El Papa Francisco ha dedicado la homilía de la misa matinal de este lunes en la Casa Santa Marta a la tensión «buena» del cristiano que está a la espera de la acción y la visita de Dios.
Francisco recordó que el cristiano vive en constante espera de este encuentro, de estas visitas de Dios, visitas que hay que esperar con esperanza, “que es la virtud más humilde de todas”.
Esa tensión de la espera es buena, mientras que la falta de tensión no lo es. Quien no espera “es un cristiano cerrado, inmerso en el trastero de la vida, sin saber qué hacer”.
Dios visita a su pueblo y libera
A partir de la lectura bíblica en la que, tras la liberación del pueblo
de Israel de su esclavitud en Egipto, Dios visita a los israelitas y los
lleva a la tierra prometida, el Pontífice destacó que “cada liberación, cada acción redentora de Dios, es una visita”.
“Cuando el Señor nos visita nos da alegría, es decir, nos proporciona un
estado de consuelo. Eso nos lleva a la alegría. Sí, se han sembrado
lágrimas, pero ahora el Señor nos consuela y nos da ese consuelo
espiritual. El consuelo no sólo se produjo en aquella época, es un estado de vida espiritual de todo cristiano. Toda la Biblia nos enseña esto”.
Un consuelo que eleva y llena de alegría
El Papa, en su homilía, animó a esperar esa visita de Dios, “en los
momentos de más debilidad, pero también en los de fortaleza, porque el
Señor nos hará sentir su presencia siempre, con el consuelo espiritual, llenándonos de alegría”.
“El consuelo del Señor toca dentro de ti y te impulsa a aumentar la
caridad, la fe y la esperanza, y también te lleva a llorar por tus
pecados que han llevado a la cruz a Jesús”, señaló.
“Cuando miramos a Jesús, a la Pasión de Jesús, nos hace llorar por Él. Te eleva el alma hacia las cosas del Cielo, hacia las cosas de Dios y, también, tranquiliza el alma en la paz del Señor. Este es el verdadero consuelo”.
El consuelo “no es un divertimento”, aunque recordó que “el divertimento
no es una cosa mala, sino que es buena, somos humanos y debemos tener
divertimentos”, pero “el consuelo te lleva y te hace experimentar la
presencia de Dios y reconocerle como el Señor”, concluyó.
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