Con Jesús en el desierto

Génesis 9, 8-15;

1 Pedro 3, 18-22;

Marcos 1, 12-15

Concentrémonos en la frase inicial del Evangelio: «El Espíritu empujó a
Jesús al desierto». Contiene un llamamiento importante en el inicio de
la Cuaresma. Jesús acababa de recibir, en el Jordán, la investidura
mesiánica para llevar la buena nueva a los pobres, sanar los corazones
afligidos, predicar el reino. Pero no se apresura a hacer ninguna de
estas cosas. Al contrario, obedeciendo a un impulso del Espíritu Santo,
se retira al desierto donde permanece cuarenta días, ayunando, orando,
meditando, luchando. Todo esto en profunda soledad y silencio.

Ha habido en la historia legiones de hombres y mujeres que han elegido
imitar a este Jesús que se retira al desierto. En Oriente, empezando por
san Antonio Abad, se retiraban a los desiertos de Egipto o de
Palestina; en Occidente, donde no había desierto de arena, se retiraban a
lugares solitarios, montes y valles remotos.

Pero la invitación a seguir a Jesús en el desierto se dirige a todos.
Los monjes y los ermitaños eligieron un espacio de desierto; nosotros
debemos elegir al menos un tiempo de desierto. Pasar un tiempo de
desierto significa hacer un poco de vacío y de silencio en torno a
nosotros, reencontrar el camino de nuestro corazón, sustraerse al
alboroto y a los apremios exteriores para entrar en contacto con las
fuentes más profundas de nuestro ser.

Bien vivida, la Cuaresma es una especie de cura de desintoxicación del
alma. De hecho no existe sólo la contaminación de óxido de carbono;
existe también la contaminación acústica y luminosa. Todos estamos un
poco ebrios de jaleo y de exterioridad. El hombre envía sus sondas hasta
la periferia del sistema solar, pero ignora, la mayoría de las veces,
lo que existe en su propio corazón. Evadirse, distraerse, divertirse:
son palabras que indican salir de sí mismo, sustraerse a la realidad.
Hay espectáculos «de evasión» (la televisión los propina en avalancha),
literatura «de evasión». Son llamados, significativamente, fiction,
ficción. Preferimos vivir en la ficción que en la realidad. Hoy se
habla mucho de «alienígenas», pero alienígenas, o alienados, lo estamos
ya por nuestra cuenta en nuestro propio planeta, sin necesidad de que
vengan otros de fuera.

Los jóvenes son los más expuestos a esta embriaguez de estruendo. «Que
se aumente el trabajo de estos hombres –decía de los hebreos el faraón a
sus ministros– para que estén ocupados en él, de forma que no presten
oído a las palabras de Moisés y no piensen en sustraerse de la
esclavitud» (Ex 5, 9). Los «faraones» de hoy dicen, de modo tácito pero
no menos perentorio: «Que se aumente el alboroto sobre estos jóvenes,
que les aturda, para que no piensen, no decidan por su cuenta, sino que
sigan la moda, compren lo que queremos nosotros, consuman los productos
que decimos nosotros».

¿Qué hacer? Al no podernos ir a desierto hay que hacer un poco de
desierto dentro de nosotros. San Francisco de Asís nos da, al respecto,
una sugerencia práctica. «Tenemos –decía– una ermita siempre con
nosotros; allí donde vayamos y cada vez que lo queramos podemos
encerrarnos en ella como ermitaños. ¡El eremitorio es nuestro cuerpo y
el alma es la ermita que habita dentro!». En este eremitorio «portátil»
podemos entrar, sin saltar a la vista de nadie, hasta mientras viajamos
en un autobús concurridísimo. Todo consiste en saber «volver a entrar en
uno mismo» cada tanto.

¡Que el Espíritu que «empujó a Jesús al desierto» nos lleve también a
nosotros, nos asista en la lucha contra el mal y nos prepare a celebrar
la Pascua renovados en el espíritu!

Raniero Cantalamessa

ReligiónenLibertad