Intervención del arzobispo de Santiago en el acto de apertura del Encuentro de Empresarios Católicos

“Buenos días y bienvenidos a este Encuentro de Empresarios Católicos en este Año Jubilar 2021-2022”. Nuestra sociedad en este escenario de crisis antropológica, social y económica en el que nos movemos, da la impresión de que cuando teníamos preparadas las respuestas, de pronto nos han cambiado las preguntas. En este supuesto, tratamos de percibir lo invisible observando lo visible. Dialogar con empresarios católicos y toda persona de buena voluntad sobre los problemas que afectan al ejercicio de tan importante función social como es el compromiso empresarial parecía conveniente.

En el último Congreso Internacional de Empresarios Cristianos, celebrado en Lisboa en 2018, el Papa Francisco se dirigió a los asistentes diciéndoles: “El contexto actual de globalización de la actividad económica y el intercambio, ha afectado profundamente las perspectivas, los objetivos y las formas de hacer negocios. Su decisión de reflexionar sobre la vocación y misión de los líderes económicos y empresariales es, por tanto, más esencial y necesaria que nunca”. “Con el ritmo de vida y de trabajo más acelerado, las metas de este cambio rápido y constante no necesariamente están orientadas al bien común ni al desarrollo humano integral y sostenible, y pueden incluso causar daño al mundo y a la calidad de vida de gran parte de la humanidad”. Estamos afrontando cambios complejos en los que la fidelidad a la vocación y misión empresarial “exige mantener un delicado equilibrio entre abrazar la innovación y una producción cada vez más competitiva y al mismo tiempo ver el progreso dentro del horizonte mayor del bien común, la dignidad humana y un uso justo de los recursos naturales confiados a nuestro cuidado”. Para afrontar este reto, es oportuno traer a la memoria “los principios rectores presentes en el Evangelio y la enseñanza social de la Iglesia”. Este es el espíritu que nos anima en este encuentro.

En medio de los augurios no halagüeños de la actualidad es necesario seguir afirmando la grandeza de la vida, poniendo la economía al servicio de las personas y de la sociedad con un espíritu creativo y esperanzado, como economía de propuesta y de propósito. La ciudadanía espera que el sector privado sea capaz de responder a sus expectativas desde la empatía, el propósito y la creación del valor compartido posibilitando una economía más inclusiva, sostenible y resilente. Lo que una persona es se deduce o se esclarece a la luz de aquella realidad ante la que vive y para la que vive. En estos momentos redescubrir la humanidad que late en cada persona y la madurez serena del don de la vida, es fundamental, siendo conscientes de que nuestras acciones son las de un ser que resuena en el conjunto de lo que existe, superando la idea de vivir la ilusión de la libertad sin responsabilidad. Más allá de la lamentación hemos de considerar las posibilidades, sabiendo que la rutina deriva en crisis porque el inmovilismo es insostenible. Vivir en la historia no es someterse a la cultura dominante y aceptar resignadamente lo que se nos da, sino tener la capacidad de interpelarla y de tomar posición ante ella.

La crisis de las ideologías en siglo XX ha dejado emerger una corriente nueva que busca fundar los comportamientos humanos sobre un sistema de valores reconocidos y aceptados por la mayoría. La emergencia de la ética marca el fin del optimismo racionalista y la pérdida de una confianza ciega en el progreso científico y técnico, orientando nuestro espíritu en dos direcciones: la fidelidad y la creatividad. Evidentemente la ética ayuda a jerarquizar los valores y educa en el discernimiento para la acción, buscando una sociedad habitable en la que se han de garantizar las libertades pero también las solidaridades. El cristianismo propone un sistema de valores para guiar comportamientos y orientar decisiones, fundando así la responsabilidad moral y recordando que la Iglesia recibe de la Revelación divina el sentido del hombre, realidad sagrada e inviolable. En esta perspectiva enumero estos principios para la construcción de una sociedad solidaria, justa y esperanzada: “La existencia es don y tarea para el hombre. No se puede destruir ni agotar la realidad”. “El prójimo es aquel de quien cada uno es responsable. No se puede construir lo propio sin velar por el prójimo”. La existencia es pro-existencia, individual y colectiva. No se gana la vida si no es poniéndola al servicio de los demás”. “El derecho y la ley son necesarios mientras el hombre está bajo el mal. No se puede legislar sin moralidad ni derecho, ni se puede violar la ley y derecho comunes”. “Es necesaria una pedagogía del reconocimiento y aceptación del prójimo diferente. La acción moral debe ir unida a la reflexión moral”. Principios estos que nos orientan en el laberinto en el que a veces moral, social y culturalmente nos encontramos. “Vivir muy de prisa es no vivir, es sobrevivir. Estamos sufriendo la enfermedad del tiempo: de que el tiempo se aleja y debemos pedalear cada vez más rápido. Es una forma de esquivar las preguntas importantes… Viajamos siempre por el carril rápido, cargados de emociones, de estímulos, y eso hace que no tengamos nunca el tiempo y la tranquilidad que necesitamos para reflexionar y preguntarnos qué es lo realmente importante” (Carl Honoré, Elogio de la lentitud). Estoy seguro de que esta Jornada nos ayudará a ver lo importante.

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