En una homilía centrada en el servicio y la humildad, el arzobispo mons. Francisco José Prieto recordó que el sacerdocio es una misión al servicio del pueblo de Dios.

La ordenación sacerdotal de Enrique Malvar Blanco centró este sábado la vida de la Archidiócesis de Santiago durante una solemne celebración celebrada en la Catedral compostelana. El nuevo sacerdote recibió el sacramento del Orden de manos del arzobispo de Santiago, monseñor Francisco José Prieto Fernández, pasando a formar parte del presbiterio diocesano.
Junto al arzobispo participaron en la ceremonia el arzobispo emérito de Santiago, monseñor Julián Barrio Barrio; el arzobispo emérito de Tánger, monseñor Santiago Agrelo; el vicario general, los rectores de los seminarios Mayor y Menor, miembros del Cabildo Catedralicio, numerosos sacerdotes procedentes de distintos puntos de la diócesis, diáconos, seminaristas y representantes de la vida consagrada.
La presencia de familiares, amigos y numerosos fieles dio un carácter especialmente cercano a una celebración que la Archidiócesis vivió como un motivo de acción de gracias. Su acompañamiento puso de manifiesto el respaldo de la comunidad cristiana al nuevo sacerdote en el momento de iniciar oficialmente su ministerio.
La parte musical de la ceremonia estuvo a cargo del Coro Cardenal Quiroga de la Catedral de Santiago, que acompañó con sus interpretaciones los distintos momentos de la liturgia.
La presentación del candidato.
Tras la proclamación de la Palabra de Dios, el rector del Seminario Mayor Interdiocesano, José Antonio Castro Lodeiro, presentó solemnemente al candidato ante el arzobispo. Siguiendo el ritual establecido por la Iglesia, solicitó que Enrique Malvar Blanco fuera admitido al ministerio presbiteral después de haber completado el proceso de discernimiento y formación requerido para acceder al sacerdocio.
A partir de ese momento comenzó una celebración cargada de simbolismo litúrgico y espiritual que fue recorriendo cada uno de los momentos propios del rito de la ordenación.
Una llamada al servicio.
Durante su homilía, el arzobispo Mons. Francisco José Prieto situó la ordenación como un acontecimiento que trasciende la vida del propio candidato para convertirse en un motivo de alegría para toda la Iglesia.
«La ordenación de un presbítero es siempre un don para toda la Iglesia«, afirmó, recordando que este acontecimiento no representa únicamente el final de los años de formación en el seminario, sino la manifestación de la fidelidad de Dios, que continúa llamando hombres para servir a su pueblo.
El prelado destacó el profundo significado de que la celebración tuviera lugar en la Catedral compostelana, junto al sepulcro del Apóstol Santiago, un espacio que definió como «lugar de memoria y de misión«, donde diariamente llegan peregrinos con sus inquietudes, sus esperanzas y su búsqueda de Dios.
El perfil del sacerdote que necesita la Iglesia.
Gran parte de la homilía estuvo dedicada a describir el modelo de sacerdote que, en palabras del arzobispo, demanda la Iglesia en la actualidad.
Tomando como referencia las lecturas proclamadas durante la celebración, Mons. Francisco José Prieto señaló que el sacerdote debe transparentar el estilo de Cristo, caracterizado por la humildad, la cercanía y el servicio: «No se te concede un privilegio; se te confía una misión«.
El arzobispo destacó que la ordenación no coloca al sacerdote por encima del resto del pueblo de Dios, sino que lo sitúa sacramentalmente en medio de él para servir con mayor entrega.
En este sentido, recordó que el ministerio sacerdotal nunca puede entenderse como un espacio de poder, sino como una vocación orientada a la caridad pastoral y al acompañamiento de las personas.
Mons. Prieto animó al nuevo presbítero a permanecer siempre cerca de quienes atraviesan momentos de dificultad, de las familias, de los jóvenes, de los enfermos y de las personas mayores, así como de aquellos que se aproximan a la Iglesia desde la duda o después de años alejados de la fe: «No basta con ejercer un ministerio; hay que dejar que el ministerio transforme la propia vida».
La importancia de la comunión eclesial
Otro de los ejes de la homilía fue la llamada a vivir el sacerdocio desde la comunión con la Iglesia diocesana.
El arzobispo recordó a Enrique Malvar que, como sacerdote diocesano, su vocación está inseparablemente unida a la Archidiócesis de Santiago de Compostela, a sus parroquias, a sus comunidades y a los desafíos pastorales que afronta la Iglesia en el momento actual.
También le pidió que cultivara la fraternidad con el resto de sacerdotes y que mantuviera siempre una actitud de disponibilidad para asumir las tareas que la Iglesia le encomiende.
Asimismo, destacó la necesidad de sostener el ministerio sobre una intensa vida espiritual, afirmando que el sacerdote vive gracias a la acción del Espíritu Santo y no únicamente por sus capacidades personales.
Los compromisos sacerdotales
Concluida la homilía, Enrique Malvar Blanco expresó públicamente su voluntad de recibir el orden sacerdotal y manifestó su compromiso de ejercer el ministerio con humildad, fidelidad al Evangelio y obediencia a la Tradición de la Iglesia.
Posteriormente realizó las promesas propias del sacerdocio, entre ellas el compromiso del celibato y la obediencia al arzobispo y a sus sucesores.
Luego llegó con la letanía de los santos. Mientras toda la asamblea invocaba la intercesión de la Iglesia celestial, el candidato permaneció postrado en el suelo como signo de entrega absoluta a Dios y de disponibilidad para la misión que estaba a punto de recibir.
La imposición de manos y la oración de ordenación
El instante central de la celebración fue la imposición de manos. En primer lugar lo realizó el arzobispo mons. Francisco José Prieto Fernández y, a continuación, todos los sacerdotes presentes, expresando así la incorporación del nuevo presbítero al presbiterio diocesano y la continuidad del ministerio recibido desde los Apóstoles.
Seguidamente, el arzobispo pronunció la oración de ordenación, invocando solemnemente el don del Espíritu Santo sobre Enrique Malvar Blanco.
Tras la plegaria tuvo lugar la unción de sus manos con el santo crisma, mediante la cual quedaron consagradas para bendecir al pueblo de Dios, santificar mediante los sacramentos y presidir la celebración de la Eucaristía.
Como culminación del rito, recibió el cáliz y la patena, signos visibles de la misión que desde ahora desempeñará como sacerdote, especialmente en la celebración del sacrificio eucarístico.







