Ha mirado la humildad de su sierva

Miqueas 5, 2-5;
Hebreos 10, 5-10;
Lucas 1, 39-48a
El
último domingo de Adviento es el que debe preparar inmediatamente a la
Navidad. Las compras ya deberían estar hechas, y tal vez estamos un poco
más disponibles para pensar también en el sentido religioso de la
fiesta. El Evangelio es el de la Visitación de María a Isabel, que
finaliza con el Magnificat: «Proclama mi alma la grandeza del Señor y se
alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador, porque ha mirado la humildad
de su sierva»

Con el Magnificat, María nos ayuda a captar un
aspecto importante del misterio navideño sobre el que desearía insistir:
la Navidad como fiesta de los humildes y como rescate de los pobres.
Dice: «Ha derribado del trono a los poderosos y ha enaltecido a los
humildes; a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los
despide vacíos». En el mundo de hoy se van perfilando dos nuevas clases
sociales, que ya no son las mismas que se consideraban en el pasado,
esto es, propietarios y proletarios. Son más bien, por un lado, la
sociedad cosmopolita que sabe inglés, que se mueve a sus anchas por los
aeropuertos del mundo, que sabe utilizar el ordenador y «navega» por
Internet; para la cual la tierra es ya «la aldea global»; por otro, la
gran masa de aquellos que apenas han salido de su pueblo natal y tienen
un acceso limitado o sólo indirecto a los grandes medios de comunicación
social. Hoy son estos, respectivamente, los nuevos «poderosos» y los
nuevos «humildes».

 
María nos ayuda a volver a poner las cosas
en su sitio y a no dejarnos engañar. Nos dice que frecuentemente los
valores más profundos se esconden entre los humildes; que los
acontecimientos que más inciden en la historia (como el nacimiento de
Jesús) suceden en medio de ellos, no sobre los grandes escenarios del
mundo. Belén era «la aldea más pequeña de Judá», dice la primera lectura
del día; sin embargo, fue en ella en la que nació el Mesías. Grandes
escritores, como Manzoni y Dostoiewski, han inmortalizado en sus obras
los valores y las historias de la «gente pobre».

 
La «opción
preferencial» de los pobres es algo que hizo Dios mucho antes del
Concilio Vaticano II. La Escritura dice que «el Señor es excelso, pero
se fija en el humilde» (Sal 138, 6); que «resiste a los soberbios, pero
concede su favor a los humildes» (1 P 5, 5). A lo largo de toda la
revelación se nos muestra como un Dios que se inclina sobre los pobres,
los afligidos, los abandonados y aquellos que no son nada a los ojos del
mundo. Todo esto contiene una lección actualísima. Nuestra tentación,
en efecto, es la de hacer exactamente lo contrario de lo que hizo Dios:
querer mirar a quien está arriba, no a quien está abajo; a quien le va
bien, no a quien se encuentra en necesidad.

 
No podemos
contentarnos con recordar que Dios orienta su mirada hacia los humildes.
Debemos hacernos nosotros mismos pequeños, humildes, al menos de
corazón. La Basílica de la Natividad en Belén sólo tiene una puerta de
entrada, y es tan baja que no se puede pasar por ella más que
inclinándose profundamente. Hay quien dice que fue construida así para
impedir que los beduinos entraran a grupa de sus camellos. Pero la
explicación que siempre se ha dado (y que contiene, en cualquier caso,
una profunda verdad espiritual) es otra. Esa puerta debía recordar a los
peregrinos que para penetrar en el significado profundo de la Navidad
hay que abajarse y hacerse pequeños.

 
En los próximos días oiremos cantar muchas veces la antigua melodía Tu scendi dalle stelle, o re del cielo...
[popular italiano compuesto por San Alfonso María de Ligorio:
«Desciendes de las estrellas, oh rey del cielo». Ndt.]. Y si Dios
descendió «de las estrellas», ¿no deberíamos nosotros bajar de nuestros
pequeños pedestales de superioridad y de dominio, para vivir como
hermanos reconciliados entre nosotros? También tenemos que bajar de
nuestros «camellos» para entrar en la gruta de Belén…

Raniero Cantalamessa

ReligiónenLibertad