
En Magnifica Humanitas el Papa incide en la guerra en tiempos de IA y habla de que “ tras la Segunda Guerra Mundial (…): la paz se situó en el centro del orden internacional, como lo atestigua en particular la Carta de las Naciones Unidas, que se propone «preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra»” frente a ello, dkrá que hoy en día se presenta una preocupante pérdida de la memoria histórica y una preocupante rehabilitación de la guerra como instrumento de política internacional dónde “la dimensión mediática y digital. Las redes de comunicación, los entornos informativos fragmentados y los algoritmos que premian el enfrentamiento pueden amplificar la polarización y el resentimiento, acelerar la propaganda y dificultar el discernimiento común. Así, la guerra no sólo se libra, sino que también se prepara culturalmente a través de narrativas simplistas, lógicas de amigo-enemigo, desinformación y miedo.” Preocupa al Santo Padre la reaparición de “la tentación de construir la identidad colectiva contra un enemigo, alimentando narrativas en las que cada uno se presenta como víctima legitimada para la revancha. La simplificación en esquemas —“yo primero”, “amigo-enemigo”, “nosotros-ustedes”— facilita decisiones, a menudo irresponsables, que minan la confianza recíproca entre las naciones. La fuerza del derecho internacional es así sustituida por el supuesto “derecho del más fuerte””
Pero el Papa abre una hermosa puerta, tomando palabras del escritor Jonh Ronald Reuel Tolkien y dice que “«No nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos, y dejando a los que vendrán después una tierra limpia para la labranza».”
En este mes de septiembre, se puede repensar en nuestras pequeñas posibilidades de dejar la tierra limpia para la labranza con las palabras del Papa a los miembros de la Conferencia Episcopal Latina en las Regiones Árabes, que se encuentran con sociedades marcadas por conflictos y divisiones, y dónde las comunidades a su cargo pueden mostrar que es posible vivir, servir y esperar juntos ya que “la fecundidad de la Iglesia no se mide por los números, las estructuras o los recursos, sino por la fidelidad al Evangelio. Una comunidad pequeña, si está arraigada en Cristo, puede ser una presencia valiosa”
A estas comunidades, y a quien le escuche, invita a hacer “concreto el Evangelio, acogiendo, escuchando y sosteniendo a quienes se encuentran necesitados.” A no perder de vista “En medio de las emergencias, (…) lo esencial de la misión de la Iglesia: el anuncio del Evangelio, la oración, los Sacramentos y la formación cristiana. Una Iglesia capaz de servir debe ser, ante todo, una Iglesia que ora, escucha la Palabra y vive de los Sacramentos.” Se invita también,a un cuidado especial de las “las familias y de los jóvenes. Que las familias, aun cargadas de dificultades e incertidumbres, puedan, con el apoyo de la comunidad, seguir siendo el primer lugar en el que la fe se recibe y se transmite. Que los jóvenes, a menudo divididos entre grandes aspiraciones y un futuro incierto, encuentren en la Iglesia una casa que los acoja, los escuche y los ayude a reconocer el valor de su vida. Que la catequesis acompañe a niños, jóvenes y adultos hacia un encuentro vivo con Cristo, para que la fe sea conocida, vivida y transmitida de generación en generación” Y sobre todo se invita a no tener miedo de “sembrar sin ver inmediatamente los frutos. La siembra les corresponde a ustedes; el crecimiento pertenece a Dios. Ningún gesto realizado en nombre de Cristo es inútil: una oración, una palabra de consuelo, una familia acompañada, un niño educado en la fe, un pobre acogido son semillas de un futuro nuevo.”
Seamos genuinamente de Cristo, y sobrios en todo lo que no sea él, recordando que en el mundo virtual nada es inmaterial o mágico, detrás de cada dato hay un trabajo del que se aprovechan unos pocos, pero con Cristo crece una nueva civilización.
María Puy





