Francisco rechaza la idea de una María que detiene el brazo de Dios y más misericordiosa que Cristo

En la meditación previa al Rosario del viernes, Francisco rechazó una cierta idea de la Virgen «retratada por sensibilidades subjetivas,
como deteniendo el brazo justiciero de Dios listo para castigar: una
María mejor que Cristo, considerado como juez implacable», según recoge Cari Filii News:

El impresionante Rosario nocturno del viernes en el
Santuario de Fátima comenzó con el encendido de las velas y su
bendición, tras lo cual Francisco dirigió unas palabras a los cientos de
miles de personas presentes a modo de meditación para el posterior
desgranar de los Misterios.

El Papa dijo que María es «madre tierna y solícita con todos los necesitados«,
 y obtiene la bendición de Dios «sobre cada uno de los desheredados e
infelices, a los que se les ha robado el presente, de los excluidos y
abandonados a los que se les niega el futuro, de los huérfanos y las
víctimas de la injusticia a los que no se les permite tener un pasado».
Hizo suyas unas palabras del Papa Pablo VI en 1970, también en un Santuario mariano, el de Nuestra Señora de Bonaglia, en Cagliari (Italia): «Si queremos ser cristianos, tenemos que ser marianos«.

En la parte central de sus palabras, Francisco quiso precisar cómo debe
ser esa devoción mariana. Somos «peregrinos con María», dijo, pero «¿Qué
María? ¿Una maestra de vida espiritual, la primera que
siguió a Cristo por el «camino estrecho» de la cruz dándonos ejemplo, o
más bien una Señora «inalcanzable» y por tanto inimitable? ¿La «Bienaventurada porque ha creído» siempre y
en todo momento en la palabra divina (cf. Lc 1,45), o más bien una
«santita», a la que se acude para conseguir gracias baratas?».

También descartó la imagen de María deteniendo el brazo justiciero de
Dios: «¿La Virgen María del Evangelio, venerada por la Iglesia orante, o
más bien una María retratada por sensibilidades subjetivas, como
deteniendo el brazo justiciero de Dios listo para castigar: una María mejor que Cristo, considerado como juez implacable; más misericordiosa que el Cordero que se ha inmolado por nosotros?».

«Cometemos una gran injusticia contra Dios y su gracia cuando afirmamos
en primer lugar que los pecados son castigados por su juicio, sin
anteponer —como enseña el Evangelio— que son perdonados por su
misericordia», dijo el Papa: «Hay que anteponer la misericordia al
juicio y, en cualquier caso, el juicio de Dios siempre se realiza a la luz de su misericordia.
Por supuesto, la misericordia de Dios no niega la justicia, porque
Jesús cargó sobre sí las consecuencias de nuestro pecado junto con su
castigo conveniente. Él no negó el pecado, pero pagó por nosotros en la
cruz. Y así, por la fe que nos une a la cruz de Cristo, quedamos libres
de nuestros pecados; dejemos de lado cualquier clase de miedo y temor, porque eso no es propio de quien se siente amado (cf. 1 Jn 4,18)».

Texto completo de las palabras del Papa Francisco en la vigilia de la Capilla de las Apariciones

Queridos peregrinos de María y con María.

Gracias por recibirme entre vosotros y uniros a mí en esta peregrinación
vivida en la esperanza y en la paz. Desde ahora, deseo asegurar a los
que os habéis unidos a mí, aquí o en cualquier otro lugar, que os llevo
en mi corazón.

Siento que Jesús os ha confiado a mí (cf. Jn 21,15-17), y a todos os
abrazo y os confío a Jesús, «especialmente a los más necesitados» —como
la Virgen nos enseñó a pedir (Aparición, julio de 1917)—. Que ella,
madre tierna y solícita con todos los necesitados, les obtenga la
bendición del Señor.

Que, sobre cada uno de los desheredados e infelices, a los que se les ha
robado el presente, de los excluidos y abandonados a los que se les
niega el futuro, de los huérfanos y las víctimas de la injusticia a los
que no se les permite tener un pasado, descienda la bendición de Dios
encarnada en Jesucristo: «El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su
rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre su rostro y
te conceda la paz» (Nm 6,24-26).

Esta bendición se cumplió plenamente en la Virgen María, puesto que
ninguna otra criatura ha visto brillar sobre sí el rostro de Dios como
ella, que dio un rostro humano al Hijo del Padre eterno; a quien podemos
ahora contemplar en los sucesivos momentos gozosos, luminosos,
dolorosos y gloriosos de su vida, como recordamos en el rezo
del Rosario. Con Cristo y María, permanezcamos en Dios.

En efecto, «si queremos ser cristianos, tenemos que ser marianos, es
decir, hay que reconocer la relación esencial, vital y providencial que
une a la Virgen con Jesús, y que nos abre el camino que nos lleva a él»
(Pablo VI, Homilía en el Santuario de Nuestra Señora de Bonaria,
Cagliari, 24 abril 1970). De este modo, cada vez que recitamos el
Rosario, en este lugar bendito o en cualquier otro lugar, el Evangelio
prosigue su camino en la vida de cada uno, de las familias, de los
pueblos y del mundo.

Peregrinos con María… ¿Qué María? ¿Una maestra de vida espiritual, la
primera que siguió a Cristo por el «camino estrecho» de la cruz dándonos
ejemplo, o más bien una Señora «inalcanzable» y por tanto inimitable?
¿La «Bienaventurada porque ha creído» siempre y en todo momento en la
palabra divina (cf. Lc 1,45), o más bien una «santita», a la que se
acude para conseguir gracias baratas?

¿La Virgen María del Evangelio, venerada por la Iglesia orante, o más
bien una María retratada por sensibilidades subjetivas, como deteniendo
el brazo justiciero de Dios listo para castigar: una María mejor que
Cristo, considerado como juez implacable; más misericordiosa que el
Cordero que se ha inmolado por nosotros?

Cometemos una gran injusticia contra Dios y su gracia cuando afirmamos
en primer lugar que los pecados son castigados por su juicio, sin
anteponer —como enseña el Evangelio— que son perdonados por su
misericordia. Hay que anteponer la misericordia al juicio y, en
cualquier caso, el juicio de Dios siempre se realiza a la luz de su
misericordia. Por supuesto, la misericordia de Dios no niega la
justicia, porque Jesús cargó sobre sí las consecuencias de nuestro
pecado junto con su castigo conveniente.

Él no negó el pecado, pero pagó por nosotros en la cruz. Y así, por la
fe que nos une a la cruz de Cristo, quedamos libres de nuestros pecados;
dejemos de lado cualquier clase de miedo y temor, porque eso no es
propio de quien se siente amado (cf. 1 Jn 4,18). «Cada vez que miramos a
María volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño.

En ella vemos que la humildad y la ternura no son virtudes de los
débiles sino de los fuertes, que no necesitan maltratar a otros para
sentirse importantes. […] Esta dinámica de justicia y ternura, de
contemplar y caminar hacia los demás, es lo que hace de ella un modelo
eclesial para la evangelización» (Exhort. Ap. Evangelii gaudium, 288).
Que seamos, con María, signo y sacramento de la misericordia de Dios que
siempre perdona, perdona todo.

Llevados de la mano de la Virgen Madre y ante su mirada, podemos cantar
con alegría las misericordias del Señor. Podemos decir: Mi alma te
canta, oh Señor.

La misericordia que tuviste con todos tus santos y con todo tu pueblo
fiel la tuviste también conmigo. Oh Señor, por culpa del orgullo de mi
corazón, he vivido distraído siguiendo mis ambiciones e intereses, pero
sin conseguir ocupar ningún trono. La única manera de ser exaltado es
que tu Madre me tome en brazos, me cubra con su manto y me ponga junto a
tu corazón. Que así sea.

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