Advertencia del Papa: si no somos capaces de anunciar que el Señor está vivo, no somos cristianos

Once nuevos cristianos
recibieron el bautismo de manos del Papa este sábado durante la Vigilia
Pascual, de nacionalidades  diversas como China, España, Italia o
Albania.

En la homilía, Francisco recordó la esencia de la misión cristiana, que toma su modelo de las mujeres que vieron primero a Jesucristo Resucitado y comunicaron a todos la noticia.

“Vayamos a anunciar, a compartir, a descubrir que es cierto: el Señor está vivo.
Vivo y queriendo resucitar en tantos rostros que han sepultado la
esperanza, que han sepultado los sueños, que han sepultado la dignidad. Y
si no somos capaces de dejar que el Espíritu nos conduzca por este
camino, entonces no somos cristianos”, advirtió Francisco al final de su intervención, según recoge Aciprensa.

 

“Con la Resurrección, Cristo no ha movido solamente la piedra del sepulcro, sino que quiere también hacer saltar todas las barreras que nos encierran en nuestros estériles pesimismos,
en nuestros calculados mundos conceptuales que nos alejan de la vida,
en nuestras obsesionadas búsquedas de seguridad y en desmedidas
ambiciones capaces de jugar con la dignidad ajena”, dijo.

Francisco recordó de nuevo el relato de la resurrección de Jesús y el
sentimiento de sus discípulos ante su muerte. “Podemos imaginar esos
pasos, el típico paso de quien va al cementerio, paso cansado de
confusión, paso debilitado de quien no se convence de que todo haya
terminado de esa forma. Podemos imaginar sus rostros pálidos, bañados
por las lágrimas y la pregunta: ¿cómo puede ser que el Amor esté muerto?”.

Pero por otro lado están las mujeres, “dos mujeres capaces de no evadirse,
capaces de aguantar, de asumir la vida como se presenta y de resistir
el sabor amargo de las injusticias. Y allí están, frente al sepulcro,
entre el dolor y la incapacidad de resignarse, de aceptar que todo
siempre tenga que terminar igual”.

El Pontífice afirmó que en el rostro de estas mujeres se puede ver reflejado el de otros: “Tantas madres y abuelas, el rostro de niños y jóvenes
que resisten el peso y el dolor de tanta injusticia inhumana” o el de
“todos aquellos que caminando por la ciudad sienten el dolor de la
miseria, el dolor por la explotación y la trata”.

“En ellas también vemos el rostro de aquellos que sufren el desprecio por ser inmigrantes, huérfanos de tierra, de casa, de familia; el rostro de aquellos que su mirada revela soledad y abandono por tener las manos demasiado arrugadas. Ellas son el rostro de mujeres, madres que lloran por ver cómo la vida de sus hijos queda sepultada bajo el peso de la corrupción,
que quita derechos y rompe tantos anhelos, bajo el egoísmo cotidiano
que crucifica y sepulta la esperanza de muchos, bajo la burocracia
paralizante y estéril que no permite que las cosas cambien. Ellas, en su
dolor, son el rostro de todos aquellos que, caminando por la ciudad, ven crucificada la dignidad”.

Francisco recordó que todos llevamos dentro la promesa y la certeza “de
la fidelidad de Dios”. “Pero también nuestros rostros hablan de heridas,
hablan de tantas infidelidades, personales y ajenas, hablan de nuestros intentos y luchas fallidas”.

En la homilía, el Papa advirtió que a veces “casi sin darnos cuenta, podemos acostumbrarnos a convivir con el sepulcro,
a convivir con la frustración. Más aún, podemos llegar a convencernos
de que esa es la ley de la vida, anestesiándonos con desahogos que lo
único que logran es apagar la esperanza que Dios puso en nuestras
manos”.

Así son, tantas veces, nuestros pasos, así es nuestro andar, como el de
estas mujeres, un andar entre el anhelo de Dios y una triste
resignación. No sólo muere el Maestro, con él muere nuestra
esperanza. Sin embargo, “el latir del Resucitado se nos ofrece como don,
como regalo, como horizonte. El latir del Resucitado es lo que se nos
ha regalado, y se nos quiere seguir regalando como fuerza transformadora, como fermento de nueva humanidad”.

El Santo Padre invitó a los fieles a acudir con las mujeres al sepulcro y “anunciar la noticia”.
“A todos esos lugares donde parece que el sepulcro ha tenido la última
palabra, y donde parece que la muerte ha sido la única solución. Vayamos
a anunciar, a compartir, a descubrir que es cierto: el Señor está
vivo”.

Texto completo de la homilía del Papa

«En la madrugada del sábado, al alborear el primer día de la semana,
fueron María la Magdalena y la otra María a ver el sepulcro» (Mt 28,1).
Podemos imaginar esos pasos…, el típico paso de quien va al cementerio,
paso cansado de confusión, paso debilitado de quien no se convence de
que todo haya terminado de esa forma… Podemos imaginar sus rostros
pálidos… bañados por las lágrimas y la pregunta, ¿cómo puede ser que el
Amor esté muerto?

A diferencia de los discípulos, ellas están ahí —como también
acompañaron el último respiro de su Maestro en la cruz y luego a José de
Arimatea a darle sepultura—; dos mujeres capaces de no evadirse,
capaces de aguantar, de asumir la vida como se presenta y de resistir el
sabor amargo de las injusticias. Y allí están, frente al sepulcro,
entre el dolor y la incapacidad de resignarse, de aceptar que todo
siempre tenga que terminar igual.

Y si hacemos un esfuerzo con nuestra imaginación, en el rostro de estas
mujeres podemos encontrar los rostros de tantas madres y abuelas, el
rostro de niños y jóvenes que resisten el peso y el dolor de tanta
injusticia inhumana. Vemos reflejados en ellas el rostro de todos
aquellos que caminando por la ciudad sienten el dolor de la miseria, el
dolor por la explotación y la trata. En ellas también vemos el rostro de
aquellos que sufren el desprecio por ser inmigrantes, huérfanos de
tierra, de casa, de familia; el rostro de aquellos que su mirada revela
soledad y abandono por tener las manos demasiado arrugadas. Ellas son el
rostro de mujeres, madres que lloran por ver cómo la vida de sus hijos
queda sepultada bajo el peso de la corrupción, que quita derechos y
rompe tantos anhelos, bajo el egoísmo cotidiano que crucifica y sepulta
la esperanza de muchos, bajo la burocracia paralizante y estéril que no
permite que las cosas cambien. Ellas, en su dolor, son el rostro de
todos aquellos que, caminando por la ciudad, ven crucificada la
dignidad.

En el rostro de estas mujeres, están muchos rostros, quizás encontramos
tu rostro y el mío. Como ellas, podemos sentir el impulso a caminar, a
no conformarnos con que las cosas tengan que terminar así. Es verdad,
llevamos dentro una promesa y la certeza de la fidelidad de Dios. Pero
también nuestros rostros hablan de heridas, hablan de tantas
infidelidades, personales y ajenas, hablan de nuestros intentos y luchas
fallidas. Nuestro corazón sabe que las cosas pueden ser diferentes
pero, casi sin darnos cuenta, podemos acostumbrarnos a convivir con el
sepulcro, a convivir con la frustración. Más aún, podemos llegar a
convencernos de que esa es la ley de la vida, anestesiándonos con
desahogos que lo único que logran es apagar la esperanza que Dios puso
en nuestras manos. Así son, tantas veces, nuestros pasos, así es nuestro
andar, como el de estas mujeres, un andar entre el anhelo de Dios y una
triste resignación. No sólo muere el Maestro, con él muere nuestra
esperanza.

«De pronto tembló fuertemente la tierra» (Mt 28,2). De pronto, estas
mujeres recibieron una sacudida, algo y alguien les movió el suelo.
Alguien, una vez más salió, a su encuentro a decirles: «No teman», pero
esta vez añadiendo: «Ha resucitado como lo había dicho» (Mt 28,6). Y tal
es el anuncio que generación tras generación esta noche santa nos
regala: No temamos hermanos, ha resucitado como lo había dicho. «La vida
arrancada, destruida, aniquilada en la cruz ha despertado y vuelve a
latir de nuevo» (cfr R. Guardini, El Señor). El latir del Resucitado se
nos ofrece como don, como regalo, como horizonte. El latir del
Resucitado es lo que se nos ha regalado, y se nos quiere seguir
regalando como fuerza transformadora, como fermento de nueva humanidad.
Con la Resurrección, Cristo no ha movido solamente la piedra del
sepulcro, sino que quiere también hacer saltar todas las barreras que
nos encierran en nuestros estériles pesimismos, en nuestros calculados
mundos conceptuales que nos alejan de la vida, en nuestras obsesionadas
búsquedas de seguridad y en desmedidas ambiciones capaces de jugar con
la dignidad ajena.

Cuando el Sumo Sacerdote y los líderes religiosos en complicidad con los
romanos habían creído que podían calcularlo todo, cuando habían creído
que la última palabra estaba dicha y que les correspondía a ellos
establecerla, Dios irrumpe para trastocar todos los criterios y ofrecer
así una nueva posibilidad. Dios, una vez más, sale a nuestro encuentro
para establecer y consolidar un nuevo tiempo, el tiempo de la
misericordia. Esta es la promesa reservada desde siempre, esta es la
sorpresa de Dios para su pueblo fiel: alégrate porque tu vida esconde un
germen de resurrección, una oferta de vida esperando despertar

Y eso es lo que esta noche nos invita a anunciar: el latir del
Resucitado, Cristo Vive. Y eso cambió el paso de María Magdalena y la
otra María, eso es lo que las hace alejarse rápidamente y correr a dar
la noticia (cf. Mt 28,8). Eso es lo que las hace volver sobre sus pasos y
sobre sus miradas. Vuelven a la ciudad a encontrarse con los otros.

Así como ingresamos con ellas al sepulcro, los invito a que vayamos con
ellas, que volvamos a la ciudad, que volvamos sobre nuestros pasos,
sobre nuestras miradas. Vayamos con ellas a anunciar la noticia,
vayamos… a todos esos lugares donde parece que el sepulcro ha tenido la
última palabra, y donde parece que la muerte ha sido la única solución.
Vayamos a anunciar, a compartir, a descubrir que es cierto: el Señor
está Vivo. Vivo y queriendo resucitar en tantos rostros que han
sepultado la esperanza, que han sepultado los sueños, que han sepultado
la dignidad. Y si no somos capaces de dejar que el Espíritu nos conduzca
por este camino, entonces no somos cristianos.

Vayamos y dejémonos sorprender por este amanecer diferente, dejémonos
sorprender por la novedad que sólo Cristo puede dar. Dejemos que su
ternura y amor nos muevan el suelo, dejemos que su latir transforme
nuestro débil palpitar.

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