Boletín Nº 96

«Juzgamos que la Declaración de ruptura es un hecho grave y perturbador de nuestra convivencia, que va más allá de las discrepancias entre las formaciones políticas»

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«Desde hace algún tiempo el desarrollo de los acontecimientos en Cataluña nos preocupaba en medida creciente; y nos entristeció la Declaración Unilateral de Independencia del día 27 del pasado mes de octubre. Significaba la ruptura del orden constitucional que los españoles nos hemos dado hace cuarenta años.


Juzgamos que la Declaración de ruptura es un hecho grave y perturbador de nuestra convivencia, que va más allá de las discrepancias entre las formaciones políticas. La Constitución se gestó, redactó y fue aprobada en las urnas, como fruto del consenso entre todos. Los españoles en aquellos años pasamos de la incertidumbre ante el futuro a la satisfacción porque el deseo ampliamente compartido de reconciliación se había traducido en una regulación fundamental de nuestra convivencia. La ruptura reciente nos ha entristecido y preocupado, ya que la Constitución había nacido con la aspiración de configurar para las generaciones presentes y futuras un marco general de libertad y respeto en el que cabíamos todos. Es comprensible que el paso del tiempo y la vitalidad de la sociedad fuera mostrando la conveniencia de reformar o añadir aspectos nuevos en la Constitución para que siempre sea actual, pero ella misma indicaba los procedimientos para introducir los cambios oportunos.


La Iglesia, que colaboró eficazmente en la Transición política, aunque no siempre sea reconocido, desea continuar cumpliendo su misión de reconciliación y pacificación. El ministerio de los Obispos y Presbíteros está al servicio de la comunión eclesial; y, por ello, también de la convivencia pacífica de los ciudadanos. Nuestra renuncia a la militancia política favorece que nadie se considere extraño a la comunidad cristiana por opciones legítimas.


Apoyamos el restablecimiento del orden constitucional, porque es un bien común. La normalización de la vida social y el correcto funcionamiento de las instituciones suponen y exigen el respeto de la ley, que regula nuestra convivencia. La normalización requiere, además, el esfuerzo de todos para que las relaciones sociales, eclesiales y familiares afectadas negativamente por estos hechos sean renovadas por el respeto a la libertad de todos, la mutua confianza y la concordia serena. La Iglesia por su misma naturaleza puede contribuir a la pacificación personal y social, acentuando particularmente la solidaridad entre todos y la atención a los pobres. Como suele decir el Papa deseamos destruir muros y tender puentes
». (CARDENAL RICARDO BLÁZQUEZ PÉREZ, del Discurso inaugural al inicio de la CX Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, 13-17 de noviembre de 2017).

Boletín de la Delegación para el clero
del Arzobispado de Santiago de Compostela

Noviembre 2017– 

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