
En su primera predicación cuaresmal de este año, el padre Raniero Cantalamessa
habló a los miembros de la Curia romana sobre el mundo como adversario
espiritual del cristiano. Antes, el sacerdote capuchino, de 83 años,
predicador de la Casa Pontificia desde 1980, explicó la evolución de ese
término, entendido por San Juan Evangelista y por San Pablo como «el mundo como ha llegado a ser tras el pecado y el dominio de Satanás«, razón por la que somos llamados a «estar en el mundo, pero no ser del mundo».
Cuando la sociedad se hace cristiana, explicó, la tensión con el mundo
«tiende inevitablemente a atenuarse». Aun así, la idea de la «huida del
mundo» se mantiene en los primeros siglos, ya sea físicamente, con el monacato, ya sea una «huida no material, sino espiritual»,
que propugnan San Basilio en Oriente y San Agustín en Occidente:
«Elevarse por encima de la multiplicidad de las cosas materiales y las
pasiones humanas, para unirse a lo que es divino, incorruptible y
eterno». O, en la línea de San Ambrosio, una huida «afectiva» y que «es
obra de la gracia más que del esfuerzo humano».
La idea de la huida del mundo, continuó Cantalamessa, entró en crisis con el Renacimiento y la Ilustración y sus tendencias y propósitos secularizadores.
Esa crisis llegó también a la teología, donde «un optimismo exagerado»
condujo a sustituir «en la mente de muchos (también entre el clero y
los religiosos)» la idea tradicional de fuga «del» mundo por una
«fuga «hacia» el mundo, es decir, una mundanización»: «En este contexto se escribieron algunas de las cosas más absurdas y delirantes que jamás se han pasado bajo el nombre de «teología»«.
Frente a esa mundanización, lo propio del cristiano sigue siendo lo
mismo de siempre: ««Mezclarse» con este mundo del sufrimiento y la
marginación», porque es «paradójicamente el mejor modo de «separarse»
del mundo», en la medida en que «es separarse del mismo principio que rige el mundo, que es el egoísmo«.
En el origen de la mundanización actual, el padre Cantalamessa sitúa una
causa principal: «La crisis de fe», porque «la fe es el terreno de
enfrentamiento primario entre el cristiano y el mundo» en la medida en
que «el «mundo» es por definición lo que se niega a creer«.
Ese mundo sigue seduciendo bajo el señuelo de la «adaptación al espíritu
de los tiempos», y en ese sentido «actúa como el vampiro de la
leyenda. El vampiro se pega a las personas que duermen y mientras le
chupa su sangre, al mismo tiempo inyecta en ellas un líquido soporífero
que hace que encuentren aún más dulce el sueño, de modo que aquéllas se
sumen cada vez más en el sueño y este puede chupar toda la sangre que
quiere. Pero el mundo es peor que el vampiro, porque el vampiro no puede
adormecer a la presa, sino que se acerca a los que ya duermen. En
cambio, el mundo primero duerme a las personas y luego les chupa todas sus energías espirituales, inyectando también una especie de líquido soporífero que hace encontrar el sueño aún más dulce».
Ése es, afirma el predicador de la Casa Pontificia, el sentido de ese
enérgico «¡Despierta!» que la liturgia reitera durante la Cuaresma. Y si
el ayuno es una de las formas tradicionales de «despertar», añade como
imprescindible «ayunar de las imágenes del mundo», hoy omnipresentes por
infinidad de canales diversos, pero que son «uno de los vehículos privilegiados con los que el mundo difunde su antievangelio«.
Cuando esas imágenes nos turben por «impuras», Cantalamessa ofrece un
consejo: «En lugar de perdernos en estériles lamentos, o buscar excusas
en nuestra soledad y en la incomprensión de los demás, miremos a un
Crucifijo o vayamos ante el Santísimo».
A continuación
reproducimos en su integridad la predicación del padre Cantalamessa,
traducida por el sacerdote y teólogo Pablo Cervera Barranco. Las
negritas son de ReL.
CUARESMA 2018
Primera predicación cuaresmal
Raniero Cantalamessa, ofmcap.
«No os conforméis a la mentalidad de este mundo» (Rom 12,2)
«No os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de
la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es
lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto» (Rom 12,2).
En una sociedad en la que cada uno se siente investido con la tarea de
transformar el mundo y la Iglesia, cae esta palabra de Dios que invita a
transformarse uno mismo. «No os amoldéis a este mundo»: después de
estas palabras habríamos esperado que se nos dijera: «¡Pero
transformadlo!»; en cambio nos dice: «¡Sino transformaos!». Transformad, sí, el mundo, pero el mundo que está dentro de vosotros, antes de creer poder transformar el mundo que está fuera de vosotros.
Será esta palabra de Dios, sacada de la Carta a los Romanos, la que nos
introduzca este año en el espíritu de la Cuaresma. Como desde hace
algunos años, dedicamos la primera meditación a una introducción general
a la Cuaresma, sin entrar en el tema específico del programa, también
por la ausencia de parte del auditorio, ocupado en otro lugar en
los Ejercicios Espirituales.
1. Los cristianos y el mundo
Demos primero una mirada a cómo este ideal del apartamiento del mundo
ha sido comprendido y vivido desde el Evangelio hasta nuestros días.
Conviene tener en cuenta siempre las experiencias del pasado si se
quieren comprender las necesidades del presente.
En los evangelios sinópticos la palabra «mundo» (kosmos) casi
siempre se entiende en sentido moralmente neutro. Tomado en sentido
espacial, mundo indica la tierra y el universo («Id por todo el mundo»);
tomado en sentido temporal, indica el tiempo o el «siglo» (aion) presente. Con Pablo, y más aún con Juan, la palabra «mundo», se carga de una relevancia moral y viene a significar, la mayoría de las veces, el mundo como ha llegado a ser tras el pecado y bajo el dominio de Satanás,
«el Dios de este mundo» (2 Cor 4,4). De ahí la exhortación de Pablo de
la que hemos partido y aquella, casi idéntica, de Juan en su Primera
Carta: «No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguno ama al
mundo, no está en él el amor del Padre. Porque lo que hay en el mundo —la concupiscencia de la carne, y la concupiscencia de los ojos, y la arrogancia del dinero—, eso no procede del Padre, sino que procede del mundo» (1 Jn 2, 15-16).
Todo esto no conduce nunca a perder de vista que el mundo en sí mismo, a pesar de todo, es y seguirá siendo, la realidad buena creada por Dios, que
Dios ama y que ha venido a salvar, no a juzgar: «Porque tanto amó Dios
al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no
perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16).
La actitud hacia el mundo que Jesús propone a sus discípulos está encerrada en dos preposiciones: estar en el mundo, pero no ser del mundo: «Ya
no voy a estar en el mundo —dice dirigido al Padre—; pero ellos están
en el mundo […]. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo»
(Jn 17,11.16).
Durante los tres primeros siglos, los discípulos se muestran conscientes de esta posición suya única. La Carta a Diogneto,
escrito anónimo de final del siglo II, describe así el sentimiento que
los cristianos tenían de sí mismos en el mundo: «Los cristianos no se
distinguen de los demás hombres, ni por el lugar en que viven, ni por su
lenguaje, ni por sus costumbres. Ellos, en efecto, no tienen ciudades
propias, ni utilizan un hablar insólito, ni llevan un género de vida
distinto. Su sistema doctrinal no ha sido inventado gracias al talento y
especulación de hombres estudiosos, ni profesan, como otros, una
enseñanza basada en autoridad de hombres. Viven en ciudades griegas y
bárbaras, según les cupo en suerte, siguen las costumbres de los
habitantes del país, tanto en el vestir como en todo su estilo de vida
y, sin embargo, dan muestras de un tenor de vida admirable y, a juicio
de todos, increíble. Habitan en su propia patria, pero como forasteros;
toman parte en todo como ciudadanos, pero lo soportan todo como
extranjeros; toda tierra extraña es patria para ellos, pero están en
toda patria como en tierra extraña. Igual que todos, se casan y
engendran hijos, pero no se deshacen de los hijos que conciben. Tienen
la mesa en común, pero no el lecho. Viven en la carne, pero no según la
carne»[1].
Sinteticemos al máximo la continuación de la historia. Cuando el
cristianismo se convierte en religión tolerada y luego muy pronto
protegida y favorecida, la tensión entre el cristiano y el mundo tiende
inevitablemente a atenuarse, porque el mundo ya se ha convertido, o al
menos es considerado, «un mundo cristiano». Se asiste así a un doble
fenómeno. Por una parte, los grupos de creyentes deseosos de permanecer
como sal de la tierra y no perder el sabor, huyen, también
físicamente, del mundo y se retiran al desierto. Nace el monacato teniendo como enseña el lema dirigido al monje Arsenio: «Fuge, tasce, quiesce», «Huye, calla, vive retirado»[2].
Al mismo tiempo, los pastores de la Iglesia y los espíritus más
iluminados tratan de adaptar el ideal del apartamiento del mundo a todos
los creyentes, proponiendo una huida no material, sino espiritual del mundo. San Basilio en Oriente y San Agustín en Occidente conocen el pensamiento de Platón sobre todo en la versión ascética que había asumido con el discípulo Plotino.
En esta atmósfera cultural estaba vivo el ideal de la fuga del mundo.
Sin embargo, se trataba de una fuga, por así decirlo, en vertical, no en
horizontal, hacia arriba, no hacia el desierto. Consiste en elevarse
por encima de la multiplicidad de las cosas materiales y las pasiones
humanas, para unirse a lo que es divino, incorruptible y eterno.
Los Padres de la Iglesia —los capadocios en primera línea— proponen una
ascética cristiana que responde a esta exigencia religiosa y adopta su
lenguaje, sin sacrificar nunca a ella, sin embargo, los valores propios
del Evangelio. Para empezar, la fuga del mundo inculcada por ellos es obra de la gracia más que del esfuerzo humano. El
acto fundamental no está al final del camino, sino en su comienzo, en
el bautismo. Por eso, no está reservada a pocos espíritus cultos, sino
abierta a todos. San Ambrosio escribirá un tratadito Sobre la huida del mundo, dirigiéndolo a todos los neófitos[3]. La separación del mundo que él propone es sobre todo afectiva:
«La fuga —dice— no consiste en abandonar la tierra, sino, permaneciendo
en la tierra, en observar la justicia y la sobriedad, en renunciar a
los vicios y no al uso de los alimentos»[4].
Este ideal de desprendimiento y fuga del mundo acompañará, en formas
diversas, toda la historia de la espiritualidad cristiana. Una oración
de la liturgia lo resume en el lema: «Terrena despicere et amare caelestia», «despreciar las cosas de la tierra y amar las del cielo».
2. La crisis del ideal de la «fuga mundi»
Las cosas han cambiado en la época cercana a nosotros. Nosotros hemos
atravesado, a propósito del ideal de la separación del mundo, una fase
«crítica», es decir, un período en que dicho ideal fue «criticado» y
mirado con sospecha. Esta crisis tiene raíces remotas. Comienza —al
menos a nivel teórico— con el humanismo del Renacimiento
que produce el auge del interés y entusiasmo, a veces de matriz
paganizante, por los valores mundanos. Pero el factor determinante de la
crisis hay que verlo en el fenómeno de la llamada «secularización», que comenzó con la Ilustración y alcanzó su punto álgido en el siglo XX.
El cambio más evidente se refiere precisamente al concepto de mundo o de
siglo. En toda la historia de la espiritualidad cristiana, la palabra saeculum había
tenido una connotación tendencialmente negativa, o al menos ambigua.
Indicaba el tiempo presente sometido al pecado, en oposición al siglo
futuro o a la eternidad. Con el paso de pocas décadas, cambió de signo,
hasta asumir, en los años ‘60 y ‘70, un significado muy positivo.
Algunos títulos de libros que salieron en aquellos años, como El significado secular del Evangelio, de Paul van Buren, y La ciudad secular, de Harvey Cox, ponen en evidencia, por sí solos, este significado nuevo, optimista, de «siglo» y de «secular». Nació una «teología de la secularización».
Sin embargo, todo esto ha contribuido a alimentar en algunos un optimismo exagerado
respecto del mundo, que no tiene en cuenta suficientemente su otra
cara: aquella por la que está «bajo el maligno» y se opone al espíritu
de Cristo (cf. Jn 14,17). En un determinado momento nos hemos dado
cuenta de que al ideal tradicional de la fuga «del» mundo, se había
sustituido, en la mente de muchos (también entre el clero y
los religiosos), por el ideal de una fuga «hacia» el mundo, es decir,
una mundanización.
En este contexto se escribieron algunas de las cosas más absurdas y delirantes que jamás se han pasado bajo el nombre de «teología».
La primera de ellas es la idea de que Dios mismo se seculariza
y se mundaniza, cuando se anula como Dios para hacerse hombre. Estamos
ante la llamada «Teología de la muerte de Dios». Existe también una sana
teología de la secularización en que ésta no es vista como algo opuesto
al Evangelio, sino más bien como un producto de él. Pero no es ésa la
teología de la que estamos hablando.
Alguien ha hecho notar que las «teologías de la secularización»
mencionadas no eran otra cosa que un intento apologético tendente «a
proporcionar una justificación ideológica de la indiferencia religiosa
del hombre moderno»; eran también «la ideología que las Iglesias
necesitaban para justificar su creciente marginación»[5]. Pronto se hizo
claro que estábamos en un callejón sin salida; en pocos años no se
habló ya casi de teología de la secularización y algunos de sus mismos
promotores tomaron distancias.
Como siempre, tocar el fondo de una crisis es la ocasión para volver a
interrogar a la Palabra de Dios «viva y eterna». Escuchamos de nuevo,
pues, la exhortación de Pablo: «No os amoldéis a este mundo, sino
transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir
cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo
perfecto».
Para el Nuevo Testamento, ya sabemos cuál es el mundo al cual no debemos
conformarnos: no el mundo creado y amado por Dios, no los hombres del
mundo a los cuales, al contrario, debemos ir siempre al encuentro,
especialmente los pobres, los últimos, los que sufren. El «mezclarse» con este mundo del sufrimiento y la marginación es paradójicamente el mejor modo de «separarse» del mundo, porque es ir allí, de donde el mundo huye con todas sus fuerzas. Es separarse del mismo principio que rige el mundo, que es el egoísmo.
Detengámonos más bien en el significado de lo que sigue: transformarse
renovando lo íntimo de nuestra mente. Todo en nosotros comienza por la
mente, por el pensamiento. Hay una máxima de sabiduría que dice:
Supervisa los pensamientos para que se conviertan en palabras.
Supervisa las palabras para que se conviertan en acciones.
Supervisa las acciones para que se conviertan en costumbres.
Supervisa las costumbres para que se conviertan en tu carácter.
Supervisa tu carácter para que se convierta en tu destino.
Antes que en las obras, el cambio debe realizarse, pues, en el modo de pensar, es decir, en la fe. En el origen de la mundanización hay muchas causas, pero la principal es la crisis de fe.
En este sentido, la exhortación del Apóstol no hace más que revitalizar
la de Cristo al comienzo de su Evangelio: «Convertíos y creed»,
¡convertíos, es decir, creed! Cambiad la manera de pensar; dejad de
pensar «según los hombres» y comenzad a pensar «según Dios» (cf. Mt
16,23). Tenía razón Santo Tomás de Aquino al decir que «la primera conversión se realiza creyendo»: la prima conversio fit per fidem[6].
La fe es el terreno de enfrentamiento primario entre el cristiano y el mundo.
Por la fe el cristiano ya no es «del» mundo. Cuando leo las
conclusiones que sacan los científicos no creyentes de la observación
del universo, la visión del mundo que nos dan escritores y cineastas,
donde, en el mejor de los casos, Dios es reducido a un vago y subjetivo
sentido del misterio y Jesucristo tampoco es tomado en
cuenta, siento que pertenezco, gracias a la fe, a otro mundo.
Experimento la verdad de aquellas palabras de Jesús: «Dichosos los ojos
que ven lo que vosotros veis» y quedo perplejo al comprobar cómo Jesús
ha previsto esta situación y dado anticipadamente su explicación: «Has
ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y se las ha revelado a
los sencillos» (Lc 10,21-23).
Entendido en sentido moral, el «mundo» es por definición lo que se niega a creer.
El pecado, del que Jesús dice que el Paráclito «convencerá al mundo»,
es no haber creído en Él (cf. Jn 16,8-9). Juan escribe: «Esta es la
victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe» (1 Jn 5,4-5). En la carta a
los Efesios se lee: «También vosotros estabais muertos por vuestras
culpas y vuestros pecados, en los cuales un tiempo vivisteis a la manera
de este mundo, siguiendo al príncipe de las potencias del aire, ese
Espíritu que ahora obra en los hombres rebeldes» (Ef 2,1-2). El exégeta Heinrich Schlier ha
hecho un análisis penetrante de este «espíritu del mundo» considerado
por Pablo como el rival directo del «Espíritu de Dios» (1 Cor 2,12). En
él desempeña un papel decisivo la opinión pública, hoy también
literalmente espíritu «que está en el aire» porque se difunde vía éter.
«Se determinará —escribe— un espíritu de gran intensidad histórica, al
que el individuo difícilmente puede sustraerse. Nos atenemos al espíritu
general, se considera evidente. Actuar o pensar o decir algo contra él
se considera cosa absurda o incluso una injusticia o un delito. Entonces
ya no se osa ponerse frente a las cosas y a la situación y sobre todo a
la vida de manera diferente a como las presenta… Su característica es
interpretar el mundo y la existencia humana a su manera»[7].
Es lo que llamamos «adaptación al espíritu de los tiempos». Actúa como el vampiro de la leyenda. El
vampiro se pega a las personas que duermen y mientras le chupa su
sangre, al mismo tiempo inyecta en ellas un líquido soporífero que hace
que encuentren aún más dulce el sueño, de modo que aquéllas se sumen
cada vez más en el sueño y este puede chupar toda la sangre que quiere.
Pero el mundo es peor que el vampiro, porque el vampiro no puede
adormecer a la presa, sino que se acerca a los que ya duermen. En
cambio, el mundo primero duerme a las personas y luego les chupa todas sus energías espirituales, inyectando también una especie de líquido soporífero que hace encontrar el sueño aún más dulce.
El remedio en esta situación es que alguien nos grite al oído:
«¡Despierta!». Es lo que hace la palabra de Dios en muchas ocasiones y
que la liturgia de la Iglesia nos hace volver a escuchar puntualmente al
inicio de la Cuaresma: «Despierta tú que duermes» (Ef 5,14); «¡Es
tiempo de despertarse del sueño!» (Rom 13,11).
3. Pasa la escena de este mundo
Pero interroguémonos por el motivo por el que el cristiano no debe ajustarse al mundo. No es de naturaleza ontológica, sino escatológica. No se
deben tomar las distancias del mundo porque la materia es
intrínsecamente mala y enemiga del espíritu, como pensaban los
platónicos y algunos Padres influenciados por ellos, sino porque, como
dice la Escritura, «pasa la escena de este mundo» (1 Cor 7,31); «el
mundo pasa con su concupiscencia, pero quien hace la voluntad de Dios
permanece para siempre» (1 Jn 2,17).
Basta detenerse un instante y mirar alrededor para darse cuenta de la
verdad de estas palabras. Ocurre en la vida como en la pantalla de
televisión: los programas, las llamadas parrillas, se suceden
rápidamente y cada uno borra al anterior. La pantalla sigue siendo la
misma, pero los programas y las imágenes cambian. Eso sucede con
nosotros: el mundo permanece, pero nosotros nos vamos uno detrás de otro.
De todos los nombres, los rostros, las noticias que llenan los
periódicos y los telediarios de hoy —de todos nosotros— ¿qué quedará de
aquí a unos años o décadas? Nada de nada.
Pensemos en qué quedan los mitos de hace 40 años y qué quedará dentro de
40 años de los mitos y las celebridades de hoy. «Sucederá —se lee en
Isaías— como cuando un hambriento sueña con comer, como cuando un
sediento sueña beber, pero se despierta cansado, con la garganta seca»
(Is 29,8). ¿Qué son riquezas, salud, gloria, si no un sueño que se desvanece al despuntar el día? Un pobre, decía San Agustín, una
noche tiene un sueño precioso. Sueña que le cae encima una herencia
ingente. Durante el sueño se ve revestido de espléndidos vestidos,
rodeado de oro y plata, poseedor de campos y viñas; en su orgullo
desprecia al propio padre y finge no reconocerlo… Pero se
despierta por la mañana y se descubre tal como se había dormido[8].
«Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré», dice Job (Job
1,21). Ocurrirá lo mismo a los millonarios de hoy con su dinero y a los
poderosos que hoy hacen temblar al mundo con su poder. El hombre, visto
fuera de la fe, no es más que «un dibujo creado por la ola en la playa
del mar a la que borra la ola posterior».
Hoy hay un nuevo marco en que es particularmente necesario no ajustarse a
este mundo: las imágenes. Los antiguos habían acuñado el lema: «Ayunar
del mundo» (nesteuein tou kosmou)[9]; hoy se debería entender en el sentido de ayunar de las imágenes del mundo.
Hubo un tiempo en que el ayuno de alimentos y bebidas era considerado
el más eficaz y necesario. Ya no es así. Hoy se ayuna por muchos otros
motivos: sobre todo para mantener la línea. Ningún alimento, dice la
Escritura, es en sí mismo impuro, mientras que muchas imágenes lo son.
Se han convertido en uno de los vehículos privilegiados con los que el mundo difunde su antievangelio. Un himno de la cuaresma exhorta:
Utamur ergo parcius Utilicemos parcamente
Verbis, cibis et potibus, palabras, alimentos y bebidas.
Somno, iocis et arctius sueño y recreo.
Perstemus en custodia. Estemos más atentos en custodiar los sentidos.
A la lista de las cosas que hay que usar parcamente —palabras,
alimentos, bebidas y sueño— habría que añadir, las imágenes. Entre las
cosas que vienen del mundo y no del Padre, junto a la concupiscencia de
la carne y la soberbia de la vida, San Juan pone significativamente «la concupiscencia de los ojos»
(1 Jn 2,16). Recordemos cómo cayó el rey David… lo que le ocurrió
mirando en la terraza de la casa de al lado, pasa hoy a menudo abriendo
algunos sitios en Internet.
Si en algún momento nos sentimos turbados por imágenes impuras,
sea por imprudencia propia, sea por la invasión del mundo que caza a la
fuerza sus imágenes en los ojos de la gente, imitemos lo que hicieron
en el desierto los judíos que eran mordidos por serpientes. En lugar de
perdernos en estériles lamentos, o buscar excusas en nuestra soledad y
en la incomprensión de los demás, miremos a un Crucifijo o vayamos ante el Santísimo.
«Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es preciso que
sea levantado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga
vida eterna» (Jn 3,15). Que el remedio pase por donde ha pasado el
veneno, es decir por los ojos.
Con estos propósitos sugeridos por la palabra de San Pablo a los
Romanos, y sobre todo con la gracia de Dios, comenzamos, Venerables
padres, hermanos y hermanas, nuestra preparación a la Santa Pascua.
Hacer Pascua, decía San Agustín, significa «pasar de este mundo al
Padre» (Jn 13,1), es decir, ¡pasar a lo que no pasa! Es necesario
pasar desde el mundo para no pasar con el mundo. Buena y santa Cuaresma.
©Traducción del original italiano: Pablo Cervera Barranco
[1] Carta a Diogneto, V, 1-8: Die Apostolischen Vaeter (ed. Kunk –Bihlmeyer) (Tubinga 1856) 143-144.
[2] Cf. Vita e Detti dei Padri del deserto (ed. L. Mortari) I (Roma 1986) 97.
[3] Cf. De fuga saeculi, 1: CSEL 32, 2, p. 251.
[4] San Ambrosio, Exposición sobre el Evangelio de Lucas, IX, 36; De Isaac et anima, 3, 6.
[5] Cf. C. Geffré, art. «Sécularisation»: en Dictionnaire de Spiritualité 15 (1989) 502s.
[6] S. Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I-IIae, q.113, a,4.
[7] H. Schlier, «Demoni e spiriti maligni nel Nuovo Testamento», en Riflessioni sul Nuovo Testamento (Paideia, Brescia 1976) 194s [trad. esp. Poderes y dominios en el Nuevo Testamento (Edicep, Valencia 2008)].
[8] Cf. S. Agustín, Sermo 39,5: PL 38, 242.
[9] El lema se remonta a un dicho no canónico atribuido a Jesús mismo:
«Si no ayunáis del mundo, no descubriréis el reino de Dios». Cf.
Clemente de Alejandría, Stromata, 111, 15: GCS 52, p. 242, 2; A. Resch, Agrapha, 48 (TU 30 [1906] 68).
Raniero Cantalamessa
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