Mirando al cielo

Hechos 1,1-11;

Efesios 1,17-23;

Marcos 16,15-20

La solemnidad de la Ascensión de Jesús «al cielo» es una ocasión para
que nos aclaremos de una vez por todas las ideas sobre qué entendemos
por «cielo». En casi todos los pueblos, el cielo se identifica con la
morada de la divinidad. También la Biblia utiliza este lenguaje
espacial. «Gloria a Dios en lo alto del cielo y paz en la tierra a los
hombres». Con la llegada de la era científica, este significado
religioso de la palabra «cielo» entró en crisis. Para el hombre moderno
el cielo es el espacio en el que se mueve nuestro planeta y todo el
sistema solar, y nada más. Conocemos la salida atribuida a un astronauta
soviético, de vuelta de su viaje por el cosmos: «¡He recorrido mucho el
espacio y no he encontrado por ninguna parte a Dios!».

Así que es importante que intentemos aclarar qué entendemos nosotros,
los cristianos, cuando decimos «Padre nuestro que estás en los cielos», o
cuando decimos de alguien que «se ha ido al cielo». La Biblia se
adapta, en estos casos, al modo de hablar popular; pero ella bien sabe y
enseña que Dios «está en el cielo, en la tierra y en todo lugar», que
es Él quien «ha creado los cielos», y si los ha creado no puede estar
«encerrado» en ellos. Que Dios esté «en los cielos» significa que «vive
en una luz inaccesible»; que dista de nosotros «cuanto el cielo se eleva
sobre la tierra». En otras palabras, que es infinitamente diferente de
nosotros. El cielo, en sentido religioso, es más un estado que un lugar.
Dios está fuera del espacio y del tiempo y así es su paraíso.

A la luz de lo que hemos dicho, ¿qué significa proclamar que Jesús
«subió al cielo»? La respuesta la encontramos en el Credo: «Subió al
cielo, y está sentado a la derecha del Padre». Que Cristo haya subido al
cielo significa que «está sentado a la derecha del Padre, esto es, que
también como hombre ha entrado en el mundo de Dios; que ha sido
constituido, como dice San Pablo en la segunda lectura, Señor y cabeza
de todas las cosas. Jesús subió al cielo, pero sin dejar la tierra. Sólo
ha salido de nuestro campo visual. Él mismo nos asegura: «He aquí que
yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mateo 28,
16-20).

Las palabras del ángel -«Galileos, ¿qué hacéis mirando al cielo?»-
contienen por lo tanto una advertencia, si no un velado reproche: no hay
que quedarse mirando arriba, al cielo, como para descubrir dónde va a
estar Cristo, sino más bien vivir en espera de su retorno, proseguir su
misión, llevar su Evangelio hasta los confines de la tierra, mejorar la
calidad de la vida en la tierra.

Cuando se trata de nosotros, «irse al cielo» o «al paraíso» significa ir
a estar «con Cristo» (Flp 1,23). «Voy a prepararos un lugar… para que
donde esté yo estéis también vosotros» (Jn 14,2-3). El «cielo»,
entendido como lugar de descanso, de la recompensa eterna de los buenos,
se forma en el momento en que Cristo resucita y sube al cielo. Nuestro
verdadero cielo es Cristo resucitado, con quien iremos a reunirnos y a
hacer «cuerpo» después de nuestra resurrección, y de manera provisional e
imperfecta inmediatamente tras la muerte. Por lo tanto Jesús no
ascendió a un cielo ya existente que le esperaba, sino que fue a formar e
inaugurar el cielo para nosotros.

Hay quien se pregunta: pero ¿qué haremos «en el cielo» con Cristo toda
la eternidad? ¿No nos aburriremos? Respondo: ¿aburre tal vez estar bien y
con óptima salud? Preguntad a los enamorados si se aburren de estar
juntos. Cuando sucede que se vive un momento de intensísima y pura
alegría, ¿no nace a lo mejor en nosotros el deseo de que dure para
siempre, de que no acabe jamás? Aquí abajo tales estados no duran para
siempre, porque no existe objeto que pueda satisfacer indefinidamente.
Con Dios es diferente. Nuestra mente hallará en Él la Verdad y la
Belleza que nunca acabará de contemplar, y nuestro corazón el Bien del
que jamás se cansará de gozar. 

Raniero Cantalamessa

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