Marcelo Van se consagró a la Virgen «como flor sin fruto»: «Tengo la certeza de que María me miró»

La Iglesia consagra a la Virgen María el mes de mayo
para que en él la Madre de Dios ocupe un lugar especial en la vida de
los cristianos. Una forma de hacerlo es en el espíritu con el que lo
hacía Marcelo Van, el redentorista vietnamita que murió en un
campo de concentración comunista en 1959, y cuya causa de beatificación
tuvo como primer postulador al cardenal François-Xavier Nguyen Van Thuan.


El sacerdote Álvaro Cárdenas, impulsor de las vigilias Asalto al Cielo y uno de los traductores al español de las obras del Hermano Van, ha explicado en el portal mariano Cari Filii cómo vivía este joven religioso el mes de mayo:

Desde hace pocas semanas, la devoción al hermano Marcelo Van cuenta con un portal en español: Amigos de Van.


El joven vietnamita en proceso de beatificación Marcelo Van fue un niño que desde su más tierna infancia experimentó una relación extraordinaria y singular con nuestra Madre la Virgen.
La gracia de intimidad que recibió, y que alimentó junto a su madre y a
su familia, con su oración y con su piedad de niño, puede ser una ayuda
hermosa para todos aquellos que hemos descubierto, estamos
descubriendo, o queremos descubrir el papel que el Cielo le ha confiado a la Virgen en nuestras vidas. Su testimonio nos ayudará también a vivir este mes de la Virgen que comenzamos.


Un niño de pecho que descubre el amor de María.


Desde su más tierna infancia, el pequeño Van recibe la gracia de experimentar en la fe la presencia amorosa y la protección tierna de María.
Su madre de la tierra es quien le enseña a abrir su corazón,
excepcionalmente sensible, a su Madre del Cielo. Antes de tomar el
pecho, su madre le pide que se dirija a la Virgen. Así, aprende a
hablar, y por tanto a relacionarse con la Virgen, al mismo tiempo que
aprende a hablar.


Marcelo Van, niño.

El pequeño Van habla con ella,
contempla sus imágenes y se conmueve interiormente sabiendo que tiene
una Madre en el Cielo, que es también la Madre del pequeño Jesús.


El mes de mayo, mes de las flores, mes de la Virgen.


La estación de la primavera, con su explosión de luz, de verdor, de
hermosas flores, quedará hondamente grabada en su memoria. Disfruta con
su padre haciendo paseos por el campo, contempla extasiado las flores,
los insectos,  se deleita con el canto de los pájaros, y va con su
hermana más mayor a buscar flores para ponérselas a la Virgen.

Así describe los días del mes de mayo, jalonados por su amor sensible y
tierno a la Virgen: «Recuerdo todavía aquellos días de mayo en los que
mi hermana me llevaba a recoger flores para ofrecérselas a la Virgen.
¡Los días de mayo! ¡Ah! Son los más hermosos de mi vida. En esos días la
llovizna ha cesado, los prados están salpicados de flores y los
paisajes son magníficos; la brisa sopla y parece traer un perfume
delicioso que penetra en el corazón del hombre. Ese espectáculo tenía
para nosotros un encanto irresistible. Todos los días, los campos nos
ofrecían gozar de ese placer natural que los campesinos suelen llamar el atractivo encanto de la Virgen» (Autobiografía, 37).

El pequeño Marcelo percibe la hermosura y el encanto de la Virgen bajo el velo de la naturaleza florecida. Identifica el mes de mayo con el mes de María,
como si percibiera intuitivamente el misterio de María que los poetas,
los contemplativos y los místicos, descubren como “flor de las flores”,
“jardín cerrado”, “huerto sellado”; jardín precioso de Dios, a quien el
Cielo  ha querido colmar adornándola con la belleza inmarchitable de
todas las gracias, primavera de la humanidad y principio de la creación
renovada por  Dios, conjunto de todas las bellezas, de todas las
hermosuras y de todas las delicias juntas, y nuevo paraíso en la tierra
creado por la omnipotencia de Dios.

Así se expresa Marcelo Van: «Mayo es realmente el mes de María. Y nuestra buena Madre ha sembrado en la naturaleza la alegría y la belleza para invitarnos a amarla con un corazón agradecido.
Qué acertada ha estado la Iglesia escogiendo este mes de mayo para
dedicarlo a la Virgen María, ya que a la Virgen se la ha llamado Nuestra Señora de las Flores,
la Madre bellísima. Según mi impresión personal, también he llamado al
mes de mayo el mes de los ángeles lanzando flores, pues allí donde
mirara, veía los campos llenos de flores abiertas. Bajo el cielo puro y
suave del campo, mi hermana y yo, como dos mariposas alegres, saltábamos
con el corazón desbordante de felicidad, recogiendo flores y cantando
cánticos a la Virgen. Sentimientos vivos de afecto a Ella se grabaron
profundamente en nuestros corazones. En los campos verdes, hemos podido
recoger, junto a las flores, un amor ardiente a la Virgen» (Autobiografía, 38).


La hermosura de la Virgen, principio de su vocación


Esta belleza de María, que percibe bajo el manto de la Creación
resucitada y florecida del mes de mayo –¡al que más tarde designará como
el mes de “Madre”!–, le llevará a desear abrazar una vida de total consagración,
como si quisiera ser una flor más en el jardín de Dios, que es la
Virgen María, para con ella, como lo demostrará durante toda su vida y
su juventud, ser una flor entregada totalmente en ofrenda y en sacrificio a Jesús, como lo hizo María.

Así expresa Marcelo Van su determinación de ser una flor para la Virgen
y su deseo de consagrarse a Dios: «Personalmente tomé la resolución de
ser una flor sin fruto para derramar mi fragancia ante el trono de María
durante toda mi vida. Por eso la idea de entrar en religión se hacía cada vez más intensa en mí» (Autobiografía, 38).


El Hermano Marcelo Van, redentorista vietnamita, junto a su
hermana. Van murió en 1959, a los 31 años de edad, en un campo de
concentración comunista. El cardenal François-Xavier Nguyen Van Thuan,
compatriota y coetáneo suyo, fue el primer postulador de su proceso de
beatificación.

Es como si desde niño hubiera intuido de
alguna manera el misterio de las almas que se han consagrado
particularmente a Dios y el misterioso y profundo vínculo que tienen
todas ellas con aquella cuya existencia ha sido una completa y total
consagración a Dios desde el primer instante de su Inmaculada Concepción.


Con flores a María, entrega total a ella


Cada día de primavera, al caer la tarde, Marcelo Van y su hermana
colocaban las flores que habían recogido en un recipiente e iban a la
Iglesia a ofrecérselas a la Virgen. Su hermana, por estar inscrita en
las Hijas de María, se ponía cada tarde su traje, parecido al de la
Virgen, y participaba en la ofrenda de  las flores a la Virgen. El
pequeño Marcelo deseaba también participar, pero no podía porque era
algo reservado a las niñas. No pudiendo ofrecer sus flores a la María,
se ofrecía a sí mismo como una viva flor, ofreciéndole a la vez sus
buenos deseos e intenciones. Esa primera entrega consciente a la Virgen se convirtió para él en una fuente de alegría desbordante que le acompañó durante toda su joven existencia.

Así describe Marcelo Van esa primera entrega total que hizo de su vida a
la Virgen: «Todos mis buenos sentimientos y mis buenas intenciones, las
amontonaba en el altar de mi Madre María, la miraba con ternura,
esperando que me aceptara como el tierno capullo de una florecita
acariciada aún por la brisa del mundo. Pero, temiendo que algún día
acabara marchitándose, la ofrecí desde la niñez para que, gracias a la
protección materna de María, mi alma pudiera seguir guardando siempre su frescura hasta el fin de mi vida. Desde aquel momento, he sentido en mi corazón una alegría desbordante» (Autobiografía, 39).


El niño que “vivía con la Virgen”


El tiempo de su primera infancia es “el tiempo de la primavera” de su alma. Así lo expresa en su Autobiografía,
tiempo de alegrías y de dulzuras, disfrutando de la hermosura de los
campos en flor de su aldea, del amor de su familia, y del amor tierno y
maternal de la Virgen.


De Marcelo Van se han publicado en español su Autobiografía y sus Coloquios con el Cielo.

La Virgen le atrae con una mirada llena de ternura y con esa misteriosa
sonrisa que recibió en la fe, y que podría compararse con aquella otra
sonrisa de la Virgen que curó a Santa Teresita.

Así concluye Marcelo Van la descripción de su entrega total a la Virgen de la que acabamos de hablar: «Tengo, pues, la certeza de que María me miró,
regalando a mi alma una sonrisa misteriosa; y esta misma alegría es el
testimonio del compromiso tomado por la Virgen de conservar en la flor
de mi corazón una frescura permanente» (Autobiografía, 39).

La Virgen le asegura su presencia y su tierna protección. La Esposa del
Espíritu Santo puede depositar en su corazón el don de la alegría, una “alegría desbordante”, que es el regalo que reciben los corazones dilatados en el amor.

Van experimentará esta excepcional cercanía de la Virgen
en su vida, acompañándole, protegiéndole, consolándole y guiándoles en
todos los instantes de su vida. Ella vivía con él y él con ella, como
viven madre e hijo. La Virgen va formando interiormente el corazón de su
pequeño hijo.

Así lo expresa Marcelo Van: «Puedo decir que vivía con la Virgen,
manteniéndome sin cesar junto a ella. Por eso me cubría con su
protección materna, infundiéndome amor por la vida tranquila de los
santos, impulsándome a que volviera sin cesar hacia ella, alejando de mi
alma todo sentimiento de tristeza» (Autobiografía, 73).

El testimonio de la relación que Marcelo Van mantuvo con la Virgen María, llegando a convertirse en una verdadera comunión de vida con ella
nos invita en este mes de mayo a descubrir o a profundizar la relación
que como Madre de los cristianos ella quiere tener con cada uno de
nosotros, sus hijos,  y  de la relación con ella que cada uno de
nosotros, confiados a ella por nuestro Señor desde la cruz, hemos de
tener con ella para ser fieles al testamento que en la última hora
Jesús, en la persona del discípulo amado, nos dejó: “Hijo, ahí tienes a
tu madre” (Jn 19, 27).


Publicado en Cari Filii News.

ReligiónenLibertad