«Jesús no es un profeta New Age, es un Mesías bien definido, el gran Paciente del dolor humano»

“Para seguir fielmente a Jesús, pedimos la gracia de hacerlo no de palabra sino con los hechos, y de llevar nuestra cruz con paciencia, de no rechazarla, ni deshacerse de ella, sino que, mirándolo a Él, aceptémosla y llevémosla día a día”,
lo dijo el Papa Francisco en su homilía en la Misa del Domingo de
Ramos. La Plaza de San Pedro, magníficamente adornada para la ocasión
con numerosos olivos y flores, fue el marco en el que el Pontífice
presidió la procesión y la bendición de las Palmas y la celebración de
la Pasión del Señor, informa Radio Vaticano.

Ante miles de fieles y peregrinos procedentes de numerosos países, el Papa recordó en su homilía que, “esta celebración tiene como un doble sabor, dulce y amargo,
es alegre y dolorosa, porque en ella celebramos la entrada del Señor en
Jerusalén, aclamado por sus discípulos como rey, al mismo tiempo que se
proclama solemnemente el relato del Evangelio sobre su pasión”. Es por
ello, que nuestro corazón siente ese doloroso contraste y experimenta en cierta medida lo que Jesús sintió en su corazón en ese día, el día en que se regocijó con sus amigos y lloró sobre Jerusalén.

Así mismo, el Papa Francisco señaló que desde hace 32 años la dimensión
gozosa de este domingo se ha enriquecido con la fiesta de los jóvenes,
es decir, con la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ), que este año se
celebra en ámbito diocesano. De modo especial, este Domingo de Ramos, los jóvenes de Cracovia entregan la Cruz peregrina de las Jornadas Mundiales de la Juventud, a los jóvenes de Panamá, sede de la próxima JMJ en el 2019.

Comentando el Evangelio según San Mateo, que se proclamó antes de la
procesión, el Santo Padre dijo que, se hace hincapié en el entusiasmo de
los discípulos, que acompañan al Maestro con aclamaciones festivas.
“Pero este Jesús, que justamente según las Escrituras entra de esa
manera en la Ciudad Santa, no es un iluso que siembra falsas ilusiones, un profeta New Age, un vendedor de humo,
todo lo contrario: es un Mesías bien definido, con la fisonomía
concreta del siervo, el siervo de Dios y del hombre que va a la pasión;
es el gran Paciente del dolor humano”.

Hoy, dijo el Papa, nosotros festejamos a nuestro Rey, pensamos en el
sufrimiento que Él tendrá que sufrir en esta Semana. Pensamos en las
calumnias, los ultrajes, los engaños, las traiciones, el abandono, el
juicio inicuo, los golpes, los azotes, la corona de espinas, y en
definitiva al vía crucis, hasta la crucifixión. “Él nunca prometió
honores y triunfos, precisó el Pontífice, por ello, siempre advirtió a
sus amigos que el camino era ese, y que la victoria final pasaría a través de la pasión y de la cruz”.

Y lo mismo vale para nosotros, puntualizó el Papa, para seguir fielmente
a Jesús, pedimos la gracia de hacerlo no de palabra sino con los
hechos, y de llevar nuestra cruz con paciencia, de no
rechazarla, ni deshacerse de ella, sino que, mirándolo a Él, aceptémosla
y llevémosla día a día
. “Él está presente en muchos de
nuestros hermanos y hermanas que hoy sufren como Él, concluyó el Papa,
sufren a causa de un trabajo esclavo, sufren por los dramas familiares,
por las enfermedades, sufren a causa de la guerra y el terrorismo, por
culpa de los intereses que mueven las armas y dañan con ellas. No es otro Jesús: es el mismo que entró en Jerusalén en medio de un ondear de ramos de palmas y de olivos. Es el mismo que fue clavado en la cruz y murió entre dos malhechores. No tenemos otro Señor fuera de Él: Jesús, humilde Rey de justicia, de misericordia y de paz”.

Texto íntegro de la homilía del Papa

Esta celebración tiene como un doble sabor, dulce y amargo, es alegre y
dolorosa, porque en ella celebramos la entrada del Señor en Jerusalén,
aclamado por sus discípulos como rey, al mismo tiempo que se proclama
solemnemente el relato del evangelio sobre su pasión. Por eso nuestro
corazón siente ese doloroso contraste y experimenta en cierta medida lo
que Jesús sintió en su corazón en ese día, el día en que se regocijó con
sus amigos y lloró sobre Jerusalén.

Desde hace 32 años la dimensión gozosa de este domingo se ha enriquecido
con la fiesta de los jóvenes: La Jornada Mundial de la Juventud, que
este año se celebra en ámbito diocesano, pero que en esta plaza vivirá
dentro de poco un momento intenso, de horizontes abiertos, cuando los
jóvenes de Cracovia entreguen la Cruz a los jóvenes de Panamá.

El Evangelio que se ha proclamado antes de la procesión (cf. Mt 21,1-11)
describe a Jesús bajando del monte de los Olivos montado en una
borrica, que nadie había montado nunca; se hace hincapié en el
entusiasmo de los discípulos, que acompañan al Maestro con aclamaciones
festivas; y podemos imaginarnos con razón cómo los muchachos y jóvenes
de la ciudad se dejaron contagiar de este ambiente, uniéndose al cortejo
con sus gritos. Jesús mismo ve en esta alegre bienvenida una fuerza
irresistible querida por Dios, y a los fariseos escandalizados les
responde: «Os digo que, si estos callan, gritarán las piedras»
(Lc19,40).

Pero este Jesús, que justamente según las Escrituras entra de esa manera
en la Ciudad Santa, no es un iluso que siembra falsas ilusiones, un
profeta «new age», un vendedor de humo, todo lo contrario: es un Mesías
bien definido, con la fisonomía concreta del siervo, el siervo de Dios y
del hombre que va a la pasión; es el gran Paciente del dolor humano.

Así, al mismo tiempo que también nosotros festejamos a nuestro Rey,
pensamos en el sufrimiento que él tendrá que sufrir en esta Semana.
Pensamos en las calumnias, los ultrajes, los engaños, las traiciones, el
abandono, el juicio inicuo, los golpes, los azotes, la corona de
espinas… y en definitiva al via crucis, hasta la crucifixión.

Él lo dijo claramente a sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos
de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga» (Mt 16,24). Él
nunca prometió honores y triunfos. Los Evangelios son muy claros.
Siempre advirtió a sus amigos que el camino era ese, y que la victoria
final pasaría a través de la pasión y de la cruz. Y lo mismo vale para
nosotros. Para seguir fielmente a Jesús, pedimos la gracia de hacerlo no
de palabra sino con los hechos, y de llevar nuestra cruz con paciencia,
de no rechazarla, ni deshacerse de ella, sino que, mirándolo a él,
aceptémosla y llevémosla día a día.

Y este Jesús, que acepta que lo aclamen aun sabiendo que le espera el
«crucifige», no nos pide que lo contemplemos sólo en los cuadros o en
las fotografías, o incluso en los vídeos que circulan por la red. No. Él
está presente en muchos de nuestros hermanos y hermanas que hoy, hoy
sufren como él, sufren a causa de un trabajo esclavo, sufren por los
dramas familiares, por las enfermedades… Sufren a causa de la guerra y
el terrorismo, por culpa de los intereses que mueven las armas y dañan
con ellas. Hombres y mujeres engañados, pisoteados en su dignidad,
descartados…. Jesús está en ellos, en cada uno de ellos, y con ese
rostro desfigurado, con esa voz rota pide que se le mire, que se le
reconozca, que se le ame.

No es otro Jesús: es el mismo que entró en Jerusalén en medio de un
ondear de ramos de palmas y de olivos. Es el mismo que fue clavado en la
cruz y murió entre dos malhechores. No tenemos otro Señor fuera de él:
Jesús, humilde Rey de justicia, de misericordia y de paz.

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