El Papa Francisco ha recibido este lunes al Patriarca greco-ortodoxo de Jerusalén, Teófilo III, pastor de los cristianos greco-ortodoxos de Israel, Palestina y Jordania, que son unos 500.000.
Su título oficial, según la Iglesia Ortodoxa Griega, es: «Su Beatitud,
el Piadosísimo Patriarca de la Ciudad Santa de Jerusalén y toda
Palestina, Siria, Arabia, más allá del río Jordán, Caná de Galilea y la
Santa Sión».
El Papa Francisco lo ha recibido con un discurso en contra de todas las
manifestaciones de intolerancia “contra las personas o lugares de culto
judíos, cristianos y musulmanes”. También ha alabado la
colaboración entre los greco-católicos y la Custodia Franciscana de
Tierra Santa en la reparación del Santo Sepulcro.
El Papa también ha querido recordar el mandato de unidad de Jesucristo.
“Que todos sean uno… para que el mundo crea”, el Papa ha recordado esta
cita del Evangelio de Juan, con la que ha querido “reiterar el deseo
sincero y el compromiso” de avanzar en el camino hacia la plena unidad
entre nosotros, ha indicado.
El Patriarca Teófilo III estaba acompañado por el arzobispo Aristarchos, Jefe de la Secretaría del Patriarcado de Jerusalén (www.jerusalem-patriarchate.info)
y por el arcediano Markos y los laicos Rami Moghrabi y Nader Elias
Moghrabi. Después, Teófilo III ha encontrado al cardenal Pietro Parolin,
Secretario de Estado, y a Paul Gallagher, Secretario para las
Relaciones con los Estados.
A continuación, el Patriarca y su delegación han tenido un coloquio con
el cardenal Kurt Koch, Presidente del Consejo Pontificio para la
Promoción de la Unidad de los Cristianos, y con el cardenal Jean-Louis
Tauran, Presidente del Consejo Pontificio para el Diálogo
Interreligioso.
Este fue el discurso pronunciado por el Santo Padre durante la audiencia:
Discurso del Santo Padre a Teófilo III
Beatitud,
Queridos hermanos,
Con gran alegría le doy la bienvenida a Roma. Tengo el placer de
corresponder con gratitud y afecto fraterno a la calurosa acogida que Su
Beatitud me ofreció durante mi visita a Jerusalén. Guardo vivo en la
memoria la cortés atención con que me acompañó junto con el Patriarca
Ecuménico Bartolomé a la basílica que alberga los lugares donde el Señor
fue crucificado y sepultado y donde resucitó. Recuerdo con emoción la
parada de oración en el Edículo del sepulcro vacío.
En este sentido renuevo mi agradecimiento por la restauración de este
lugar santísimo: no se trata simplemente de salvaguardar la integridad
de un monumento del pasado, sino que también se ha trabajado para que
siga resonando en el futuro el testimonio que proviene de ese sepulcro
vacío. “Ha resucitado, no está aquí. Ved el lugar donde le pusieron” (Mc
16,6).
Celebro el hecho de que el Patriarcado Ortodoxo Griego de Jerusalén, el
Patriarcado Armenio de Jerusalén y la Custodia Franciscana de Tierra
Santa hayan trabajado juntos con óptimo entendimiento, así como en la
basílica de la Natividad en Belén, para lograr este hito, y agradezco
vivamente el esfuerzo de Su Beatitud.
Este encuentro me ofrece la oportunidad de expresar una vez más mi
cercanía a todos aquellos que sufren por los conflictos que azotan desde
hace décadas la Tierra Santa. La incertidumbre de la situación y la
falta de entendimiento entre las partes siguen causando inseguridad,
restricción de los derechos fundamentales y abandono de la propia tierra
por parte de muchos. Por eso invoco la ayuda de Dios y pido a todos los
sujetos involucrados que redoblen sus esfuerzos para crear las
condiciones de una paz estable basada en la justicia y el reconocimiento
de los derechos de todos.
Con este fin, se debe rechazar con firmeza el recurso a cualquier tipo
de violencia, a cualquier tipo de discriminación y a todas las
manifestaciones de intolerancia contra las personas o lugares de culto
judíos, cristianos y musulmanes. La Ciudad Santa, cuyo ‘status quo’ debe
ser defendido y preservado, debería ser un lugar donde todos pudieran
vivir juntos pacíficamente; de lo contrario, la espiral del sufrimiento
continuará para todos y sin fin.
Deseo dirigir una palabra especial a todos los miembros de las diversas
comunidades cristianas de Tierra Santa. Espero que siempre sean
reconocidos como parte integrante de la sociedad y que, como ciudadanos y
creyentes de pleno derecho, sean incansables en su contribución al bien
común y a la construcción de la paz, comprometiéndose a ser artífices
de la reconciliación y la armonía. Esta contribución será más eficaz en
la medida en que se logre una sintonía cada vez mayor entre las
diferentes Iglesias de la región. Sería particularmente importante una
cooperación creciente para sostener a las familias y a los jóvenes
cristianos de modo que no se vean obligados a tener que dejar su tierra.
Trabajando juntos en este ámbito tan delicado, los fieles de varias
confesiones también podrán conocerse mejor y desarrollar relaciones cada
vez más fraternales.
Por lo tanto, en obediencia a la sentida oración de Jesús por los suyos
en el Cenáculo: “Que todos sean uno… para que el mundo crea” (Jn 17,21),
quiero reiterar el deseo sincero y el compromiso de avanzar en el
camino hacia la plena unidad entre nosotros. Sé que algunas de las
heridas del pasado siguen dejando señales en la memoria de tantos. No se
puede cambiar la historia, pero sin olvidar las graves carencias de
caridad durante siglos, volvamos juntos los ojos a un futuro de
reconciliación plena y de comunión fraterna y esforcémonos ahora, como
quiere el Señor.
No hacerlo sería la culpa más grave de hoy, sería no tener en cuenta la
urgente invitación de Cristo y los signos de los tiempos que el Espíritu
siembra en el camino de la Iglesia. Animados por el mismo Espíritu, no
dejemos que los recuerdos de épocas caracterizadas por el silencio
recíproco o el intercambio mutuo de acusaciones, las dificultades del
presente y un futuro incierto nos impidan caminar juntos hacia la unidad
visible, rezar juntos y trabajar juntos para anunciar el Evangelio y
servir a los necesitados. También el diálogo teológico entre católicos y
ortodoxos, que continúa, y en el que el Patriarcado greco ortodoxo de
Jerusalén participa activa y constructivamente es, en este sentido, un
signo de esperanza, que nos conforta a lo largo del camino. Qué hermoso
sería decir de los católicos y los ortodoxos que viven en Jerusalén lo
que el Evangelista Lucas dijo de la primera comunidad cristiana: “Todos
los creyentes vivían unidos […] un solo corazón y una sola alma” (Hechos
2:44; 4 , 32).
Beatitud, gracias de corazón por su visita y la de los distinguidos
miembros de su séquito. Deseo reafirmar mi cercanía a los hermanos
cristianos en Tierra Santa y mi afecto por los amigos de las otras
grandes religiones de la región, esperando y rezando para que llegue
pronto para todos el día de una paz estable y duradera. “Pedid la paz
para Jerusalén: en calma estén tus tiendas […] por amor de mis hermanos y
de mis amigos quiero decir: “¡La paz sea contigo!”(Sal 122, 6-8).
Por eso me gustaría que rezásemos juntos con las palabras del Padre nuestro. Padre Nuestro…
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