Boletín Nº 102

«Sacerdocio: camino a la santidad incompatible con una existencia mediocre»

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«Con cordial agradecimiento os felicito a vosotros, queridos sacerdotes, que celebráis hoy las Bodas de Diamante, Oro y Plata sacerdotales. Damos gracias a Dios por el ministerio sacerdotal al que nos ha llamado, en el que día a día experimentamos que el Señor enriquece nuestra pobreza y fortalece nuestra fragilidad al tratar de mantener la fidelidad al Señor y la entrega generosa a los demás. También en esta jornada se nos llama a redescubrir de manera especial la belleza y la grandeza del sacerdocio, como camino a la santidad que es incompatible con una existencia mediocre. “No es sano amar el silencio y rehuir el encuentro con el otro, desear el descanso y rechazar la actividad, buscar la oración y menospreciar el servicio. Todo puede ser aceptado e integrado como parte de la propia existencia en este mundo, y se incorpora en el camino de santificación”. Parafraseando a San Agustín no tengamos miedo a decir: “Tarde te amé belleza infinita, tarde te amé belleza siempre antigua y siempre nueva”.

La mano de Dios está con nosotros como le aconteció a Pablo, pero no ignoramos que el trigo de la verdad del evangelio y la cizaña de la mentira del mundo crecen juntas. Y donde el Evangelio se enraíza llega la oposición del mundo y en no pocos casos la persecución. Y en esta tensión se pone ante nuestra consideración el valor del tiempo que para el cristiano es siempre gracia. El hombre de fe y con vocación sobrenatural aspira a vivir en la tierra como peregrino, calibrando con exactitud evangélica las cosas terrenas. Cada instante de tiempo a vivir forma parte integral de la vocación irrenunciable a la santidad y del compromiso como apóstol y testigo. […]

El sacerdote ha de vivir la alegría y la esperanza. “Debe sentir la misma alegría de los Apóstoles al ver a nuestro Señor al que tiene entre sus manos”. “La felicidad que hay en decir la Misa, sólo se comprenderá en el cielo”, decía el santo Cura de Ars. La alegría se conjuga con la caridad, vivida en el llevar con Cristo el peso del sufrimiento propio y ajeno. Servir es hacerse colaborador de la alegría de todos y “no porque seamos señores de vuestra fe, sino que contribuimos a vuestra alegría” (2Cor 1,24).

“El sacerdote es la faz de la Iglesia; y como en la faz resplandece la hermosura de todo el cuerpo, así la clerecía ha de ser la principal hermosura de toda de la Iglesia”, escribía San Juan de Ávila, “ejemplo de un sacerdote santo que ha encontrado la fuente de su espiritualidad en el ejercicio de su ministerio”. Su identidad sacerdotal hallaba su fundamento en Cristo encarnado y crucificado y su ideal de santidad tenía como motivo la identificación con Cristo Crucificado, buscando con sus palabras, sencillas y profundas, tocar el corazón y mover a la conversión a quien le escuchaba. Su originalidad se halla en la constante referencia a la Palabra de Dios; en el consistente y actualizado saber teológico; en la seguridad de su enseñanza y en el conocimiento de los Santos Padres, de los santos y de los grandes teólogos. Su plan pastoral fue Cristo. Promovió las vocaciones laicales, a la vida consagrada y al sacerdocio en la Iglesia. Fue un apasionado de Dios, austero en los bienes materiales, pero lleno de fe, de entusiasmo evangelizador y de caridad pastoral». (MONS. JULIÁN BARRIO, de la Homilía en la Misa del día de S. Juan de Ávila, Catedral de Santiago, 11-5- 2018).

Boletín de la Delegación para el clero
del Arzobispado de Santiago de Compostela

Mayo 2018– 

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