Isaías 53, 2a. 3a. 10-11
Hebreos 4, 14-16
Marcos 10, 35-45
«Entonces Jesús, llamándoles, les dijo: “Sabéis que los que son tenidos
como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos y sus
grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre vosotros,
sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro
servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de
todos”». Después de aquél sobre las riquezas, el Evangelio de este
domingo nos da a conocer el juicio de Cristo sobre otro de los grandes
ídolos del mundo: el poder. Tampoco el poder es intrínsecamente malo,
como no lo es el dinero. Dios se define a sí mismo «el omnipotente» y la
Escritura dice que «el poder pertenece a Dios» (Sal 62, 12).
Ya que, sin embargo, el hombre había abusado del poder que se le
concedió, transformándolo en dominio del más fuerte y en opresión del
débil, ¿qué hizo Dios? Para darnos ejemplo se despojó de su
omnipotencia; de «omnipotente» se hizo «impotente». «Se despojó de sí
mismo, tomando la condición de siervo» (Flp 2, 7).Transformó el poder en
servicio. La primera lectura del día contiene una descripción profética
de este salvador «impotente»: «Creció como un retoño delante de él,
como raíz de tierra árida. Despreciado y deshecho de hombres, varón de
dolores y sabedor de dolencias».
Se revela así un nuevo poder,
el de la cruz: «Ha escogido Dios más bien lo necio del mundo para
confundir a los sabios» (1 Cor 1, 24-27). María, en el Magnificat,
canta anticipadamente esta revolución silenciosa obrada por la venida
de Cristo: «Derribó del trono a los poderosos» (Lc 1, 52).
¿Quién es puesto bajo acusación por esta denuncia del poder? ¿Sólo los
tiranos y dictadores? ¡Ojalá así fuera! Se trataría, en este caso, de
excepciones. En cambio nos afecta a todos. El poder tiene infinitas
ramificaciones, se mete por todas partes, como cierta arena del Sahara
cuando sopla el viento siroco. Hasta en la Iglesia. El problema del
poder no se plantea, por lo tanto, sólo en el mundo político. Si nos
quedamos ahí, no hacemos más que unirnos al grupo de los que están
siempre dispuestos a dar golpes, por sus propias culpas… en el pecho
de los demás. Es fácil denunciar culpas colectivas, o del pasado; más
difícil las personales y del presente.
María dice que Dios que
«dispersó a los soberbios de corazón; derribó del trono a los
poderosos» (Lc 1, 51 s.). Ella señala implícitamente un ámbito preciso
en el que hay que empezar a combatir la «voluntad de poder»: el del
propio corazón. Nuestra mente («los pensamientos del corazón») puede
convertirse en una especie de trono en el que nos sentamos para dictar
leyes y fulminar a quine no se somete. Somos, al menos en los deseos si
no en los hechos, los «poderosos en los tronos». En la familia misma es
posible, lamentablemente, que se manifieste nuestra voluntad innata de
dominio y atropello, causando continuos sufrimientos a quien es víctima
de ello, frecuentemente (no siempre) la mujer.
¿Qué opone el
Evangelio al poder? ¡El servicio! Un poder para los demás, no sobre los
demás. El poder confiere autoridad [en el sentido de dominio. Ndt], pero
el servicio confiere algo más, autoridad que significa respeto, estima,
una ascendencia verdadera sobre los demás. Al poder el Evangelio opone
también la no-violencia, esto es, un poder de otro tipo, moral, no
físico. Jesús decía que habría podido pedir al Padre doce legiones de
ángeles para derrotar a los enemigos que estaban a punto de acudir para
crucificarle (Mt 26,53), pero prefirió rogar por ellos. Y fue así que
logró su victoria.
Raniero Cantalamaessa
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