En un ventoso miércoles, este 19 de abril el Papa Francisco centró su catequesis en la audiencia pública en el tema de la Resurrección de Cristo.
El Pontífice llegó en el papamóvil a la Plaza de San Pedro, que estaba especialmente adornada con gran cantidad de flores para celebrar la alegría de la Pascua. Los peregrinos lo recibieron agitando pañuelos y saludando con entusiamo, mientras una banda de música tocaba marchas festivas.
No es sólo el ejemplo de Cristo: Él está vivo
En su alocución resumida en lengua española, el Papa señaló que “nos
encontramos hoy, en el contexto de la Pascua, que hemos celebrado y
seguimos celebrándola en la liturgia. Cristo resucitado es nuestra esperanza. El cristianismo es un camino de fe que nace de un evento, testimoniado por los discípulos de Jesús. Como nos dice San Pablo: Cristo murió por nuestros pecados, fue sepultado, resucitó al tercer día y se apareció a Pedro y a los Doce”.
Precisó entretanto que “si todo hubiese terminado con la muerte de Jesús, sólo tendríamos en él un ejemplo de entrega y generosidad, pero no sería suficiente para generar nuestra fe, porque la fe nace en la mañana de Pascua”.
El Papa recordó que “San Pablo, al relatarnos la experiencia de las
personas que han entrado en contacto con el Resucitado, hace referencia primero a Cefas, luego a los Doce, después a más de quinientas personas, a Santiago y por último se cita a sí mismo”.
“Jesús quiso salir al encuentro de Pablo, perseguidor de la Iglesia,
cuando iba camino de Damasco, y para el Apóstol ese fue un
acontecimiento que cambio su vida. También el Señor quiere hacerse
presente en nuestras vidas para conquistarnos y no abandonarnos jamás”,
indicó.
“Ser cristianos significa reconocer y abrazar el amor que Dios tiene por
nosotros, que vence el pecado y la muerte”, añadió. Finalmente animó a
los «peregrinos de lengua española, en particular a los venidos de
España y Latinoamérica” a «llevar a todos el gozo de la resurrección del Señor. Que podamos comunicar con nuestra vida que Él está aquí y vive en medio de nosotros”.
También saludó “a los peregrinos de idioma árabe, en particular a los
provenientes de Egipto y de Medio Oriente”. “Queridos hermanos y
hermanas, Cristo Jesús nuestra esperanza ha resucitado”. Y añadió: “Les exhorto a mirar constantemente a aquel que ha vencido la muerte y nos ayuda a acoger los sufrimientos como preciosa ocasión de redención y salvación”. Un colaborador tradujo su mensaje en árabe, que resonó de manera especial tras los recientes atentados en Egipto contra iglesias cristianas coptas, y en el trasfondo de la violencia en Siria e Irak.
Texto completo de la catequesis, traducido del italiano
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! Nos encontramos hoy, en la
luz de la Pascua, que hemos celebrado y continuamos celebrándola en la
Liturgia. Por esto, en nuestro itinerario de catequesis sobre la
esperanza cristiana, hoy deseo hablarles de Cristo Resucitado, nuestra
esperanza, así como lo presenta San Pablo en la Primera Carta a los
Corintios (Cfr. cap. 15).
El apóstol quiere resolver una problemática que seguramente en la
comunidad de Corinto estaba en el centro de las discusiones. La
resurrección es el último tema afrontado en la Carta, pero
probablemente, en orden de importancia, es el primero: de hecho todo se
apoya en este presupuesto.
Hablando a los cristianos, Pablo parte de un dato indudable, que no es
el resultado de una reflexión de algún hombre sabio, sino un hecho, un
simple hecho que ha intervenido en la vida de algunas personas. El
cristianismo nace de aquí. No es una ideología, no es un sistema
filosófico, sino es un camino de fe que parte de un advenimiento,
testimoniado por los primeros discípulos de Jesús.
Pablo lo resume de este modo: Jesús murió por nuestros pecados, fue
sepultado, resucitó al tercer día y se apareció a Pedro y a los Doce
(Cfr. 1 Cor 15,3-5). Este es el hecho. Ha muerto, fue sepultado, ha
resucitado, se ha aparecido. Es decir: Jesús está vivo. Este es el
núcleo del mensaje cristiano.
Anunciando este hecho, que es el núcleo central de la fe, Pablo insiste
sobre todo en el último elemento del misterio pascual, es decir, que
Jesús ha resucitado. Si de hecho, todo hubiese terminado con la muerte,
en Él tendríamos un ejemplo de entrega suprema, pero esto no podría
generar nuestra fe. Ha sido un héroe, ¡No!, ha muerto, pero ha
resucitado.
Porque la fe nace de la resurrección. Aceptar que Cristo ha muerto, y ha
muerto crucificado, no es un acto de fe, es un hecho histórico. En
cambio, creer que ha resucitado sí. Nuestra fe nace en la mañana de
Pascua.
Pablo hace una lista de las personas a las cuales Jesús resucitado se
les aparece (Cfr. vv. 5-7). Tenemos aquí una pequeña síntesis de todas
las narraciones pascuales y de todas las personas que han entrado en
contacto con el Resucitado. Al inicio de la lista están Cefas, es decir,
Pedro, y el grupo de los Doce, luego “quinientos hermanos” muchos de
los cuales podían dar todavía sus testimonios, luego es citado Santiago.
El último de la lista –como el menos digno de todos– es él mismo, Pablo
dice de sí mismo: “como un aborto” (Cfr. v. 8).
Pablo usa esta expresión porque su historia personal es dramática: pero
él no era un monaguillo, ¿no? Él era un perseguidor de la Iglesia,
orgulloso de sus propias convicciones; se sentía un hombre realizado,
con una idea muy clara de cómo es la vida con sus deberes. Pero, en este
cuadro perfecto –todo era perfecto en Pablo, sabía todo– en este cuadro
perfecto de vida, un día sucedió lo que era absolutamente imprevisible:
el encuentro con Jesús Resucitado, en el camino a Damasco.
Allí no había sólo un hombre que cayó en la tierra: había una persona
atrapada por un advenimiento que le habría cambiado el sentido de la
vida. Y el perseguidor se convierte en apóstol, ¿por qué? ¡Porque yo he
visto a Jesús vivo! ¡Yo he visto a Jesús resucitado! Este es el
fundamento de la fe de Pablo, como de la fe de los demás apóstoles, como
de la fe de la Iglesia, como de nuestra fe.
¡Qué bello es pensar que el cristianismo, esencialmente, es esto! No es
tanto nuestra búsqueda en relación a Dios –una búsqueda, en verdad, casi
incierta– sino mejor dicho la búsqueda de Dios en relación con
nosotros. Jesús nos ha tomado, nos ha atrapado, nos ha conquistado para
no dejarnos más.
El cristianismo es gracia, es sorpresa, y por este motivo presupone un
corazón capaz de maravillarse. Un corazón cerrado, un corazón
racionalista es incapaz de la maravilla, y no puede entender que cosa es
el cristianismo. Porque el cristianismo es gracia, y la gracia
solamente se percibe, más: se encuentra en la maravilla del encuentro.
Y entonces, también si somos pecadores –pero todos lo somos– si nuestros
propósitos de bien se han quedado en el papel, o quizás sí, mirando
nuestra vida, nos damos cuenta de haber sumado tantos fracasos.
En la mañana de Pascua podemos hacer como aquellas personas de las
cuales nos habla el Evangelio: ir al sepulcro de Cristo, ver la gran
piedra removida y pensar que Dios está realizando para mí, para todos
nosotros, un futuro inesperado. Ir a nuestro sepulcro: todos tenemos un
poco dentro. Ir ahí, y ver como Dios es capaz de resucitar de ahí. Aquí
hay felicidad, aquí hay alegría, vida, donde todos pensaban que había
sólo tristeza, derrota y tinieblas. Dios hace crecer sus flores más
bellas en medio a las piedras más áridas.
Ser cristianos significa no partir de la muerte, sino del amor de Dios
por nosotros, que ha derrotado a nuestra acérrima enemiga. Dios es más
grande de la nada, y basta sólo una luz encendida para vencer la más
oscura de las noches.
Pablo grita, evocando a los profetas: «¿Dónde está, muerte, tu victoria?
¿Dónde está tu aguijón?» (v. 55). En estos días de Pascua, llevemos
este grito en el corazón. Y si nos dirán del porqué de nuestra sonrisa
donada y de nuestro paciente compartir, entonces podremos responder que
Jesús está todavía aquí, que continúa estando vivo entre nosotros, que
Jesús está aquí, en la Plaza, con nosotros: vivo y resucitado.
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