario ser antenas que reciben, sintonizadas en la Palabra de Dios,
para ser antenas que transmiten. Es el Espíritu de Dios quien hace viva
la Escritura, la hace comprender en profundidad, en su sentido auténtico
y pleno.

Y al leer y meditar asiduamente la Ley
del Señor, hemos de procurar creer lo que leemos, enseñar lo que creemos
y practicar lo que enseñamos. Recordemos también que la Palabra de Dios
no es propiedad nuestra, es Palabra de Dios. Y la Iglesia es la que
custodia esa Palabra. Para que nuestra enseñanza sea alimento del Pueblo
de Dios, primero ha de alimentarnos a nosotros. La misión sin oración
pronto se convierte en función y, al final, se produce la dimisión.

Escuchar a Dios para poder escuchar
verdaderamente a los hermanos. Abrir la puerta de nuestro corazón a Dios
implica abrírsela también a los que El ama: a los pobres, a los
pequeños, a los descarriados, a los pecadores… A toda persona, en
definitiva. Y cerrarla, por el contrario, a todos los ‘ídolos’: al
halago fácil, a la gloria mundana, a la concupiscencia, al poder, a la
riqueza, a la maledicencia. Una acogida cordial y una escucha atenta
facilitan que las personas, aun las más duras, nos confíen su intimidad
sin temor a ser juzgados o incomprendidos.

Escuchemos de un modo especial a los
jóvenes. Necesitan ser escuchados en sus logros y en sus dificultades.
Hay que saber sentarse para escuchar quizás el mismo libreto, pero con
música diferente. ¡La paciencia de escuchar! En el confesionario, en la
dirección espiritual, en el acompañamiento. Sepamos perder el tiempo con
ellos. Sembrar cuesta y cansa, ¡cansa muchísimo! Y es mucho más
gratificante gozar de la cosecha… Pero Jesús nos pide que sembremos en
serio. No escatimemos esfuerzos en la formación de los jóvenes. Ayudemos
a nuestros jóvenes a redescubrir el valor y la alegría de la fe, la
alegría de ser amados personalmente por Dios. Esto es muy difícil, pero
cuando un joven lo entiende, ayudado por el Espíritu Santo, lo acompaña
toda la vida después. Educarlos en la misión, a salir, a ponerse en
marcha, a ser callejeros de la fe.

2.2 Caminar

“Es tiempo de caminar”, dijo Santa
Teresa cuando le llegó la hora de la muerte. Antes había dicho dejándose
llevar por su corazón enamorado: “Juntos andemos, Señor. Por donde
vayas tengo que ir, por donde pases tengo que pasar” (Camino de
Perfección, 21,6). Pero la mística abulense era bien consciente de que
no caminaba sola, sino al lado de Cristo, “con tan buen amigo presente,
con tan buen capitán que se puso en lo primero en el padecer, todo se
puede sufrir. Es ayuda y da esfuerzo; nunca falta; es amigo verdadero”
(Vida, 22,6). Caminar con Cristo, de la mano de Teresa, es abandonarse
en los brazos de un Dios misericordioso sin tasa ni medida. Es aprender a
darse del todo a todos. Es tener la certeza de que podemos llegar hasta
el centro del castillo interior que es nuestra alma donde Dios vive y
se nos comunica.

El papa Francisco, a cinco siglos de
distancia, también nos ha invitado a caminar. Dirigiéndose a los
cardenales en la Capilla Sixtina el día siguiente a su elección como
Sucesor de Pedro decía: “Caminar. “Casa de Jacob, venid; caminemos a la
luz del Señor” (Is. 2,5). Esta es la primera cosa que Dios ha dicho a
Abraham: Camina en mi presencia y se irreprochable. Caminar: nuestra
vida es un camino y cuando nos paramos, algo no funciona. Caminar
siempre, en presencia del Señor, a la luz del Señor, intentado vivir con
aquella honradez que Dios pedía a Abraham en su promesa”. Y al comienzo
del V Centenario del nacimiento de Santa Teresa, que estamos
celebrando, escribió: “En la escuela de la santa andariega aprendemos a
ser peregrinos. La imagen del camino puede sintetizar muy bien la
lección de su vida y de su obra. Ella entendió su vida como camino de
perfección por el que Dios conduce al hombre, morada tras morada, hasta
Él y, al mismo tiempo, lo pone en marcha hacia los hombres. ¿Por qué
caminos quiere llevarnos el Señor tras las huellas y de la mano de santa
Teresa? Quisiera recordar cuatro que me hacen mucho bien: el camino de
la alegría, de la oración, de la fraternidad y del propio tiempo”(1).

Ser Pastores significa creer cada día en
la gracia y en la fuerza que nos viene del Señor, a pesar de nuestra
debilidad, y asumir hasta el final la responsabilidad de caminar delante
del rebaño, libres de los pesos que dificultan la sana agilidad
apostólica, y sin falta de decisión al guiarlo, para hacer reconocible
nuestra voz tanto para quienes han abrazado la fe como para quienes aún
«no pertenecen a este rebaño» (Jn 10, 16) […] Ser Pastores quiere decir
también disponerse a caminar en medio y detrás del rebaño: capaces de
escuchar el silencioso relato de quien sufre y sostener el paso de quien
teme ya no poder más; atentos a volver a levantar, alentar e infundir
esperanza. Nuestra fe sale siempre reforzada al compartirla con los
humildes: dejemos de lado todo tipo de presunción, para inclinarnos ante
quienes el Señor confió a nuestra solicitud […].

Caminar juntos, en amistosa fraternidad,
nos facilitará conocer mejor y ser más dóciles a la acción del Espíritu
Santo. Él, el Paráclito, es el protagonista supremo de toda iniciativa y
manifestación de fe. El Paráclito crea y mantiene la unidad en la
Iglesia y, al mismo tiempo, favorece las legítimas diferencias, no en la
«igualdad», sino en la armonía. Recuerdo, añadía el Papa, aquel Padre
de la Iglesia que lo definía así: «Ipse harmonia est». El Paráclito, que
da a cada uno carismas diferentes, nos une en esta comunidad de
Iglesia, que adora al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

2.3 Evangelizar

Para ser una Iglesia en salida
evangelizadora hemos de salir de nosotros mismos para anunciar el
Evangelio, pero, para hacerlo, debemos salir de nosotros mismos para
encontrar a Jesús. Se trata, pues, de una doble salida: una hacia el
encuentro con Jesús y la otra, hacia los demás para anunciar a Jesús.
Estas dos van juntas. La evangelización se hace de rodillas. Como madre
Teresa de Calcuta hemos de ser audaces para arrodillarnos ante los más
pobres de entre los pobres como hacía ella, pero también hemos de ser
valientes para arrodillarnos cada día ante el Señor.

No tengamos miedo de salir de nosotros
mismos en la oración y en la acción pastoral. Tengamos el coraje de
rezar abundantemente para poder ir a anunciar el Evangelio. No nos
quejemos de los tiempos que nos toca vivir, no cultivemos el deporte de
la queja. Seamos positivos y, desde el encuentro con el Señor, seamos
capaces de encontrarnos con las personas especialmente con las más
despreciadas y desfavorecidas. No tengamos miedo a salir e ir contra la
corriente. Seamos discípulos misioneros. No tengamos miedo de salir e ir
al encuentro de los alejados, de los pecadores. No podemos bloquearnos
por los prejuicios, las costumbres, rigideces mentales o pastorales, por
el famoso «siempre se ha hecho así». Se puede ir a las periferias sólo
si se lleva la Palabra de Dios en el corazón y si se camina con la
Iglesia. De otro modo, nos llevamos a nosotros mismos, no la Palabra de
Dios, y esto no es bueno, no sirve a nadie. No somos nosotros quienes
salvamos el mundo: es precisamente el Señor quien lo salva.

3.Agradecimientos

No puedo terminar sin recordar con
afecto a mis dos últimos predecesores en esta sede. Mons. José Vilaplana
ha dejado una huella profunda en la Diócesis y en el corazón de los
santanderinos. Nos une una fuerte amistad y juntos trabajamos en la
misma viña del Señor. A Mons. Vicente Jiménez Zamora le sucedo
inmediatamente. Nos conocimos de sacerdotes. Y desde entonces nos une
una profunda amistad. Le manifiesto mi gratitud por su ministerio en la
diócesis. Las Asambleas Diocesanas del Clero y de Laicos, convocadas por
él, han sido un momento de gracia y promesa de renovación. Seguiremos
atentos para que produzcan los frutos espirituales y pastorales
deseados. Es para mí un deber muy grato reconocer al P. Manuel Herrero
Fernández su buena labor como Administrador diocesano y agradecer la
cordial acogida que me ha dispensado, juntamente con el colegio de
consultores.

Extiendo mi gratitud a los Medios de
Comunicación por la atención que me han prestado desde que se hizo
público mi nombramiento como obispo vuestro.

Estoy impresionado por las
manifestaciones de gratitud y cordialidad que venís dispensándome los
montañeses desde el día en que se hizo público mi nombramiento para esta
diócesis. Consideradme como vuestro Pastor y amigo. Pido a Dios que os
bendiga a vosotros y a vuestras familias. ¡Que nos bendiga a todos con
numerosas y santas vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada y que
contemos con muchas familias que sean verdaderas ‘iglesias domésticas’
donde se vive y se transmite la fe en Jesucristo.

Ponemos, queridos hermanos, nuestra
Iglesia de Santander y el ministerio episcopal que el Papa me ha
confiado en manos de San Emeterio y San Celedonio, nuestros patronos y
en el regazo de Nuestra Señora la Virgen Bien Aparecida, patrona de la
diócesis. Ella, que gestó a su Hijo con entrañable amor de Madre y lo
dio a luz como el Salvador del mundo, nos sostenga en la fe y nos
acompañe en nuestros trabajos apostólicos. Que nos ayuden todos los
santos y beatos de nuestra Diócesis de Santander. Amén

Mons. Manuel Sánchez Monge, Obispo de Santander