El Papa encabezó sus intenciones posteriores a la predicación espiritual del Ángelus con la invasión de la ciudad españoladesde Marruecos.

El ataque de Marruecos el 31 de julio contra la ciudad española de Ceuta, con su invasión por sesenta mil personas (mayoritariamente hombres jóvenes), ha formado parte de las habituales palabras del Papa los domingos tras el rezo del Ángelus.
«Sigo con preocupación la alarmante situación en Ceuta, pidiendo a Dios, por medio de la intercesión de Nuestra Señora de África, que se puedan encontrar soluciones de paz, de estabilidad y de justicia«, dijo León XIV una vez concluida la oración que caracteriza los domingos en la Plaza de San Pedro desde su despacho vaticano.
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Pero no concretó las soluciones a las que se refería. El conflicto diplomático le ha costado la vida por ahogamiento a más de sesenta invasores del territorio nacional, además de provocar, como ha denunciado la población ceutí, graves amenazas de seguridad por robos y asaltos, así como masificación hospitalaria que ha complicado la atención médica y desabastecimiento en algunos establecimientosque ha complicado el acceso a alimentos y otros bienes primarios.
Tras estas palabras, y sin que pueda interpretarse si se referían a los hechos violentos padecidos por Ceuta o a la violencia que se vive en todo el mundo, el Sumo Pontífice exhortó:
- «Continuemos rezando por la paz, para que cesen las guerras en el mundo y se encuentren soluciones diplomáticas a los conflictos. Recordemos a todas las víctimas de las hostilidades, sobre todo a los más débiles e indefensos: los niños, los ancianos y los enfermos. Que el Señor consuele a quienes sufren y bendiga la labor de quienes llevan ayuda y consuelo».
Así lo hicieron instituciones diocesanas que pidieron ayuda para socorrer a los ocupantes ilegales del territorio español en sus necesidades básicas más afectadas.
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La Redención
Antes de estas palabras, el Papa hizo la tradicional reflexión espiritual pontificia que precede a la oración del Ángelus en torno al evangelio del domingo
«Cuando se proclama el Evangelio, con frecuencia escuchamos el relato de los signos realizados por Jesús«, comenzó afirmando el rlación a los «gestos que manifiestan su especial entrega por nosotros, es decir, la salvación que Él trae al mundo» liberando a la vida «del mal y del pecado».
«El Reino de Dios está cerca», anuncia Nuestro Señor, y prueba de ello son también los sentidos, como la vista o el oído, como testigos de «la espléndida obra de la redención» de Cristo: «El don del Señor es universal» y «su Providencia hacia nosotros nunca falla«, recordó el Papa.
De la avaricia a la bendición de la mesa
«Cristo sacia realmente el hambre de la humanidad… de verdad y de vida» y nos recuerda que «nada se pierde cuando se comparte«. Los enemigos de este mensaje son «la acumulación y el descarte» en cuanto «dos caras de un mismo mal: la avaricia«.
León XIV insistió en que la avaricia es una «enfermedad del alma» que «embriaga de riquezas hasta el punto de olvidar a aquellos que lloran de hambre y gritan de sed».
Frente a la avaricia, en la caridad «reconocemos las acciones típicas de Jesús, que encuentran su punto culminante en la Última Cena, donde el Hijo de Dios nos entrega su misma vida como nuestro hermano en humanidad».
Por ello, «al saborear la gracia de la Eucaristía, comprometámonos a testimoniar su belleza en nuestros gestos cotidianos, comenzando por la bendición de la mesa, cuando compartimos el pan en familia y entre los amigos», concluyó el Papa.







