Monseñor Francisco José Prieto destacó que toda vocación nace del Bautismo y recordó que el sacerdocio es una forma concreta de servicio al pueblo de Dios.El arzobispo expresó también la cercanía de la Archidiócesis con Venezuela tras los graves terremotos que han afectado al norte del país.

La iglesia del Divino Salvador de Fene acogió este sábado 27 de junio una solemne celebración eucarística en la que el seminarista diocesano Andrés Fernando Figueroa Molina recibió el ministerio de acólito, un nuevo paso en su itinerario de preparación hacia el sacerdocio ministerial.
La ceremonia estuvo presidida por el arzobispo de Santiago de Compostela, monseñor Francisco José Prieto Fernández, y reunió a familiares, amigos, fieles de la comunidad parroquial y numerosos seminaristas que quisieron acompañar al candidato en uno de los momentos significativos de su camino vocacional.
La Eucaristía fue concelebrada por el rector del Seminario Mayor Interdiocesano Apóstol Santiago, José Antonio Castro Lodeiro; el párroco de Fene, Gerardo Camacho, junto a otros sacerdotes diocesanos. La participación del coro parroquial aportó un especial realce a la solemnidad de la celebración litúrgica.
Durante la homilía, monseñor Francisco José Prieto situó este momento dentro de una perspectiva mucho más amplia que la propia vocación sacerdotal. El arzobispo explicó que antes de cualquier llamada específica existe una vocación fundamental compartida por todos los cristianos: la vocación bautismal.
Inspirándose en la Carta de San Pablo a los Romanos, recordó que el Bautismo constituye el origen de toda llamada cristiana, ya que es Dios quien toma siempre la iniciativa al llamar a cada persona a formar parte de su pueblo: «Antes de cualquier ministerio existe un don; antes de cualquier respuesta, una elección amorosa por parte de Dios».
El prelado destacó que el sacerdocio no sustituye esa primera llamada, sino que nace de ella como una forma concreta de servicio. En este sentido, dirigió unas palabras especialmente significativas al seminarista, recordándole que el ministerio recibido no lo sitúa por encima del resto del pueblo de Dios, sino que le exige vivir con mayor intensidad la condición de discípulo de Cristo.
A continuación, profundizó en el Evangelio proclamado durante la celebración, destacando que toda vocación nace de una relación personal con Jesucristo y no únicamente del deseo de desempeñar una determinada función dentro de la Iglesia: «El sacerdocio ministerial no es una profesión ni una función religiosa; es seguir a Cristo desde el enamoramiento de Cristo, Pastor».
El arzobispo explicó igualmente el profundo significado del ministerio del acolitado, indicando que no debe entenderse únicamente como un conjunto de tareas litúrgicas, sino como una auténtica escuela de servicio.
En este contexto, subrayó que quien sirve al altar aprende que el verdadero centro de toda celebración es Cristo y que toda vocación debe conducir siempre a hacer presente al Señor y nunca a uno mismo.
Tomando como referencia la primera lectura, destacó también el ministerio del acólito consiste en preparar el camino para que Cristo pueda hacerse presente sacramentalmente entre su pueblo. Del mismo modo, recordó las palabras finales del Evangelio sobre el sencillo gesto de ofrecer un vaso de agua fresca, afirmando que el Reino de Dios crece gracias a la fidelidad cotidiana y a los pequeños actos de entrega.
Dirigiéndose personalmente a Andrés Fernando, el arzobispo le recordó que el ministerio recibido no constituye un reconocimiento a lo conseguido, sino una gracia que le ayudará a configurarse cada vez más con Cristo servidor.
Le animó igualmente a permanecer siempre cerca de la Eucaristía, dejando que el altar modele su corazón con humildad, disponibilidad y espíritu de entrega, recordándole que antes de ser ministro ha sido llamado a ser discípulo y que toda vocación encuentra su fundamento en la santidad.
La celebración estuvo marcada también por un gesto de cercanía hacia el pueblo venezolano. Monseñor Francisco José Prieto expresó públicamente la solidaridad y la oración de la Archidiócesis de Santiago de Compostela por las víctimas de los graves terremotos que han afectado al norte de Venezuela, causando numerosas víctimas mortales y heridos.
El arzobispo recordó los profundos vínculos históricos, familiares, culturales y migratorios que unen Galicia y Venezuela, circunstancia que hace especialmente cercano el sufrimiento del pueblo venezolano para muchas familias gallegas.
Asimismo, puso en valor la presencia de sacerdotes venezolanos que actualmente desarrollan su ministerio pastoral en la Archidiócesis compostelana, enriqueciendo la vida de las comunidades parroquiales con su servicio.
La celebración concluyó en un ambiente de profunda acción de gracias por el nuevo paso dado por Andrés Fernando Figueroa Molina en su camino hacia el sacerdocio, acompañado por la oración de toda la comunidad cristiana y por el deseo de que su servicio al altar se convierta en un testimonio permanente de entrega, humildad y fidelidad a la misión confiada por la Iglesia.








