¿Cómo nos guía Jesús? Con una terapia de la esperanza, como a los viajeros de Emaús, dice el Papa

El Papa Francisco ha animado a los fieles cristianos a dejarse guiar por Jesús, que guía con una “terapia de esperanza”, como
vivieron los discípulos de Emaús. El Pontífice lanzó esta enseñanza en
la mañana de este miércoles 24 de mayo durante la audiencia pública en
la Plaza San Pedro del Vaticano.

Recordó cómo Jesús caminaba junto a los dos viajeros que acudían a Emaús
decepcionados por lo que parecía haber sido un gran fracaso. “El
encuentro entre Jesús y los dos discípulos de Emaús es un encuentro rápido, pero en él residió todo el destino de la Iglesia”, aseguró el Santo Padre.

Francisco explicó que los discípulos de Emaús “cultivaban una esperanza solo humana que había resultado destrozada”.
Antes de la Pascua, antes de la Cruz, estaban “llenos de entusiasmo,
convencidos de que aquellos días iban a ser decisivos para ellos y para
todo el pueblo”.

“A Dios no le gusta ser amado como se ama a un líder que arrastra hacia
la victoria a su pueblo derramando la sangre de sus adversarios. Nuestro Dios es una débil llama que arde en un día de frío y viento”, dijo el Papa.

Es en ese contexto en el que se produjo el encuentro con Jesús. “Parece
un encuentro fortuito, uno de tantos encuentros que se producen en la
vida. Los dos discípulos marchan pensativos y un desconocido les
alcanza. Es Jesús, pero sus ojos no son capaces de reconocerlo”.

“En ese momento, Jesús comienza su terapia de la esperanza”, señaló Francisco. “Esto que sucede en este camino es un terapia de la esperanza. ¿Quién la hace?: Jesús”.

Se produce así, explicó el Papa, una confesión que es un reflejo de la naturaleza humana y que se puede resumir en las palabras: “nosotros esperábamos…”.
“En el fondo todos somos un poco como estos dos discípulos. Cuántas
veces en la vida hemos esperado, cuántas veces nos hemos sentido a un
paso de la felicidad, y luego nos decepcionamos”.

Pero “Jesús camina con todas las personas decepcionadas que van con la cabeza baja. Y caminando con ellos, de manera discreta, procede a dar esperanza”.

Para encender en los discípulos de Emaús la llama de la esperanza, “Jesús les habla sobre todo por medio de las Escrituras. Quien tome en la mano el libro de Dios, no encontrará historias de heroísmo fácil, fulminantes campañas de conquista. La verdadera esperanza nunca se alcanza a un bajo precio: pasa siempre por medio de la derrota”.

El Pontífice insistió: “Jesús siempre está a nuestro lado para
darnos la esperanza, para calentar nuestros corazones y decirnos ‘ve
adelante, yo estoy contigo.
Ve a delante’”. “Dios caminará con nosotros siempre, siempre. También en los minutos más dolorosos, también en los momentos más feos, también en los momentos de la decepción,
ahí está el Señor y ahí reside nuestra esperanza. Vayamos adelante con
esa esperanza, porque Él está a nuestro lado caminando con nosotros,
siempre”, concluyó el Pontífice.    

Texto completo de la catequesis del Papa Francisco 

(traducido del italiano)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! Hoy quisiera detenerme en la
experiencia de los dos discípulos de Emaús, del cual habla el Evangelio
de Lucas (Cfr. 24,13-35). Imaginemos la escena: dos hombres caminaban
decepcionados, tristes, convencidos de dejar atrás la amargura de un
acontecimiento terminado mal. Antes de esa Pascua estaban llenos de
entusiasmo: convencidos de que esos días habrían sido decisivos para sus
expectativas y para la esperanza de todo el pueblo. Jesús, a quien
habían confiado sus vidas, parecía finalmente haber llegado a la batalla
decisiva: ahora habría manifestado su poder, después de un largo
periodo de preparación y de ocultamiento. Esto era aquello que ellos
esperaban, y no fue así.

Los dos peregrinos cultivaban sólo una esperanza humana, que ahora se
hacía pedazos. Esa cruz izada en el Calvario era el signo más elocuente
de una derrota que no habían pronosticado. Si de verdad ese Jesús era
según el corazón de Dios, deberían concluir que Dios era inerme,
indefenso en las manos de los violentos, incapaz de oponer resistencia
al mal.

Así, esa mañana de ese domingo, estos dos huyen de Jerusalén. En sus
ojos todavía están los sucesos de la pasión, la muerte de Jesús; y en el
ánimo el penoso desvelarse de esos acontecimientos, durante el obligado
descanso del sábado. Esa fiesta de la Pascua, que debía entonar el
canto de la liberación, en cambio se había convertido en el día más
doloroso de sus vidas. Dejan Jerusalén para ir a otra parte, a un
poblado tranquilo. Tienen todo el aspecto de personas intencionadas a
quitar un recuerdo que duele. Entonces están por la calle y caminan.
Tristes. Este escenario – la calle – había sido importante en las
narraciones de los evangelios; ahora se convertirá aún más, desde el
momento en el cual se comienza a narrar la historia de la Iglesia.

El encuentro de Jesús con esos dos discípulos parece ser del todo
casual: se parece a uno de los tantos cruces que suceden en la vida. Los
dos discípulos caminan pensativos y un desconocido se les une. Es
Jesús; pero sus ojos no están en grado de reconocerlo. Y entonces Jesús
comienza su “terapia de la esperanza”. Y esto que sucede en este camino
es una terapia de la esperanza. ¿Quién lo hace? Jesús.

Sobre todo pregunta y escucha: nuestro Dios no es un Dios entrometido.
Aunque si conoce ya el motivo de la desilusión de estos dos, les deja a
ellos el tiempo para poder examinar en profundidad la amargura que los
ha envuelto. El resultado es una confesión que es un estribillo de la
existencia humana: «Nosotros esperábamos, pero Nosotros esperábamos,
pero …» (v. 21). ¡Cuántas tristezas, cuántas derrotas, cuántos fracasos
existen en la vida de cada persona! En el fondo somos todos un poco como
estos dos discípulos. Cuántas veces en la vida hemos esperado, cuántas
veces nos hemos sentido a un paso de la felicidad, y luego nos hemos
encontrado por los suelos decepcionados. Pero Jesús camina: Jesús camina
con todas las personas desconsoladas que proceden con la cabeza
agachada. Y caminando con ellos, de manera discreta, logra dar
esperanza.

Jesús les habla sobre todo a través de las Escrituras. Quien toma en la
mano el libro de Dios no encontrará historias de heroísmo fácil,
tempestivas campañas de conquista. La verdadera esperanza no es jamás a
poco precio: pasa siempre a través de la derrota. La esperanza de quien
no sufre, tal vez no es ni siquiera eso. A Dios no le gusta ser amado
como se amaría a un líder que conduce a la victoria a su pueblo
aplastando en la sangre a sus adversarios. Nuestro Dios es una farol
suave que arde en un día frío y con viento, y por cuanto parezca frágil
su presencia en este mundo, Él ha escogido el lugar que todos
despreciamos.

Luego Jesús repite para los dos discípulos el gesto-cardinal de toda
Eucaristía: toma el pan, lo bendice, lo parte y lo da. ¿En esta serie de
gestos, no está quizás toda la historia de Jesús? ¿Y no está, en cada
Eucaristía, también el signo de qué cosa debe ser la Iglesia? Jesús nos
toma, nos bendice, “parte” nuestra vida – porque no hay amor sin
sacrificio – y la ofrece a los demás, la ofrece a todos.

Es un encuentro rápido, el de Jesús con los discípulos de Emaús. Pero en
ello está todo el destino de la Iglesia. Nos narra que la comunidad
cristiana no está encerrada en una ciudad fortificada, sino camina en su
ambiente más vital, es decir la calle. Y ahí encuentra a las personas,
con sus esperanzas y sus desilusiones, a veces enormes. La Iglesia
escucha las historias de todos, como emergen del cofre de la conciencia
personal; para luego ofrecer la Palabra de vida, el testimonio del amor,
amor fiel hasta el final. Y entonces el corazón de las personas vuelve a
arder de esperanza. Todos nosotros, en nuestra vida, hemos tenido
momentos difíciles, oscuros; momentos en los cuales caminábamos tristes,
pensativos, sin horizonte, sólo con un muro delante. Y Jesús siempre
está junto a nosotros para darnos esperanza, para encender nuestro
corazón y decir: “Ve adelante, yo estoy contigo. Ve adelante”

El secreto del camino que conduce a Emaús es todo esto: también a través
de las apariencias contrarias, nosotros continuamos a ser amados, y
Dios no dejará jamás de querernos mucho. Dios caminará con nosotros
siempre, siempre, incluso en los momentos más dolorosos, también en los
momentos más feos, también en los momentos de la derrota: ahí está el
Señor. Y esta es nuestra esperanza: vayamos adelante con esta esperanza,
porque Él está junto a nosotros caminando con nosotros. Siempre.    

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