La Trinidad, escuela de relación

Éxodo 34, 4b-6.8-9;

2 Corintios 13, 11-13;

Juan 3, 16-18

¿Por qué los cristianos creen en la Trinidad? ¿No es ya bastante difícil
creer que existe Dios como para añadirnos el enigma de que es «uno y
trino»? A diario aparece quien no estaría a disgusto con dejar aparte la
Trinidad, también para poder así dialogar mejor con judíos y
musulmanes, que profesan la fe en un Dios rígidamente único.

La respuesta es que los cristianos creen que Dios es trino ¡porque creen
que Dios es amor! Si Dios es amor debe amar a alguien. No existe un
amor al vacío, sin dirigirlo a nadie. Nos interrogamos: ¿a quién ama
Dios para ser definido amor? Una primera respuesta podría ser: ¡ama a
los hombres! Pero los hombres existen desde hace algunos millones de
años, no más. Entonces, antes, ¿a quién amaba Dios? No puede haber
empezado a ser amor desde cierto momento, porque Dios no puede cambiar.
Segunda respuesta: antes de entonces amaba el cosmos, el universo. Pero
el universo existe desde hace algunos miles de millones de años. Antes
de entonces, ¿a quién amaba Dios para poderse definir amor? No podemos
decir: se amaba a sí mismo, porque amarse a uno mismo no es amor, sino
egoísmo, o como dicen los psicólogos, narcisismo.

He aquí la respuesta de la revelación cristiana. Dios es amor en sí
mismo, antes del tiempo, porque desde siempre tiene en sí mismo un Hijo,
el Verbo, a quien ama con amor infinito, que es el Espíritu Santo. En
todo amor hay siempre tres realidades o sujetos: uno que ama, uno que es
amado y el amor que les une. Allí donde Dios es concebido como poder
absoluto, no existe necesidad de más personas, porque el poder puede
ejercerlo uno solo; no así si Dios es concebido como amor absoluto.

La teología se ha servido del término naturaleza, o sustancia, para
indicar en Dios la unidad, y del término persona para indicar la
distinción. Por esto decimos que nuestro Dios es un Dios único en tres
personas. La doctrina cristiana de la Trinidad no es un retroceso, un
pacto entre monoteísmo y politeísmo. Al contrario: es un paso adelante
que sólo el propio Dios podía hacer que lo diera la mente humana.

La contemplación de la Trinidad puede tener un precioso impacto en
nuestra vida humana. Es un misterio de relación. Las personas divinas
son definidas por la teología «relaciones subsistentes». Significa que
las personas divinas no tienen relaciones, sino que son relaciones. Los
seres humanos tenemos relaciones -entre padre e hijo, entre esposa y
esposo, etcétera-, pero no nos agotamos en esas relaciones; existimos
también fuera y sin ellas. No así el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

La felicidad y la infelicidad en la tierra dependen en gran medida, lo
sabemos, de la calidad de nuestras relaciones. La Trinidad nos revela el
secreto para tener relaciones bellas. Lo que hace bella, libre y
gratificante una relación es el amor en sus diferentes expresiones. Aquí
se ve cuán importante es que se contemple a Dios ante todo como amor,
no como poder: el amor dona, el poder domina. Lo que envenena una
relación es querer dominar al otro, poseerle, instrumentalizarlo, en vez
de acogerle y entregarse.

Debo añadir una observación importante. ¡El Dios cristiano es uno y
trino! Ésta es, por lo tanto, asimismo la solemnidad de la unidad de
Dios, no sólo de su trinidad. Los cristianos también creemos «en un solo
Dios», sólo que la unidad en la que creemos no es una unidad de número,
sino de naturaleza. Se parece más a la unidad de la familia que a la
del individuo, más a la unidad de la célula que a la del átomo.

La primera lectura de la Solemnidad nos presenta al Dios bíblico como
«misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y
fidelidad». Éste es el rasgo que reúne más al Dios de la Biblia, al Dios
del Islam y al Dios (mejor dicho, la religión) budista, y que se presta
más, por ello, a un diálogo y a una colaboración entre las grandes
religiones. Cada sura del Corán empieza con la invocación: «En el nombre
de Dios, el Misericordioso, el Compasivo». En el budismo, que desconoce
la idea de un Dios personal y creador, el fundamento es antropológico y
cósmico: el hombre debe ser misericordioso por la solidaridad y la
responsabilidad que le liga a todos los vivientes. Las guerras santas
del pasado y el terrorismo religioso del presente son una traición, no
una apología, de la propia fe. ¿Cómo se puede matar en nombre de un Dios
al que se continúa proclamando «el Misericordioso y el Compasivo»? Es
la tarea más urgente del diálogo interreligioso que juntos, los
creyentes de todas las religiones, deben perseguir por la paz y el bien
de la humanidad.

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