El Santo Nombre de Jesús

La Fiesta del Santo Nombre de Jesús, instituida en el siglo XV por los obispos del Sacro Imperio Romano Germánico, se celebra, con algunas variaciones, durante los primeros días de enero. Desafortunadamente, se ha ido perdiendo esta preciosa devoción, que ensalza el nombre que es sobre todo nombre: Jesús (Salvador). Nombre revelado por Dios mismo, a través del Arcángel Gabriel, a la Santísima Virgen María: “He aquí que concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús” (Lc 1, 31).

También a José le es revelado por un ángel del Señor, durante su sueño, el nombre que deberá dar al Niño nacido de la Virgen: “Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de los pecados” (Mt 1, 21).

Jesús “se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Dios Padre le exaltó y le dio el nombre que es sobre todo nombre, para que toda rodilla en el cielo, en la tierra y debajo de la tierra se doble en el nombre de Jesús, y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre” (Flp 2, 8-11). De ahí que Jesucristo les concediese a sus discípulos hacer prodigios en su nombre, pues como San Pedro, lleno del Espíritu Santo lo expresa, “ningún otro puede salvar; pues debajo del cielo no hay otro nombre dado a los hombres, por medio del cual podemos salvarnos” (Hch 4, 12).

La veneración al Santísimo Nombre de Jesús se remonta a la Edad Media. Fue durante el Concilio de Lyon (1274) que el Papa Gregorio X dictó una bula a fin de fomentar la reverencia al Nombre que está por encima de todos los nombres. De ahí la piadosa costumbre de inclinar la cabeza ante la mención del nombre de Jesús. Además, se les asignó a los dominicos y a los franciscanos la custodia y propagación de dicha devoción por toda Europa, la cual tuvo entre sus más devotos promotores a San Bernardino de Siena (1380-1444).

Este franciscano, en sus misiones por Italia, solía llevar una tablilla que mostraba la Eucaristía rodeada de rayos, y con las tres primeras letras griegas del nombre de Jesús, IHS (Ihsous) inscrito sobre ella. Al finalizar sus sermones bendecía a los fieles con el emblema, con el cual, además, obró varios milagros. Actualmente, la tabla usada por San Bernardino es venerada en Santa María en Aracoeli en Roma. Más tarde, alrededor del año 1530, el Papa Clemente VII concedió por primera vez a la Orden Franciscana la autorización para la celebración del Oficio del Santísimo Nombre de Jesús, cuyo monograma IHS también se identifica con la abreviatura latina de la frase: Iesus Hominum Salvator [Jesús, Salvador de los hombres].

San Ignacio de Loyola adoptó dicho monograma como el símbolo de la Compañía de Jesús, la cual, fundada en 1534 ha sido “insigne por el nombre de Jesús”, el cual, como afirmaron los primeros jesuitas, “es nombre más hermoso que el amanecer y la luz” y por el cual “nosotros, los jesuitas, debemos estar listos para dar nuestra sangre”.

Unas décadas más tarde, en 1587, el Papa Sixto V promovió la jaculatoria ¡Alabado sea Jesucristo! ¡Ahora y por siempre! Tanto el mencionado Papa como Benedicto XIII concedieron una indulgencia de cincuenta días para todo aquél que pronuncia el Nombre de Jesús reverentemente e indulgencia plenaria al pronunciarlo en el momento de la muerte. En 1721 Inocencio XIII determinó que la fiesta se extendiese a toda la Iglesia a fin de celebrar la santidad, el poder y la dulzura del nombre de Jesús y despertar con ello la devoción y reverencia en el alma cristiana ante el poder de este nombre, ante el cual se arrodilla todo ser en los cielos, en la tierra y aun en los infiernos.

Desafortunadamente, no solo hemos perdido el acto piadoso de hacer una reverente inclinación de cabeza ante el nombre de Jesús, sino también el respeto debido a este Santo Nombre, el cual es utilizado, aun por muchos católicos, como si fuese una especie de muletilla. Ni que decir de las blasfemias y sacrilegios actualmente tan comunes. Como exclama San Bernardo: “¡Oh, Jesús! ¡Cuánto te ha costado ser Jesús!”

Pensemos, cada vez que repitamos el Santo Nombre de Jesús, en el altísimo precio con el cual nos rescató de la muerte eterna. Además, este Dulce Nombre es sumamente poderoso. Cuando es invocado con fe y humildad, brinda ayuda en las necesidades corporales, da consuelo en las pruebas espirituales y nos obtiene gracias, favores y bendiciones, pues Cristo dijo: “Lo que pidan al Padre en mi nombre se los dará” (Jn 16, 23). De ahí que la Iglesia concluya sus oraciones con las palabras: “Por Jesucristo Nuestro Señor.”

Alabémosle, bendigámosle y promovamos con nuestro ejemplo la veneración ferviente al Santo Nombre de Jesús, nombre que, como afirma San Bernardo de Claraval “es miel para los labios, canción para el oído y alegría para el corazón”.

Celebremos el Santísimo Nombre de Jesús, que, como afirma San Bernardino de Siena: “Es el santísimo nombre anhelado por los patriarcas, esperado con ansiedad, demandado con gemidos, invocado con suspiros, requerido con lágrimas, donado al llegar la plenitud de la gracia”.

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