El milagro por el que Pablo VI será santo salvó una vida no nacida y rescató a su madre de la culpa

Todo comienza con una cuna y un test prenatal invasivo que causa la rotura de la membrana. Después, los cuidados, inútiles, y la tentación del aborto: para la pequeña no había esperanza. Hasta que Vanna Pinorato y Alberto Tagliaferro se arrodillan ante la estatua de Montini,
del que nunca habían oído hablar… «Ésta es nuestra historia de
salvación y conversión, en la que todas las piezas han sido movidas por
hilos invisibles», explica Vanna, la madre de la pequeña Amanda, a Andrea Zambrano en La Nuova Bussola Quotidiana:

 

Se llama Amanda, que en latín significa «la que debe ser amada/digna de amor».
Así, con ese gerundivo que, en la gramática latina, indica un deber de
necesidad. De hecho, Amanda, según la mentalidad común que excluye a los
más pequeños entre los pequeños como obstáculos a la realización de los
nuevos derechos, no debía ser amada. En cambio, para alguien en el
Cielo y para sus padres, Vanna y Alberto, amar a Amanda se ha convertido en un deber moral, contra todo y contra todos: la ciencia, las conveniencias, los miedos.

Hoy, Amanda es una niña de tres años que rebosa salud y que aún no sabe que su vida es el reflejo de un milagro
que la Iglesia ha verificado con la autoridad de un reconocimiento
papal. Porque ha sido la intercesión, desde el Cielo, de un futuro
santo, el beato Pablo VI, lo que ha hecho que ella pueda vivir aquí, en
la tierra.

A Pablo VI, entonces simple candidato a los altares, se dirigen en 2014
Vanna y Alberto, de Villa Bartolomea, en la provincia de Verona,
cuando la pequeña, en el vientre de su madre, no tenía esperanza de
vivir. Cuando estaba en la semana 13 de embarazo a Vanna se le rompieron
las membranas que envuelven el líquido amniótico y la supervivencia de la pequeña era una vana ilusión. En cambio…

Alberto y Vanna, en su cuadragésimo cumpleaños, con su hijo mayor y la pequeña Amanda.

En cambio, Amanda vive, está sana como una manzana y en las fotografías
sopla las velas del pastel de su madre. Su caso es el que ha sido
estudiado por la Congregación para las Causas de los Santos que ha
afirmado, ante el orbe católico, que el Papa Pablo VI, el Papa que
clausuró el Concilio Vaticano II, el Papa de la contestada encíclica Humanae Vitae,
es santo. ¿Una broma del destino? Lo que llevará a Giovanni Battista
Montini a los altares será un milagro vinculado a una vida que no tenía
que nacer, una vida que rescata las innumerables existencias que
son descartadas hoy con el aborto voluntario y que no llegan a formarse
a causa de la anticoncepción
. Precisamente él, que con la Humanae Vitae afirmó el carácter sagrado de la vida desde la concepción.

El teléfono del hogar de la familia Tagliaferro echa
chispas. El Papa Francisco ha firmado el día anterior el decreto sobre
el milagro, en el que se afirma solemnemente y con el lenguaje áulico de
las grandes ocasiones que el nacimiento de Amanda constat de supernaturalitate («consta
la sobrenaturalidad»): «Es la cuarta petición de entrevista de un
periodista -dice Vanna, mientras le da vueltas al ragù, que corre el
riesgo continuo de quemarse-. Lo único que puedo hacer es contar mi
historia». He aquí su historia, que la madre relata a La Nuova Bussola Quotidiana sin esconder el dolor, las dudas y las esperanzas
de esos días en los que el Cielo se acercó tanto a la tierra que hizo
que un embarazo, destinado a una clara interrupción prosiguiera hasta la
semana 26.

-Vanna, se han mantenido
fieles a la promesa de no contar lo que había sucedido hasta que la
Iglesia no asumiera la tarea de verificar el milagro. El momento ya ha
llegado.

-Sí, estamos emocionados y agradecidos. Es algo indescriptible y demasiado grande para nosotros.

-¿Cómo se ha llegado a conocer la historia de Amanda?

-Gracias al periódico L’Arena di Verona.
Tras el nacimiento de Amanda y siguiendo la sugerencia de una amiga que
me aconsejaba que contara nuestra historia, cogí papel y bolígrafo.
Escribí una carta cuando cumplió su primer año para agradecer a Pablo VI
su intercesión…

-¿Así, sin más?

-Sí, así sin más. El periódico la publicó y a los pocos días recibimos
una llamada telefónica desde la curia de Verona. Querían información,
comprender qué había sucedido. A partir de ese momento todo ha ido con
gran celeridad: se abrió la investigación diocesana y, después, la
causa, instituida por el obispo. Seguidamente, el resultado conclusivo
fue enviado a la Congregación.

-La historia ha dado la
vuelta al mundo: la rotura de las membranas, el pronóstico mortal, a
pesar de que en su recorrido han encontrado médicos dispuestos a
utilizar todas las técnicas a disposición hoy en día… Y, después, la
prosecución del embarazo hasta el parto. Pero, ¿cuándo empieza realmente
esta historia? 

-Empieza con la compra de una cuna de segunda mano.

-¿Una cuna?

-Una cuna. Había respondido a un anuncio para comprar una cuna de
segunda mano; acababa de saber que estaba embarazada de mi segundo hijo.
Tras ponerme de acuerdo con la propietaria de la cuna, fui a su casa
para concluir la compra y la cargué en el coche. Vi que estaba sin
estrenar y le pregunté el porqué.

-¿Qué le respondió?

-Me respondió que su hija no había dormido nunca en ella. Ingenuamente,
pensé que era uno de esos casos en los que los recién nacidos no quieren
dormir solos y duermen con los padres. Pero su respuesta me dejó
helada.

-¿Por qué?

-Porque me dijo que su hija había muerto pocos meses después de nacer.
Tenía el síndrome de Patau [o síndrome del par 13]. Me enseñó fotos que
me conmocionaron. Esta noticia me asustó.

-¿Volvió a casa?

-Me hice muchas preguntas, estaba conmocionada. Empecé a pensar que
nunca habría podido llevar adelante un embarazo en esas condiciones y el
miedo a que mi hija no fuera sana me hizo tomar la decisión drástica de
realizar, unos días más tarde, un test prenatal invasivo. Pero la
biopsia de corion fue fatal.

-¿Le diagnosticaron una malformación?

-No. Dos días después se rompieron las membranas, causando la pérdida de líquido amniótico.

-¿Considera que esta rotura fue causada por la biopsia de corion? 

-Sí. Entré en un estado de gran abatimiento. Todo parecía estar acabado.
No podía en absoluto intuir que todo estaba a punto de empezar.

-¿Qué hizo?

-Me dieron antibióticos, empecé a ir de un hospital al otro, pero la
membrana difícilmente cicatriza y cuando lo hace, es sólo en un 10%. En
el hospital de Borgo Roma no me dieron ninguna esperanza sobre la
supervivencia de Amanda. Me hablaron de la solución del aborto
«terapéutico», detallando que no habría habido problemas porque de todas
formas su corazón, en un determinado momento, dejaría de latir. Pero
esto no sucedió: su corazón latía.

-Sin embargo, existen técnicas innovadoras que inyectan líquido amniótico…

-Efectivamente. Desde el Hospital Gemelli de Roma fui a Monza, al
Hospital San Gerardo, donde la jefa de servicio, la doctora Patrizia
Vergani, me realizó ciclos de amnioinyecciones con solución fisiológica.
Me explicaron que se trata de técnicas que no salvan al feto, pero que
pueden dar la posibilidad de que siga desarrollándose. Pero tras la
segunda tanda, la doctora abandonó diciéndome: «Será un designio
divino».

-En ese momento, entonces, la vía terapéutica ya no era posible.

-Pensé seriamente en interrumpir el embarazo. Pero no sabía qué hacer.
Sentía dentro de mí un combate, me sentía desgarrada por dentro. Un día
pensaba en abortar; al día siguiente renunciaba a esta idea. Seguí en
este estado de incertidumbre y abatimiento durante días, hasta que entré
en la semana 23ª de embarazo.

-El término legal para abortar.

-Exacto. Pero entonces sucedió algo increíble.

-¿El qué?

-De repente, me sentí serena; impotente, pero serena. Le decía
continuamente a Amanda: ahora tu destino ya no depende de mí; yo ya no
podía elegir nada en su lugar. En este estado de abandono descubrimos la
oración, que fue el consuelo decisivo durante el resto del embarazo.

-Y es cuando entra en escena el Papa Montini.

-No teníamos ni idea de quién era. Pero ya nos estaba esperando.

-¿Dónde?

-En el Santuario de las Gracias, en Brescia, donde Alberto y yo fuimos
en peregrinación sin tan siquiera saber el porqué, sin comprender la
necesidad de pedir una gracia.

-Si no lo conocían, ¿cómo le descubrieron?

-Soy enfermera en Legnago. Un compañero de trabajo, ginecólogo, el
doctor Paolo Martinelli, me dijo: «¿Por qué no vais a rezar al santuario
de Pablo VI? Ha sido proclamado beato por un milagro realizado en un niño aún no nacido«.

-¿Y fueron? 

-Era el 29 de octubre de 2014 y ni siquiera sabíamos que se pudiera
pedir una gracia. Tampoco sabíamos qué cara tenía Pablo VI, no se me
ocurrió mirarlo por internet. Cuando estuve ante su estatua de bronce,
me quedé asombrada: «Entonces, ¿tú eres del que nos han hablado?».

-¿Qué hicieron?

-Nos arrodillamos llorando. A una cierta distancia, en un banco del
santuario, encontramos una estampa con su imagen y, en el dorso, una
oración de intercesión. La recitamos y cuando llegamos al espacio vacío
en el que hay que poner el nombre de la persona para la que se pide la
gracia, rezamos por ella, por Amanda.

-¿Sabe qué significa Amanda?

-Lo supe después. Habíamos elegido el nombre leyendo uno de esos libros
que se venden para madres embarazadas y que tienen listas de nombres. Me
pareció un nombre original, pero supe su significado muchos meses
después: persona que debe ser amada/digna de amor. Pero lo más
sorprendente es otra cosa.

-¿Qué?

-Su onomástica es el 6 de febrero, memoria de San Amando, obispo de Estrasburgo.

-¿Y?

-¡Es el día de mi cumpleaños! Ese nombre estuvo siempre presente en las
conversaciones y los desahogos entre mi marido y yo. Hasta que Alberto
dijo: «Vanna, si ella no cede, tampoco nosotros podemos ceder».

-¿A partir de este momento empezaron a amarla con verdadera conciencia? 

-Sí. Aunque es algo que no se puede explicar si  no se experimenta.
Cuando pensaba en abortar, recuerdo que me desahogué con una doctora de
Borgo Roma. Me atormentaba: «Pero no quiero abortar, la sola idea me
aterroriza», le decía.

-¿Qué le respondió?

-Me dijo impasible: «No consigues hacerlo porque eres una madre».

-¿Cuándo llega el final feliz?

-En la semana 26, a las seis de la mañana del día de Navidad de 2014.
Pesaba poco más de 800 gramos, pero no presentaba ningún síntoma de
complicación. Para niños prematuros tan graves los problemas pueden ser
muchos: respiratorios, cardíacos, oculares, neurológicos. Amanda no
tenía nada. Nada.

-El resto de la historia ya la conocemos. ¿Quién es hoy, para ustedes, Pablo VI?

-Es una presencia constante y diaria en nuestro hogar. Cada día rezamos por él y pensamos en él.

-La Iglesia ha verificado que lo es, pero usted ¿consigue llamarlo milagro?

-Sí. Es una historia extraña en la que todas las piezas han sido movidas por hilos invisibles que no nos pertenecen.

-¿Qué le contará a Amanda?

-Todo, incluido mi gran sentido de culpa por haberme hecho la biopsia de
corion. Cada vez que se lo cuente añadiré algo. Podremos decirle que
fue amada, que teníamos que amarla, pero que antes de todo fue amada en
el Cielo. Cuando hago estas entrevistas me preguntan qué espero de su
vida.

-¿En el sentido de cómo se la imagina de mayor?

-Sí, pero no me espero nada. El hecho que esté viva es el regalo más
grande que podamos hacerle: no importa si vivirá en el anonimato aquí,
en la tierra, porque estamos seguros que en el Cielo no es en absoluto
anónima.

-¿Cómo ha vivido esta experiencia su hijo mayor, Riccardo, que hoy tiene seis años?

-Ha echado de menos a su madre, pero hoy comprende, sabe todo lo que su
edad le permite comprender. Es feliz y es consciente de que ha sucedido
algo extraordinario.

-¿Sabe que Jesús, en realidad, hacía milagros para suscitar la fe?

-¡Cuánta hemos sentido nosotros! Mi fe, nuestra fe, ha cambiado
radicalmente; ha sucedido un milagro dentro del milagro, sabiendo que el
primer milagro es la conversión.
Traducción de Helena Faccia Serrano.

ReligiónenLibertad