La Iglesia diocesana celebra la Jornada por la Vida bajo el lema “La vida, un don inviolable”

El Auditorio de Afundación de A coruña acoge un acto diocesano centrado en las migraciones como realidad humana global.

Mons. Fernando García Cadiñanos fue el encargado de analizar las tensiones sociales y la respuesta de la Iglesia ante el fenómeno migratorio.

Mons. Santiago Agrelo conmueve con testimonios reales y denuncia la indiferencia ante el drama de las personas migrantes.

El Auditorio de Afundación en A Coruña fue escenario este martes 24 de marzo, a las 20:00 horas, de un acto cargado de reflexión, denuncia y apelaciones a la conciencia social con motivo de la Jornada por la Vida, que la Iglesia celebra cada 25 de marzo bajo el lema “La vida, un don inviolable”.

El acto contó con la presencia del arzobispo de Santiago de Compostela, mons. Francisco José Prieto Fernández, y estuvo conducido por el delegado de pastoral familiar, Antonio Gutiérrez.

Organizado por las delegaciones para la Familia y la Vida y para el Servicio del Desarrollo Humano Integral de la Archidiócesis de Santiago, el encuentro situó en el centro del debate la realidad de las migraciones, abordándola desde una perspectiva profundamente humana, social y evangélica. La iniciativa quiso responder a un contexto marcado por el creciente protagonismo del fenómeno migratorio en el ámbito político, mediático y social, tanto en Europa como en otras regiones del mundo.

Desde el inicio, los organizadores subrayaron que la migración no puede entenderse como un fenómeno aislado o exclusivo de determinados territorios, sino como una realidad global que ha acompañado a la humanidad a lo largo de la historia. En este sentido, se recordó que países de América Latina, como Argentina o Panamá, se construyeron en gran medida gracias a la llegada de personas migrantes, y que Europa fue durante décadas tierra de emigración.

Una mirada desde la doctrina social de la Iglesia

El obispo de Mondoñedo-Ferrol y presidente de la Subcomisión Episcopal para las Migraciones y Movilidad Humana de la Conferencia Episcopal Española, mons. Fernando García Cadiñanos, fue el encargado de ofrecer una reflexión más teórica sobre la cuestión migratoria, abordándola desde la doctrina social de la Iglesia y la Sagrada Escritura.

En su intervención, describió el fenómeno migratorio como un ámbito marcado por múltiples tensiones que exigen discernimiento. Entre ellas, destacó la coexistencia de diferentes sensibilidades sociales: desde quienes viven la migración en clave de acogida y solidaridad hasta quienes lo hacen desde la indiferencia o el rechazo. A estas posturas se suma, según explicó, una tendencia creciente a culpabilizar a las personas migrantes de problemas sociales, convirtiéndolas en “cabezas de turco” de miedos e incertidumbres colectivas.

Mons. García Cadiñanos también se refirió a la tensión entre globalización e identidad, señalando que el mundo actual, cada vez más interconectado, genera al mismo tiempo un deseo de proteger lo propio. Esta dualidad, indicó, forma parte de la complejidad del fenómeno migratorio.

Otro de los aspectos abordados fue la distancia entre la percepción social y la realidad. El obispo destacó que, en muchos casos, la población tiende a sobreestimar el número de personas migrantes, lo que contribuye a alimentar discursos alarmistas. Esta distorsión, advirtió, afecta también a cuestiones como la delincuencia o el uso de recursos sociales.

En cuanto al papel de los Estados, defendió la necesidad de equilibrar la acogida con el control de fronteras, aunque insistió en que este equilibrio no puede basarse únicamente en criterios económicos o de bienestar. “La sostenibilidad no debe medirse solo desde el interés propio, sino también desde las necesidades reales de quienes buscan una vida digna”, señaló.

Desde una perspectiva evangélica, el obispo recordó que la Iglesia está llamada a situar la dignidad de la persona humana en el centro de su acción. En este sentido, evocó los cuatro verbos propuestos por el papa Francisco para abordar la realidad migratoria: acoger, proteger, promover e integrar.

Además, subrayó que la tradición cristiana identifica a Dios con la experiencia del migrante, recordando pasajes bíblicos en los que se invita a acoger al forastero. Esta dimensión, explicó, convierte la atención a las personas migrantes en una cuestión esencial para la credibilidad de la fe cristiana.

El testimonio que interpela: historias de vida y muerte

La intervención del arzobispo emérito de Tánger, mons. Santiago Agrelo Martínez, aportó una dimensión profundamente vivencial al encuentro. Su discurso, cargado de emotividad, se centró en denunciar la invisibilización del sufrimiento de las personas migrantes y la falta de respuesta social ante esta realidad.

Mons. Agrelo denunció el uso del lenguaje como herramienta de deshumanización. Términos como “irregulares” o “ilegales”, afirmó, contribuyen a invisibilizar a las personas y a reducirlas a categorías administrativas, alejando a la sociedad de su realidad humana.

Uno de los momentos más impactantes de su intervención fue el relato de la historia de Precious, una mujer nigeriana víctima de trata que, junto a su hija de cinco años, murió en una travesía marítima hacia España. La narración, detallada y desgarradora, puso de manifiesto las condiciones extremas que enfrentan muchas personas migrantes: violencia, explotación, enfermedad, rechazo institucional y, en muchos casos, la muerte.

El relato incluyó episodios como intentos fallidos de cruzar fronteras, devoluciones, situaciones de vulnerabilidad extrema y la acción de redes de trata. Finalmente, madre e hija fallecieron ahogadas tras la intervención de fuerzas marítimas que hundieron la embarcación en la que viajaban.

Para mons. Agrelo, historias como esta evidencian una realidad que la sociedad prefiere no ver. “O no los hemos visto o no nos han dejado verlos”, afirmó, subrayando que la indiferencia es uno de los mayores peligros. A su juicio, esta actitud no solo afecta a las víctimas, sino que compromete la propia humanidad de quienes miran hacia otro lado.

Una llamada a la conciencia y a la acción

El acto concluyó con una reflexión colectiva sobre la necesidad de recuperar la compasión y la responsabilidad compartida ante el fenómeno migratorio. Los organizadores insistieron en que la integración social no puede lograrse sin un cambio de mentalidad que supere prejuicios e ideologías.

El lema propuesto, “la dignidad no conoce fronteras”, sintetizó el mensaje central de la jornada: la defensa de la vida y de la dignidad humana debe extenderse a todas las personas, independientemente de su origen o situación.

Los asistentes abandonaron el auditorio con una mezcla de reflexión y emoción, conscientes de la complejidad del tema y de la necesidad de abordarlo desde una perspectiva más humana. Tal y como destacó Antonio Gutiérrez en el cierre del acto, la jornada dejó “muchas cosas en la cabeza y en el corazón”, invitando a un compromiso que trascienda el ámbito de la reflexión para convertirse en acción.

La Jornada por la Vida celebrada en la Diócesis se consolidó así como un espacio de encuentro y conciencia, donde la realidad de las migraciones fue presentada no solo como un desafío social, sino como una interpelación directa a los valores fundamentales de la sociedad contemporánea.

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