Santo del día

San Félix de Cantalicio
Religioso Capuchino de admirable austeridad y sencillez

La vida de San Félix de Cantalicio es  como un regatillo de agua
clara al servicio de Dios. Hay en esta existencia,  del que se puede
considerar primer santo capuchino en el siglo XVI, una sublime
sencillez, exponente de un alma transparente, purificada día tras día
por la caridad, que es la forma más pura del amor.


Nace en Cantalicio, en el año 1513.  Cantalicio es una pequeña
población italiana del territorio de  Città Ducale, provincia de Umbría.


Los padres del santo eran  pobres y temerosos del Señor. Su padre se
llamaba Santo de Carato; su  madre, Santa. ¿Se llamaban así o eran
llamados así por su  bondad?


De niño, se dedica al pastoreo. Grababa una cruz en una encina,  como
un pequeño tallista del símbolo del sacrificio, y ante ella  rezaba
muchos rosarios. Junto al trabajo, humilde trabajo de pastor,
la  oración.


De esta manera, su trabajo quedaba empenachado de plegarias,  como si
las avemarías fuesen salpicando las jornadas de su vigilancia del
ganado.


Entra después al servicio de varios labradores. En la casa  de uno de
éstos oye leer vidas de santos. Quiere imitar a los penitentes  del
desierto, y, al preguntar dónde podría hallar la fórmula de los
anacoretas, alguien le respondió: «En los  capuchinos». Es, entonces,
cuando se decide a pedir el hábito en el  convento de Città Ducale.


Parece que el padre guardián, para  probar la vocación del aspirante,
recarga las tintas de la penitencia de  los frailes y le dice, mientras
le muestra un crucifijo: «Éste es  el modelo a que debe conformar su
vida un capuchino».


Félix,  enamorado del sacrificio, se arroja a los pies del padre
guardián y le  manifiesta que no desea sino una vida del todo
crucificada.


Enviado al  noviciado de Áscoli, cuando tiene veintiocho años, cae
enfermo:  unas pesadas calenturas. Pero un día se levanta de la cama y
le dice al  padre guardián que ya no tiene nada.


Destinado a Roma, ejerce en la  Ciudad Eterna, durante casi cuarenta
años, el cargo de limosnero. A su  compañero de fatigas y de alegrías a
lo divino le decía: «Buen ánimo, hermano: los ojos en la tierra, el espíritu en  el cielo y en la mano el santísimo rosario». 


Jamás  condescendió con su gusto, y toda su vida fue una constante renunciación a los pequeños muchos por el gran todo.


Solía  exclamar, recordando una frase que había leído: «O  César o
nada». Se ha dicho que sólo hay una tristeza: la de  no ser santo. Sí;
la de no ser «césar» de la santidad.  Y llegó a «césar» de Dios por el camino de la santa  simplicidad.


¿En qué consistía la ciencia de este  simpático lego? «Toda
mi ciencia –afirmaba– está  encerrada en un librito de seis letras:
cinco rojas, las llagas de Cristo, y  una blanca, la Virgen Inmaculada»
.


Ayunaba a pan y agua las tres cuaresmas de San Francisco, comía los mendrugos de pan que dejaban los frailes y  dormía tres horas en un lecho de tarima. Pero, como si esto fuera poco  –y lo era para sus aspiraciones–, no se quitaba el cilicio.


A pesar  de todo, o, más exactamente, por todo, tenía una contagiosa felicidad y un buen humor delicioso.


Bromeaba con su amigo Felipe Neri. Uno y otro se saludaban de esta manera:


–Buenos días, fray Félix.  ¡Ojalá te quemen por amor de tu Dios!


–Salud, Felipe. ¡Ojalá te apaleen y te  descuarticen en el nombre de Cristo!


Un fraile que le acompañaba en cierta ocasión, en
visita al cardenal de Santa Severina, dijo a éste que mandase a
fray  Félix descargar la limosna. «Señor –respondió el  lego–, el
soldado ha de morir con la espada en la mano y el asno con la  carga a
cuestas. No permita Dios que yo alivie jamás a un cuerpo que sólo es de
provecho para que se le mortifique».


Cuando alguien le  insultaba, replicaba: «Que Dios te haga un santo!».


Estaba rezando un día, cuando la imagen de la Virgen puso al Niño en los brazos de fray Félix. Y así le  pintó Murillo.


Son muchas las anécdotas con trascendencia
de  eternidad que se cuentan de san Félix de Cantalicio. Su hermano en
religión, padre Prudencio de Salvatierra, recoge algunas
verdaderamente  entrañables.


En cierta ocasión, iba pidiendo limosna, que era su  oficio cotidiano. De pronto, siente un cansancio extraordinario. ¿Por qué le pesaba tanto el morralillo que llevaba a la espalda?


Porque  alguien había depositado una moneda de plata en la alforja del santo mendigo, moneda que le pareció la sonrisa burlona del demonio.
«Este es el peso maldito que no me deja caminar». Y, sacudiendo
la  alforja, hizo que la moneda cayese al suelo, para seguir tan sólo
con  los regojos a cuestas.


Durante las jornadas frías, quizá algunos  religiosos
se acercaban al fuego para confortar un poquillo sus cuerpos  ateridos.
Mas fray Félix huía del grato calor, a la vez que  decía a su cuerpo:
«Lejos, lejos del fuego, hermano asno, porque  San Pedro, estando junto a
una hoguera, negó a su Maestro».


Venerable y al mismo tiempo jovial figura, por las calles de Roma, la de este  hermano lego, al que rodeaban los chiquillos para tirarle de las barbas y  curiosear en sus alforjas.
El lego, sonriente y hasta riente, enseñaba  el catecismo a los niños, y
les daba consejos, les embelesaba con su  palabra dulce y sencilla.


Inventaba coplas religiosas, que en seguida se
hacían  populares en la ciudad. Tenía buen oído y voz de barítono.  Lo
debía de pasar muy bien cantando, limpio de polvo y paja del
menor  gusto.


Dentro del convento sabía unir, por modo maravilloso,
la  alegría con el silencio, el trabajo con la oración. Su  hermano
fray Domingo decía: «Félix es avaro en sus palabras,  pero lo poco que dice es siempre bueno».


Enferma un fraile, a quien los médicos desahucian.
Pero entra fray Félix en la celda del paciente y profiere unas
palabras  como mojadas de humor y frescura celestiales: «Vamos,
perezoso,  levántate; lo que a ti te conviene es un poco de ejercicio y
el aire  puro del huerto». En efecto, el frailecico había sanado.


Mas no pensemos que las que pudiéramos
llamar  personalidades importantes de aquel tiempo dejaban de acudir a
la  «ciencia» del «ignorante» lego.


El sabio obispo de Milán, luego san Carlos Borromeo,
solicita de fray Félix algunos  consejos para la reforma del clero
diocesano.


¿Qué consejos iba a  dar un pobre lego mendicante a
un obispo intelectual? Pues sí; le da  este consejo: «Eminencia: que los
curas recen devotamente el oficio  divino. No hay nada más eficaz que la oración para la reforma del  espíritu».


Con empuje de alma inspirada por Dios, dice al
cardenal de  la Orden franciscana Montalto, en vísperas de ser elegido
para el Solio  Pontificio: «Cuando seas Papa, pórtate como tal para la
gloria de  Dios y bien de la Iglesia: porque, si no, sería mejor que te
quedaras en simple fraile».


Ya era papa Montalto, con el nombre de Sixto V, cuando una  vez pidió al lego un poco de pan.


Fray Félix busca para el Padre Santo el mejor
panecillo, pero el Papa le replica: «No haga  distinción, hermanito:
déme lo primero que salga».

 


Lo  primero que salió fue un mendruguillo negro. El
lego toma el regojo y se  lo entrega a Su Santidad con estas palabras:
«Tenga paciencia, Santo  Padre; también Vuestra Santidad ha sido
fraile».


Siempre el humor  junto al amor,
siempre la gracia junto a la gracia. En actitud poéticamente
franciscana, repartía pedacitos de pan a los pobres, a los perros, a los
pájaros.


A fuerza de oración consigue  librarse de una epidemia, para poder seguir asistiendo a numerosos enfermos.


Con una fidelidad exacta cumple los tres votos  monásticos de su vida religiosa: obediencia, pobreza y castidad.


Respetaba al sacerdote y rendía homenaje a «la
dignidad más  sublime de la tierra». Fue fray Félix de Cantalicio un
amador  esforzado de la Señora, y cuando, en la calle, los ojos del lego
se  encontraban con una imagen de la Virgen, prorrumpía de este modo:
«Querida Madre: os recomiendo que os acordéis del pobre fray  Félix. Yo
deseo amaros como buen hijo, pero vos, como buena Madre, no  apartéis de
mí vuestra mano piadosa, porque soy como los niños pequeños, que no
pueden andar un paso sin la ayuda de su  madre».


Uno se acuerda de la Balada de las dudas del lego,
de Pemán: «Y, apretando el paso, con simple alegría, corre que  te
corre… ¿Qué más oración que el ir mansamente,  por la veredica, con el
cantarillo, bendiciendo a Dios?».


Fray Félix  no iba con el cantarillo, sino con el talego del pan. Y con las alforjas de su  caridad franciscana.


¿Cómo era en lo físico fray Félix de Cantalicio? He
aquí una semblanza del Santo: «Fue bajo de  cuerpo, pero grueso
decentemente y robusto. La frente espaciosa y arrugada, las  narices
abiertas, la cabeza algo grande, los ojos vivos y de color que tiraba
a  negro; la boca, no afeminada, sino grave y viril; el rostro alegre y
lleno de  arrugas; la barba no larga, sino inculta y espesa; la voz
apacible y sonora; el  lenguaje de tal calidad que, aunque rústico, por
ser simple y humilde, convertía en hermosura la rusticidad».


Cargado de trabajos, de dolores, pero con una
alegría  desbordante, presiente su muerte. Y dice: «El pobre jumento ya
no  caminará más».


Pretende ir a la iglesia desde el lecho,
arrastrándose, mas se le prohíbe. Recibe los sacramentos, se  queda en
éxtasis, vuelve en sí, pide que le dejen solo. Los  frailes le
preguntan: «¿Qué ves?». Y él responde:  «Veo a mi Señora rodeada de
ángeles que vienen a llevar mi alma al paraíso».


Sin haber entrado en agonía, muere el 18  de mayo de
1587, a los setenta y dos años de edad. Toda la ciudad corre  al
convento para besar el cadáver del santo lego y obtener reliquias.


El  papa Sixto V, que testificaba dieciocho milagros,
quiso beatificar a fray  Félix, pero no tuvo tiempo. Es Pablo V quien
inicia el proceso de  beatificación, que solemnemente será verificado
por Urbano VIII.  En 1712, Clemente XI canonizó a fray Félix de
Cantalicio.


San Félix de Cantalicio, en Año Cristiano, Tomo II,

Madrid, Ed. Católica (BAC 184), 1959, pp. 410-415


Artículo publicado por evangeliodeldia.org

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