Id a mi viña

Mateo 20,1-16

La parábola de los obreros enviados a trabajar en la viña en horas
diferentes, que reciben todos la misma paga de un denario, ha plantado
siempre problemas a los lectores del Evangelio. ¿Es aceptable el modo de
actuar del propietario? ¿No viola el principio de la recompensa justa?
Los sindicatos se sublevarían al unísono si alguien actuara como ese
propietario.

La dificultad nace de un equívoco. Se considera el problema de la
recompensa en abstracto, o bien en referencia a la recompensa eterna.
Visto así, el tema contradiría en efecto el principio según el cual Dios
«dará a cada cual según sus obras» (Rm 2,6). Pero Jesús se refiere aquí
a una situación concreta. El único denario que se da a todos es el
Reino de los Cielos que Jesús ha traído a la tierra; es la posibilidad
de entrar a formar parte de la salvación mesiánica. La parábola
comienza: «El Reino de los Cielos es semejante a un propietario que
salió a primera hora de la mañana…». Es el Reino de los Cielos por lo
tanto el tema central y el fondo de la parábola. El problema es, una vez
más, el de la postura de judíos y paganos, o de justos y pecadores,
frente a la salvación anunciada por Jesús. Si bien los paganos
(respectivamente los pecadores, los publicanos, las prostitutas, etc.)
sólo ante la predicación de Jesús se decidieron por Dios, mientras que
antes estaban lejanos («ociosos»), no por esto ocuparán en el Reino una
posición de segunda clase. También ellos se sentarán en la misma mesa y
gozarán de la plenitud de los bienes mesiánicos. 




Más aún, puesto que los paganos se muestran más dispuestos a acoger el
Evangelio que los llamados «justos» (los fariseos y los escribas), se
realiza aquello que Jesús dice como conclusión de la parábola: «Los
últimos serán primeros y los primeros, últimos». Una vez conocido el
Reino, esto es, una vez abrazada la fe, entonces sí que hay lugar para
las diferenciaciones. No es idéntica la suerte de quien sirve a Dios
toda la vida, haciendo rendir al máximo sus talentos, respecto a quien
da a Dios sólo las sobras de la vida, con una confesión reparadora, en
cierto modo, en el último momento. 




Aclarado este punto central, es legítimo sacar a la luz las otras
enseñanzas de la parábola. Una es que Dios llama a todos y a todas
horas. ¡Existe una llamada universal a la viña del Señor! Se trata, en
resumen, del problema de la llamada más que del de la recompensa. Este
es el modo en que nuestra parábola es utilizada en la exhortación de
Juan Pablo II «sobre vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en
el mundo» (Christifideles laici): «Los fieles laicos pertenecen
a aquel Pueblo de Dios representado en los obreros de la viña… «Id
también vosotros a mi viña»» (n. 1-2).




La parábola evoca también el problema del desempleo. «¡Nadie nos ha
contratado!»: esta respuesta desconsolada de los obreros de la última
hora podrían hacerla propia millones de desempleados. Todos sabemos lo
que significa estar desempleado para quien tiene familia o para un joven
que quiere casarse y no puede porque falta trabajo y con él la mínima
garantía de poder mantener dignamente a la familia. Si falta trabajo
para muchos, uno de los motivos (no el único, no el principal, pero
ciertamente relevante) es que algunos tienen demasiado. Acumulando
diferentes trabajos, todos, en modo distinto, retribuidos. 




Otra enseñanza se puede sacar de la parábola. Aquel propietario sabe que
los obreros de la última hora tienen las mismas necesidades que los
demás, tienen también sus niños que alimentar, como los de la primera
hora. Dando a todos la misma paga, el propietario muestra no tener en
cuenta tanto el mérito como la necesidad. Muestra ser no sólo justo,
sino también «bueno», generoso, humano. 

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