El Papa recuerda en el Ángelus que la salvación viene de Jesús y que «no es merecida, sino donada»

El
Papa Francisco introdujo el rezo a la Madre de Dios de este domingo con
las palabras de Jesús en la parábola de los obreros de la viña, que
leemos en el Evangelio según San Mateo (20,1-16): el Señor nos “quiere
comunicar dos aspectos del Reino de Dios: el primero, que Dios quiere
llamar a todos a trabajar para su Reino; el segundo, que al final quiere
dar a todos la misma recompensa, es decir la salvación, la vida
eterna”.

 


Poniendo en guardia contra la envidia de algunos ante la generosidad de Dios, explica Radio Vaticana, el Obispo de Roma hizo hincapié en que, por suerte, la recompensa proviene de la justicia divina y no de la humana: “Es decir, la salvación que Jesucristo nos ha comprado con su muerte y resurrección. Una salvación que no es merecida, sino donada, por lo que los últimos serán los primeros y los primeros, los últimos”.




Tras reiterar que “con esta parábola, Jesús quiere abrir nuestros
corazones a la lógica del amor del Padre, que es gratuito y generoso” y
que “se trata de dejarse asombrar y fascinar por los ‘planes’ y
‘caminos’ de Dios, que como recuerda el profeta Isaías, no son nuestros
planes y no son nuestros caminos (cfr Is 55,8)”, el Papa recordó
que los planes humanos están marcados a menudo por egoísmos y
conveniencias personales y que nuestros estrechos y tortuosos senderos
no son comparables a los amplios y rectos caminos del Señor
.




Él usa misericordia, perdona ampliamente, está lleno de generosidad y de
bondad que derrama sobre cada uno de nosotros, abre a todos los
territorios sin límites de su amor y de su gracia, que solamente pueden
dar al corazón humano la plenitud de la alegría”.




Texto completo de las palabras del Papa antes del rezo del Ángelus:




Queridos hermanos y hermanas




En la página evangélica de hoy (cfr Mt 20,1-26) encontramos la parábola
de los trabajadores llamados para la jornada, que Jesús cuenta para
comunicar dos aspectos del Reino de Dios: el primero, que Dios quiere
llamar a todos a trabajar para su Reino; el segundo, que al final quiere
dar a todos la misma recompensa, es decir la salvación, la vida eterna.




El dueño de una viña, que representa a Dios, sale de madrugada y
contrata a un grupo de trabajadores, concordando con ellos el salario de
un denario por la jornada, era un salario justo. Luego, sale también en
las horas sucesivas, hasta el atardecer – cinco veces sale ese día –
para asumir a otros obreros que ve desocupados. Al terminar la jornada,
el dueño ordena que se dé un denario a todos, también a los que han
trabajado menos. El dueño, sin embargo, les recuerda que han recibido lo
que se había pactado; si, después, Él quiere ser generoso con otros,
ellos no tienen que ser envidiosos.




En realidad esta ‘injusticia’ del dueño sirve a provocar, en el que
escucha la parábola, un salto de nivel, porque aquí ¡Jesús no quiere
hablar del problema del trabajo y de salario justo, sino del Reino de
Dios! Y el mensaje es éste: en el Reino de Dios no hay desocupados,
todos están llamados a hacer su parte; y para todos, al final, habrá la
recompensa que viene de la justicia divina – ¡no humana, por suerte para
nosotros! -. Es decir, la salvación que Jesucristo nos ha comprado con
su muerte y resurrección. Una salvación que no es merecida, sino donada –
la salvación es gratuita – por lo que ‘los últimos serán los primeros y
los primeros, los últimos’ (Mt 20,16).




Con esta parábola, Jesús quiere abrir nuestros corazones a la lógica del
amor del Padre, que es gratuito y generoso. Se trata de dejarse
asombrar y fascinar por los ‘planes’ y ‘caminos’ de Dios, que como
recuerda el profeta Isaías, no son nuestros planes y no son nuestros
caminos (cfr Is 55,8). Los planes humanos están marcados a menudo por
egoísmos y conveniencias personales y nuestros estrechos y tortuosos
senderos no son comparables a los amplios y rectos caminos del Señor. Él
usa misericordia – no olvidar esto: Él usa misericordia – perdona
ampliamente, está lleno de generosidad y de bondad que derrama sobre
cada uno de nosotros, abre a todos los territorios sin límites de su
amor y de su gracia, que solamente pueden dar al corazón humano la
plenitud de la alegría.




Jesús quiere hacernos contemplar la mirada de ese dueño: la mirada con
la cual ve a cada uno de los overos en espera de trabajo, y los llama
para que vayan a su viña. Es una mirada llena de atención, de
benevolencia; es una mirada que llama, que invita a levantarse, a
ponernos en camino, porque quiere la vida para cada uno de nosotros,
quiere una vida plena, comprometida, salvada del vacío y de la inercia.
Dios que no excluye a nadie y quiere que cada uno alcance su plenitud.
Éste es el amor de nuestro Dios, de nuestro Dios que es Padre.




Que María Santísima nos ayude a acoger en nuestra vida la lógica del
amor, que nos libera de la presunción de merecer la recompensa de Dios y
del juicio negativo sobre los demás.

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