Se lo pregunto a los especialistas porque no consigo explicarme el
motivo de que esa palabra del texto griego, que tan densa de alusiones
me parece, no se haya reflejado en nuestras traducciones.
Me explico.
Cuando Lucas dice en el primer capítulo de su evangelio que, apenas se fue el ángel, «María se dirigió presurosa a la montaña, a una ciudad de Judá», en el texto original, después de la palabra María, hay un participio: «anastása».
Literalmente significa: «levantándose». Y podría ser una
expresión estereotipada, una muletilla entre un relato y otro. Si así
fuera, dada su carencia expresiva, la omisión en nuestras traducciones
estaría plenamente justificada.
Pero si se analiza bien, la palabra «anastása» tiene la misma raíz que el sustantivo «anastásis»,
el clásico vocablo que indica el acontecimiento central de nuestra fe,
la resurrección del Señor, por lo que bien podría traducirse con «resucitada».
Y así, teniendo en cuenta que Lucas relee la infancia de Jesús a la
luz de los acontecimientos pascuales, ¿estará fuera de lugar sospechar
que la palabra «anastása» es algo más que una muletilla inexpresiva?
¿Sería arriesgado pensar que puede aludir a María como símbolo de la Iglesia «resucitada», que se levanta muy apresuradamente para llevar gozosos mensajes al mundo?
¿Será un poco atrevido afirmar que, bajo aquella palabra, se condensa
el quehacer misionero de la Iglesia, que después de la resurrección del
Señor tiene la misión de llevar en su seno a Jesucristo, para
ofrecérselo a los demás, como hizo María con Isabel?
Ahí queda mi pregunta.
En cualquier caso, me parece evidente una conclusión: aunque la
palabra «anastása» no tenga la densidad teológica de que he hablado, no
deja de destacar por lo menos una cosa: lo resuelta que es María.
Decide ponerse en camino, sin que nadie se lo pida.
Piensa en el viaje, sin que nadie se lo sugiera.
Decide dar el primer paso, sin esperar que los demás tomen la iniciativa.
En la discretísima alusión del ángel percibe que su prima puede
encontrarse en serias dificultades. Y así, sin andarse por las ramas,
sin preguntarse si le tocaba a ella, o no, acudir allá, prepara algunas
cosas y se pone en marcha.
Cruza los montes de Judea. «Presurosa», además.
O, como alguien traduce, «anhelante».
Tenemos todos los elementos para leer a través de estas rápidas expresiones el estilo emprendedor de María. Sin atosigar.
Un estilo confirmado en las bodas de Cana cuando, tras intuir el
disgusto de los esposos y sin que ellos se lo pidan, movió ficha y dio
jaque mate al rey.
Santa María, mujer del primer paso, ministra dulcísima de la
gracia preventiva de Dios, «levántate» una vez más, presurosa, y ven a
ayudarnos, antes de que sea demasiado tarde. Anticípate a todos nuestros
gemidos de piedad.
Tómate el derecho de precedernos en todas nuestras iniciativas.
Cuando el pecado nos trastorna y la vida nos paraliza, no
esperes a que nos arrepintamos. Anticípate a nuestro grito de auxilio.
Corre presurosa a nuestro lado y organiza la esperanza en torno a
nuestras derrotas. Si no llegas a tiempo, seremos incluso incapaces de
remordimiento. Si no das tú el primer paso, seguiremos en el barro. Y si
tú no excavas en nuestro corazón pozos de nostalgia, ni siquiera
sentiremos la necesidad de Dios.
Santa María, mujer del primer paso, nadie sabe cuántas veces
habrás dejado admirada en tu vida terrena a la gente, por haberte
anticipado a citas para el perdón.
Nadie sabe con qué solicitud, tras recibir una ofensa de la
inquilina de enfrente, te apresuraste a dar el primer paso y llamaste a
su puerta para disipar la diferencia y daros un abrazo.
Nadie sabe con qué ternura, la noche de la traición, te apresuraste a recibir en tu manto el llanto amargo de Pedro.
Nadie sabe cómo latía tu corazón cuando saliste de casa para
apartar a Judas del camino del suicidio. Qué pena que no le encontraras.
Pero cabe pensar que, después de bajar a Jesús de la cruz, te dirigiste
a bajar del árbol a Judas y que colocarías sus miembros en la paz de la muerte.
Te rogamos que nos concedas la fuerza de dar el primer paso
cada vez que hay que perdonar. Haznos tan expertos en esto como tú lo
eras. Que no dejemos para mañana una cita para la paz que podamos
concertar hoy.
Abrasa nuestras indecisiones. Apártanos de nuestras
perplejidades calculadas. Líbranos de la tristeza de nuestra extenuante
susceptibilidad. Y ayúdanos a que nadie, entre nosotros, haga estar a su
hermano sobre ascuas, repitiendo con desprecio: ¡Es él quien debe dar
el primer paso!
Santa María, mujer del primer paso, experta como nadie en el
método preventivo, hábil para preceder a todos en los gestos, rapidísima
para jugar anticipadamente en las partidas de la salvación, juega
también anticipadamente sobre el corazón de Dios.
De este modo, cuando llamemos a la puerta del cielo y comparezcamos ante el Eterno, aplacarás su sentencia.
Apresúrate por última vez desde tu trono de gloria y ven a nuestro encuentro. Cógenos de la mano y cúbrenos con tu manto.
Con ese resplandor de misericordia en tus ojos, anticipa su veredicto de gracia. Y estaremos seguros de su perdón.
Porque la felicidad más grande de Dios consiste en ratificar lo que tú has decidido.
mons. Tonino Bello, obispo de Molfetta
pastoralsantiago.es
Foto: Miguel Castaño





