San Bernardo: historia de un beso que transformó la vida religiosa y la historia de la Iglesia

«Eran numerosos los lugares de oración
adonde los pequeños grupos de jóvenes venidos de Roma para huir de la
atmósfera ya irrespirable de la ciudad, entre toda aquella vanidad y
disipación que se vivía en Roma, se retiraban con él para encontrar la fuente de su cristianismo, para hacer una experiencia de vida auténtica».

Esto escribía el  desaparecido cardenal Carlo María Martini
acerca de las fundaciones monacales de San Benito y sus seguidores. Es
la historia de un beso, un beso como otros muchos que han vivificado y
renovado la Iglesia. ¿De qué clase de beso se trata? Del beso del
creyente en la mismísima boca a Cristo, el Verbo encarnado, del beso como máxima experiencia mística
acerca del cual testimoniaba así el santo del que nos ocuparemos a
continuación: «¿Qué me queda a mí, Señor bueno, sino que te dignes
consentir que bese tu boca, en la plenitud del mediodía y con el fuego
del Espíritu, y así saciarme de gozo en tu presencia?» (Tercer sermón sobre el Cantar de los Cantares).
 

Uno de los santos más influyentes en toda la historia de la cristiandad
es, a no dudarlo,  sin que, lastimosamente, la mayoría de los creyentes
se percate hoy de ello, Bernardo de Claraval (Clairvaux). Su importancia es enorme desde distintos puntos de vista. Considerado como el último, cronológicamente, entre los Padres de la Iglesia, es uno de los fundadores de la gran tradición mística occidental.
Columna vertebral de la espiritualidad francesa, a la que tanto debe la
Iglesia, es, después de los monjes de Egipto, San Basilio, San Agustín y
San Benito, uno de los más grandes maestros de la vida religiosa
que el mundo haya conocido; modelo acabado de la vida contemplativa en
comunidad, precursor insigne de las órdenes mendicantes, dominicos y
franciscanos, sobre las cuales ejerció una inspiración indiscutible, al
establecer la conjunción clara entre la vida retirada del monje con la
actividad apostólico-evangelizadora y misionera, la vida contemplativa y
la activa. Antes de crear la Orden de Predicadores, siendo canónigo
diocesano, Santo Domingo trabajó con su obispo,
evangelizando a los herejes cátaros en estrecha colaboración con los
cistersienses de Bernardo, mientras que la doctrina mística del
cistersiense  milenarista Joaquín de Fiori va a tener
una acogida considerable entre los franciscanos. Por lo demás, la
doctrina mística bernardiana es determinante para el franciscano San Buenaventura, doctor de la Iglesia.

Autoridad reconocida en mariología y angelología,
escritor lleno de los dones del Espíritu, Bernardo ha removido a fondo
las fibras de toda una serie de grandes santos y hombres de Iglesia, no
sólo dominicos y franciscanos, dejando huellas mayúsculas en todas y
cada una de las lides eclesiales: la entrega amorosa y total a la
salvación de las almas, la profesión religiosa, el sacerdocio, la
predicación, la jerarquía eclesiástica, empezando por el papado, y todo
aquello que para el mundo es locura (San Pablo y Santa Teresa) en el
enamoramiento irrestricto de Dios.

La vocación temprana de un joven que habría podido «llegar lejos» en el mundo

Nacido en el año 1090, Bernardo conoce muy pronto las ventajas de una existencia mundana prometedora,
diseñada para satisfacer ambición tras ambición. Las mujeres se
desviven por él, tempranamente tentado por la sensualidad. Los amigos lo
buscan a granel. Es bien parecido, simpático, sumamente atractivo y
requerido en el roce social. Sus dotes de liderazgo y carisma conductor
se hacen notar; la gente lo necesita, lo quiere, lo halaga.
Maravillosamente dotado de talento artístico y literario, escribe con
una fuerza irresistible, ama la música (más tarde, como religioso, va a
elogiar a su amigo San Malaquías, obispo irlandés, por
haber introducido la música, el canto, en la salmodia, y, junto con sus
sucesores, va a ser un continuador entusiasta de las tradiciones del
canto gregoriano), ama todo lo bello. Es la atracción en todas las
fiestas o reuniones; es alegre y bromista por naturaleza, sabiendo
contagiar siempre su buen humor. Su capacidad innata para la pedagogía y
la enseñanza hace que se quiera escucharlo siempre, porque además sabe
escuchar. Es un psicólogo consumado, ningún rasgo, cualidad o defecto
humanos, escapan a su atención. Es inteligente como nadie en su entorno;
en pocas palabras, es una lumbrera, promete mucho como hombre de saber y ciencia.

Tiene ante sí, pues, todas las posibilidades de aspirar a sitios de
honor en la sociedad. Puede ser un cortesano, un político, asesor de
reyes y gobernantes; una autoridad intelectual, académica; un don Juan,
que podría hacer alarde de incontables conquistas amorosas; una figura
idolatrada entre los amantes del placer; un artista, un escritor o
trovador, como quiso serlo luego San Francisco de Asís. Es, anticipándose al sentir romántico decimonónico, un genio.
Todo lo puede, tiene el mundo en sus manos: una palabra suya, esa
palabra llena de belleza y eficacia, y éste girará como le plazca.

Pero, ¿de qué le vale al hombre ganar el mundo entero, si pierde su
alma? Bernardo, teniendo ante sí completamente abiertas las puertas del
éxito mundano, se encuentra, a cada instante, con aquella que va por
todas partes buscando a los que son dignos de ella; se les muestra
benévola en los caminos y les sale al encuentro en todos sus
pensamientos. Porque su comienzo, el más seguro, es el deseo de
instruirse, procurar instruirse es amarla, amarla es guardar sus leyes,
atender a sus leyes es asegurarse la incorruptibilidad y la
incorruptibilidad hace estar cerca de Dios (Sb. 6, 16-19).

Él, realmente, aspira a lo máximo, no se contenta con migajas. Sintiendo a flor de piel la estimación de sus semejantes, quiere amar de verdad. Experimentando la admiración que despiertan sus pensamientos y palabras, quiere saber de verdad. Gozando de la belleza que le rodea y que él mismo puede crear, con un muy seguro reconocimiento a su alrededor, quiere gozar de verdad, eternamente. Todo ello puede integrarse sólo en quien mejor lo sintetiza y reúne: la Palabra hecha carne,
en la cual comienza a deleitarse y  dejarse cautivar, dándose cuenta de
que es belleza, saber y goce, a la vez. Su vida producirá todos esos
frutos, y más abundantes aún, si se desposa con ella o, mejor, con Él,
el amado, cuyo llamado ardiente intuye (qué poderoso es su don de
intuición, uno de los más elevados que hombre alguno haya tenido), en
todos los caminos que recorre. Sin embargo, duda, espera, siente que en
el mundo puede ser feliz y  quizá la renuncia a los encantos de éste
exija demasiado de sí mismo; piensa, piensa…; sus pensamientos, en los
que es también estelar (será, no obstante, uno de los más recalcitrante opositores de un racionalismo en ciernes),
opacan por momentos esa intuición grandiosa de fe y amor a la que
todavía no cede el primado. Sus ejercicios de discernimiento espiritual
avanzan, pero tropiezan, naturalmente, siendo él tan sensible y festivo,
con todo lo que la mundanidad le ofrece, porque a pocos hombres les ha
ofrecido tanto.

Una noche de Navidad se queda dormido durante la Misa. Cree ver en su
sueño cómo Nuestra Señora, la Virgen Madre  -de quien será su arpista,
como dirá San Luis de Monfort-, a quien cantará textos
sublimes del arrobamiento místico más encendido, y de quien quizá en la
eternidad ejerce las labores de perenne secretaría, como lo daba a
entender San Juan Bosco, otro de sus admiradores
incondicionales, pone el Niño, la Palabra encarnada, en sus manos.
Bernardo despierta; ese muchacho encantador y seductor que es motivo de
estima para todos, ha comprendido cabalmente. El niño Jesús lo ama y
quiere que él responda, haciéndolo amar por multitudes, por naciones
enteras. Se deshace en lágrimas, canta, con un nudo comprimiéndole la
garganta, su respuesta es afirmativa: ‘Sí Señor, soy todo tuyo, sin
condiciones’, como lo declarará también siglos más tarde San Luis María
Grignon de Monfort, su émulo, en la formulación integral del Todo tuyo,
Señor, por María. Cuántas cosas van a depender en el futuro de su siglo y  la Humanidad de ese asentimiento,
es algo que sólo saben él y ella, el Niño y su Santísima Madre, porque a
partir de ese momento la llama ardiente y gigantesca de Bernardo de
Calaraval, que no es propiamente suya, sino de ellos, como su
instrumento, deshará un sinnúmero de malentendidos, derribará fronteras,
será luz resplandeciente en la Iglesia universal, a la que
proporcionará montones de santos; muchos, muchísimos religiosos,
místicos e, incluso, papas. La Palabra es agradecida, multiplica lo que
se le da desinteresadamente.

La gloria del Císter

Para alguien como él, el clero diocesano no podía ser la preferencia. Luego se verá enteramente por qué. En aquellos tiempos, sólo había una opción indefectible de vida religiosa consagrada: la Orden benedictina. Su fundador, el gran San Benito de Nursia, patrono de Europa, por decisión de Juan Pablo II,
había hecho renacer en la Iglesia la vida en comunidad en torno la
oración y el trabajo, un poco a la manera de los antiguos monjes o
ermitaños reunidos en Egipto, durante los primeros tiempos del
cristianismo; pero actualizándola en función de una liturgia regular
organizada, un trabajo intelectual de estudio y también físico de
autosostenimiento, independiente de cualquier renta; una posibilidad de
apostolado y, tal vez lo más relevante, una relación personal, íntima,
con Dios, al contacto con una celda individual, rodeada de una
naturaleza apacible, aislada del estrépito citadino, con sus secuelas
ineludibles de corrupción y disolución moral. En pocas palabras, la muy
conocida divisa Ora et labora. La Orden había vivido ya una época dorada, pletórica en aportes de santidad a la Iglesia, mas, como ha sucedido siempre –Tomás de Kempis lo señala tristemente en La imitación de Cristo-,
había entrado en un período de relajamiento, causado por el fatuo
coqueteo con la comodidad y el poder temporal, del que Bernardo es, y lo
será cada vez más con el tiempo, como todos los santos renovadores o
fundadores, un encarnizado fustigador (a juzgar por su vida y escritos,
puede situarse al lado de Dante Alighieri como uno de
los mayores críticos de esa parte del clero y los laicos identificados,
por conveniencia, con el poder temporal, económico y político, funesta
confusión que le ha hecho un daño incalculable a la Iglesia como cizaña
perniciosa).

Sin embargo, los creyentes de entonces sienten un respeto incomparable por el Císter, monasterio de regla benedictina renovada donde
los monjes intentan ser aún fieles a la profesión ascética de Benito.
Ese es el espacio elegido por Bernardo. Lo primero que hace, dirigiendo
sus pasos hacia allá, algo que no tiene precedentes, ni tampoco
equivalentes, es arrastrar a una buena parte de su familia
para que comparta con él la vocación religiosa. Es difícil, si no
imposible, para quienes escuchan su voz, teniendo predisposición para
ello por voluntad divina, oponerse a sus designios. Así se inicia una de
las promociones vocacionales más intensas y ricas de la historia; centenares de jóvenes
de toda Europa acudirán igualmente a este llamado, posteriormente, para
engrosar las crecientes filas de la armada espiritual cistersiense en
muchos monasterios, fundados por Bernardo y los suyos.

A sus 25 años, el recién designado abad del Císter se distingue por un
perfeccionismo empecinado. Desde que ha renunciado al mundo por la
opción religiosa, tiene cada vez peor opinión de sí mismo.
La humildad lo va abrazando, destruyendo poco a poco todo asomo de
vanidad, para sentir la cual, se diría, en los términos de los hombres,
no los de Dios, que siempre serán otros, tendría sobrados motivos. Al
mismo tiempo, es tremendamente pasional; cuando toma
una decisión, invierte colmadas energías en su ejecución, mucho más
tratándose de su matrimonio con la Palabra hecha carne, el Verbo divino,
con quien se ha comprometido. Esto representa dos consecuencias.

Primero, considera que debe desentenderse en profundidad de las marcas mundanas, exigiéndose severamente en el aspecto penitencial: es la vía purgativa de San Buenaventura,
primera etapa en el itinerario hacia la contemplación, a la que no se
llega sin verdadero arrepentimiento del pecado cometido, proceso que
describirá después con maestría en sus escritos y homilías, sirviendo de
padre orientador para los místicos posteriores, en cabeza de un San
Buenaventura y un San Juan de la Cruz, quien lo sintetizó tan maravillosamente en su Noche oscura.

Segundo, la renuncia completa a sí mismo debe comportar una vida religiosa comunitaria,
en la que la totalidad de monjes haga otro tanto, adoptando con
integridad el modo de vida que Benito y sus compañeros se habían
propuesto y cumplido. Lo primero ocasiona el desgaste extremo, la
debilidad y la enfermedad; el cuerpo, como don de Dios, no puede
menospreciarse (sabrá exaltar en un futuro su belleza, como cuerpo
resucitado, en páginas antológicas: decía que todos los resucitados
ostentarán en sus cuerpos la edad promedio de treinta años y todos, sin
excepción, tendrán un cuerpo muy hermoso), y él ha procedido sin consejo, sin un director espiritual que
modere sus ansias precipitadas de perfeccionamiento. Lo segundo,
corrigiendo los extremos de lo primero, conllevará, de común acuerdo con
los demás monjes, una búsqueda incesante del ideal de existencia
benedictino, la fidelidad completa a la celebérrima regla,
que hará de ese mismo Císter, en vista de la crisis por la cual
atraviesa la cofradía de Benito, crisis a la que se refirió en sus
escritos de manera contundente. Al frente de la empresa, Bernardo se
convertirá en el primer gran renovador de órdenes religiosas que se conozca, antecesor San Pedro de Alcántara como fundador de los franciscanos de estricta observancia, de Santa Teresa y San Juan de la Cruz en el Carmelo o Fray Luis de León en los agustinos, que éste convertirá en recoletos, y otros casos en los cuales no es preciso detenerse.

Claraval, el valle claro de María

Del Císter sale para Claraval, con otros monjes, a fundar el segundo monasterio del
nuevo fervor religioso. Allí se asentará hasta su muerte, haciéndolo
luz tutelar de la Iglesia de su tiempo y el epicentro más importante, no
sólo de la espiritualidad católica, sino de toda la cultura europea  del siglo XII.
Desde allí irradiará su espléndida aureola de autoridad dogmática,
teológica, moral y social, hacia los cuatro puntos cardinales del
continente, como el hombre más influyente de su época. Bernardo aspira a lo mejor, a lo más grande para el papado y sus monjes, uno de los cuales, Eugenio,
ascenderá al solio desde las filas cistersienses; su mano derecha será
Bernardo como consejero, conciliador, maestro y renovador, ya no
solamente de una vida religiosa, en particular, sino eclesial, de la
Iglesia en general. Volveremos sobre ello. Tamaña obra la del Niño y su
Madre en aquella solemne Navidad, en la cual prendieron ese fuego
abrasador llamado Bernardo de Claraval, que nadie ha podido ni podrá
apagar nunca porque, como, la roca de la cual procede, la Iglesia de
Cristo, es indestructible.

Claraval y los demás monasterios cistersienses son, ante todo,
excepcionales escuelas de santidad, las mayores de su tiempo. La
pedagogía bernardiana, robusta y exigente, pero amable y dulce a la vez
(el título que se le concederá de Doctor Melifluo, con el que Pío XII tituló también un elogio moderno al santo en una histórica Encíclica, tiene mucha razón de ser), es irresistible. Seguir el calendario litúrgico tomando como guía sus sermones
es una experiencia extraordinaria, gracias a la cual podemos
empaparnos, de la manera más indicada, de la espiritualidad
cistersiense. Imbuido del Espíritu hasta el tuétano, lleno absolutamente
de la Palabra, Bernardo hace la exégesis simplificada (el término puede ser equívoco, porque hay pasajes de sus sermones de la mayor hondura teológica) de una profusión abismal de  textos bíblicos,
los leídos en cada celebración litúrgica y muchos más, que relaciona
con una propiedad rayana en lo increíble, para llegar, sin rodeos a la
esencia literal, moral y metafórica de los mismos. Citando,
parafraseando, comparando, creando metáforas elevadísimas, siguiendo con
una belleza literaria, una elocuencia y un vuelo espiritual
maravillosos, las expresiones del libro sagrado, puede descubrir en
ellas, especialmente a partir de ese último de sus sentidos, el
metafórico, lo que aún para el lector más atento ha pasado
desapercibido. El agua de las bodas de Caná, por ejemplo, es para él la
aproximación a Dios por el temor y la tibieza, mientras que el vino
representa el amor, la ofrenda amorosa del corazón a su creador. La
jofaina de la mujer cananea, por otro lado en uno de los sermones del Cantar de los Cantares,
representa ese cántaro del alma que se debe llenar de Dios, de la
vivencia suprema de su Palabra, antes de emprender cualquier jornada o
propósito misionero: sin llenarse de Dios no se puede dar un testimonio
vivo de Él. Y así sucesivamente, el texto sagrado cobra significados
imprevistos, asombrosos (véanse los tomos III, IV, V y VI, que contienen
sus sermones, en las Obras Completasde San Bernardo.

Bernardo vive a plenitud del banquete de la Palabra, es la Palabra, está totalmente compenetrado e identificado con ella; la Palabra lo posee, lo hace, lo reviste, como a Jeremías. Es, en sentido estricto, el que olvidamos muchas veces, un profeta;
vive sólo para recibir el mensaje divino y comunicarlo a sus anchas. De
esa Palabra extrae, en últimas, lo que más le interesa en su pedagogía
de la salvación: las recomendaciones incansables para avanzar en el
recorrido de la santidad, sin mirar atrás, retroceder ni rendirse.
Hablando, habitualmente, en segunda persona, de tú a tú, es el director
espiritual de muchos a la vez. Duro, como son los santos con el pecado,
alcanza puntos insostenibles para los blandos («Piensa lo que fuiste,
semen pútrido; lo que eres, vaso de estiércol; lo que serás, sebo de
gusanos»), por cuanto reconviene y pone el dedo en la llaga de forma categórica, no hace concesiones, no acepta compromisos evasivos.

Dulce, cordial, calurosamente afable, es, a la vez, el
más bondadoso de los padres, entendiendo como ninguno las debilidades
humanas; hay ocasiones en que, para no alargar un sermón, considerando
lo tardío de la hora y el sueño que comienza a vencer a su audiencia de
religiosos, pide disculpas y termina rápidamente, dejando mucho entre el
tintero; otras en las que se ríe de las ironías de la vida y de sí
mismo, sin darse la menor importancia como predicador; otras más en las
que habla primeramente como un amigo, con un tacto y una paciencia
admirables. Su sexto sentido de la psicología, al que
arriba se hacía referencia, es notable; conoce bien  los distintos tipos
de hombres, sabe divinamente cuáles son sus fortalezas y debilidades;
puede hablar para todos ellos, ya descalificando las trampas del facilismo y las coartadas que justifican las caídas,
el ego; ya encontrando la vía más oculta, secreta e insospechada para
hacer la infusión de la Palabra amada en el organismo espiritual de las
almas más diversas y variopintas.

La floración vocacional cistersiense no tarda en
multiplicarse. Cada vez son más los que acuden a él en pos de la
auténtica conversión y la más pura religiosidad. En el Císter y Claraval
no caben ya más religiosos, no hay lugar para tantos. Bernardo se ve en
la necesidad de fundar más monasterios, tanto en Francia como fuera de
ella. Lo hace él mismo o gracias a sus delegatarios. Su Orden está
transformando la Iglesia, misión que le ha dado María, a quien no se cansa de orar y alabar. Es así como emprende sus largos viajes,
fatigosos pero pródigos en resultados. La tierra se estremece al fragor
de sus truenos. Si él y sus religiosos (es decir, Dios a través de
ellos), están construyendo el reino espiritual con frutos evidentes, su
amadísima Iglesia, en conjunto, que atraviesa por un momento muy
crítico, debe proceder de igual forma. En la eclesiología de Bernardo,
inspirada en el Cantar de los Cantares, libro al que dedica su colección de sermones más esplendorosa, la Iglesia no puede ser vista de otra manera que como un cuerpo místico purificado, reluciente y engalanado para su boda, de carácter perpetuo, con el Cordero Inmaculado. Su mariología se confunde con su eclesiología;
si María, la Estrella del Mar, el acueducto a través del cual vino al
mundo la sabiduría encarnada, sigue viniendo y vendrá hasta el fin de
los tiempos, empleando esas metáforas suyas tan hermosas, es Virgen
castísima e inviolada, como se resalta en las Letanías de Loreto, así
debe ser la Iglesia, de la que ella es figura visible. Por lo tanto, le
declara la guerra («¿Pensáis que vine al mundo a traer la paz?») -una
guerra que es, por supuesto, sólo de la Palabra y para la Palabra,
aunque engendrada en las convicciones más íntimas de su ser- a la simonía, los cargos eclesiásticos comprados por dinero y propiedades, los abusos de autoridad, los carismas religiosos venidos a menos, la corrupción, la desidia ante los deberes incumplidos, la mundanidad que
causa estragos en el corazón mismo de la jerarquía y esa parte de la
nobleza feudal que únicamente ve en la Iglesia una institución política y
temporal a utilizar en su propio beneficio. Bernardo, hablando al
respecto, es realmente como un nuevo Jeremías: ha sufrido mucho,
renunciando irrevocablemente a cuanto bien terreno pudo tentarlo; él,
tan sensual, sensible e influyente que era, ha sido llamado por Dios
para poner orden en su casa, sacando a los mercaderes del templo y
anunciando la deportación final a Babilonia, el infierno, si no se dan
las conversiones esperadas. Lo que se propone y logra en buena medida es
una Reforma, mucho antes que la de Lutero y mucho más efectiva en
resultados de gracia y santificación universales.

Bernardo va y viene, de Claraval a otros lugares, y de estos a Claraval. Quienes más lo necesitan son los Papas.
Pero cuando está allí, en su monasterio, no pierde jamás de vista el
valor de la oración y la contemplación, en las que adquiere cada vez
mayor madurez y altura. Así como escribe sus sermones, gemas luminosas
de la oratoria sagrada, responde a la correspondencia que le llega de
toda Europa, dando consejos y dilucidando dudas. Varias de sus cartas se
convierten en extensos tratados, que rápidamente, podría decirse, son
adoptados por toda la Iglesia como exposiciones doctrinales. Tercia en arduas discusiones, con sindéresis y ecuanimidad,
mostrando una prudencia inalterable. Hace recomendaciones a prelados,
sacerdotes, laicos y gentes poderosas. Dentro y fuera de su claustro
consigue entendimientos, paz, serenidad reconciliación, ese sosiego
espiritual de que goza tan ampliamente y del cual puede hacer partícipes
sin ninguna dificultad a los demás. Es, a la manera de su divino
maestro y Pablo, el apóstol de los gentiles, todo en todos. A todos
procura confortar, alentar y aconsejar; a todos los estamentos sociales,
clericales y religiosos, tiene algo definitivo que decir. No se puede
olvidar que, aunque fracasa, es el promotor de la Segunda Cruzada,
que organizan los aliados europeos para tratar de recuperar los lugares
santos de la hegemonía musulmana; eran esos los tiempos, hay que
entenderlo, el amor a la tierra bendita donde se posaron los pies del
Salvador motivaba tales convocatorias. Es también un defensor a ultranza de los judíos
frente a la discriminación y recelo con que algunos cristianos los
tratan, pasando por alto la muy concluyente afirmación de Pío XI,
preocupado por el horror nazi que amenazaba durante su pontificado a la
Humanidad: «Todos los católicos somos semitas en el espíritu».

De este modo, hasta el final de sus días, seguirá haciendo de las
plantas de sus pies vastísimas plantaciones de los sacramentos y la
Palabra. Morirá no sólo en olor de santidad, sino, como ya se dijo,
siendo el hombre más respetado, temido y amado de su tiempo. En vida, por supuesto, hizo milagros,
siendo los más dicientes las conversiones de  muchísimas almas. Habría
podido decir, como Don Bosco, Dame almas, el resto quítamelo, porque su salud, mermada por las primeras penitencias purgativas,
se fue haciendo cada vez más frágil. Con posterioridad a su muerte, la
invocación de su nombre y de su memoria dará lugar a un ejemplar proceso
de canonización, en el que abundarán los testigos de su sapiencia, su
fervor, su empecinada renuncia a sí mismo, su temple y su voluntad de
acero y, por sobre todo, su altísima visión, interiorización y
exteriorización del amor divino con las cuales recobró bríos la
cristiandad entera. Ese amor lo expresa con acierto una pintura medieval
en la que Cristo, llagado y lacerado, desciende de la cruz, de un
crucifijo ante el cual está orando el abad de Claraval, para abrazarlo y
besarlo. Bernardo, a su turno, sostiene a su Hermano, abrazándolo y
besándolo, en gesto de reciprocidad mística. Fue ésta quizá una escena
que pudo presenciar, a hurtadillas, un privilegiado monje cistersiense,
para luego relatarla a otros de viva voz.

De su muerte se podría decir lo que él mismo dijo respecto al fallecimiento de uno de sus monjes, Dom Humberto,
en un encendido obituario. Bernardo dialoga allí con la muerte, la
inquiere, la zarandea, le hace preguntas atrevidas, desafiantes, y, con
su amado, Cristo resucitado, la derrota de modo aplastante en el combate
celestial: «¿Qué has hecho? Matar, dominar. Pero ¿qué? Únicamente el
cuerpo, porque el alma está fuera de tu alcance. Ha volado a su Creador,
a quien tanto ansiaba poseer y a quien siguió con todo empeño durante
su vida. Incluso perderás ese cuerpo que crees poseer. Ya llegará el
momento en que te aniquilen a ti y seas el botín de una gran victoria.
Sí, tendrás que devolver ese cuerpo al que ayer, nada más llegar, lo
cubriste de salivazos e inmundicias, desbordante de gozo y alegría por
haberlo cogido en tus redes. Vendrá el Unigénito del Padre en la
plenitud de su poder y majestad a buscar a Humberto (Bernardo, para
nosotros), y transformará ese cuerpo que hoy es cadáver en un cuerpo tan
glorioso como el suyo» (Obras, Tomo IV, pág. 707).

Algunas citas de su obra

Dentro de los muchos títulos que honran a Bernardo de Claraval, está, como se decía antes, el de Doctor de la Gracia.
Desde muy niño la experimentó y fue creciendo en ella hasta regodearse
en toda su inmensidad. Su vida, como la de los santos, en general, fue
una obra majestuosa de la gracia, de cuyos sacramentos era un ferviente
propagador, él, que todo lo hacía partiendo del amor para llegar al
amor. A él, efectivamente, le corresponde el mérito de haber esclarecido la compleja relación entre la libertad humana y la intervención de la providencia, la voluntad divina, en su mencionado Tratado sobre la gracia y el libre albedrío:
«Lejos de mí afirmar que de sí misma le viene a la voluntad la
perfección, y de Dios la creación. Supone mucho más el ser perfecta que
el ser hecha. Sería una blasfemia decir que lo menor procede de Dios y
lo mayor de nosotros. El Apóstol sabía muy bien qué procede de la
naturaleza y qué debía esperar de la gracia. Y exclama: ‘El querer lo
tengo a mano, pero el realizarlo no’. Es decir, el querer era innato en
él, por la libertad de elección; pero para tener un deseo perfecto,
sentía la necesidad de la gracia. Desear el mal es un efecto de la
voluntad, querer el bien es un progreso, y ser capaz de hacer todo el
bien posible es su perfección consumada» (Obras,Tomo I, pág. 453). Argumentos semejantes va a exponer en el siglo XVII un filósofo metafísico, Leibniz, en su Teodicea.

Su ácida crítica a la mala conducta de una parte del clero considera,
años antes de San Juan Bosco, que ella obedece, ante todo, a la falta de mortificación, en la cual ve un grave peligro para la Iglesia.
Nunca el hombre se pierde tan radicalmente como cuando no pone freno a
la satisfacción incesante de sus ansias del placer pasajero: «Creo que
lo más insoportable para un caprichoso e inquieto es concederle cuanto
le apetece. Vive continuamente en insaciable búsqueda, incapaz de gozar
en paz lo que posee. Esto demuestra que no puede proporcionar placer
auténtico aquello que exige un cambio continuo de experiencias. Que la
vanidad de las vanidades es pura nada, ya lo indica la misma palabra.
Cebar la vanidad es la pasión más inútil» (A los clérigos, sobre la conversión; Obras, Tomo I, pág 385).

Hacia el final de sus días, cuando escribe la Vida de San Malaquías
(Bernardo siente como muy próximo a él el dogma de la comunión de los
santos, los quiere  a ellos como sus amigos más íntimos; los invoca sin
falta, les ora como intercesores, les agradece, se siente como un ser
nulo e insignificante a su lado), se muestra muy decepcionado de los
resultados de esa lucha sin cuartel contra lo que, en palabras del
profeta Daniel, es la abominación en el seno del
mismísimo templo. Ha conseguido algo, pero todavía falta mucho. Lo
seguirán Domingo,  Francisco, Ignacio, Teresa de Jesús, Monfort, el gran
obispo de Ligorio, don Bosco, la madre Teresa de Calcuta, el padre Pío,
y tantos otros que se han propuesto que la casa de Dios se
parezca cada vez más a la mujer vestida del sol, de quien nos habla el
Apocalipsis
, según las medidas, tan perfectas y exactas,
tomadas por el ángel y Ezequiel al templo de la Jerusalén celestial:
«Siempre ha sido provechoso escribir las vidas gloriosas de los santos
para modelo, ejemplo y condimento de la vida del hombre sobre la tierra.
Así, después de su muerte, viven de alguna manera junto a nosotros,
estimulan y devuelven a la vida verdadera a muchos que han muerto en
vida. Sobre todo ahora, en nuestra época, lo pide la falta de santidad y
la escasez de hombres auténticos. Y es tan alarmante entre nosotros
esta penuria, que, sin duda, se nos puede aplicar aquella sentencia: Al
crecer la maldad se enfriará el amor de muchos. Sospecho que es ya
inminente o muy próxima la llegada de aquel de quien se ha escrito:
Delante de él irá la indigencia. Si no me engaño es el anticristo, a
quien precede y acompaña el hambre y la esterilidad de todo lo bueno.
Esta escasez tan evidente es signo de su presencia o de su próxima
venida» (Obras, Tomo II, pág. 319).

Uno de los textos más provechosos y portentosos que escribió es el Tratado sobre la consideración al Papa Eugenio,
dedicado, como se decía más arriba, a uno de sus antiguos discípulos,
quien ascendió al trono de Pedro y, gracias en buena medida a las
admoniciones de Bernardo, su padre espiritual, a quien se las solicitó
encarecidamente, llegó a hacer, como futuro beato, un excelente
pontificado. Este texto debería servir de ejemplo a todos los que han
abominado y abominan el papado, para que supieran hasta qué punto la Iglesia demanda de sus conductores el mayor de los servicios y sacrificios por la salvación de las almas:
«No podemos negar que estás sobre los demás. Pero por todos los medios
hemos de meditar para qué eres superior. Creo que no es para comportarte
como un señor que domina. Pues también al profeta, como a ti, lo
elevaron y escuchó estas palabras: Para arrancar y arrasar, destruir y
demoler, edificar y plantar. ¿Suena a fastuosidad cualquiera de estos
verbos? Son expresiones simbólicas que se refieren al esfuerzo del
labrador, y aquí representan al trabajo del espíritu.

Por elevado concepto que tengamos de nosotros mismos, hemos de
convencernos de que no se nos ha entregado un señorío, sino un servicio.
‘Yo no tengo categoría de profeta; a lo más, podré igualarme en el
poder; pero respecto a los méritos, sería absurda toda comparación’.
Dítelo interiormente y enséñatelo a ti mismo, tú que adoctrinas a los
demás” (Obras, Tomo II, pág. 93).

No todos los papas, claro, pero podría decirse que desde Pío Nono hasta hoy, todos han seguido estas recomendaciones.

Finalmente, escuchemos un poco al arpista de María. Sus palabras resuenan, como las del Doctor Marianus al final de la segunda parte del Fausto de
Goethe, llamando a buscar en ella siempre nuestro auxilio y amparo,
nuestra guía y protección, nuestra madre y nuestro consuelo. En Alabanza de la Virgen Madre, serie de homilías acerca del misterio de la encarnación que agrupó en un pequeño tratado, uno de los escritos marianos más trascendentales de todos los tiempos, escribe, esperando el fiat,
la respuesta afirmativa de María al Arcángel Gabriel, haciendo gala de
una tensión dramática y una inspiración del Espíritu superiores a las de
cualquier poeta: «Responde ya, oh Virgen; que nos urge, Señora, di la
palabra que ansían los cielos, los infiernos y la tierra. Ya ves que el
mismo Rey y señor de todos se ha prendado de tu belleza y desea
ardientemente el asentimiento de tu palabra, por la que se ha propuesto
salvar al mundo. Hasta ahora le has complacido con tu silencio. Pero
ahora suspira por escucharte. A voz en grito está diciéndote desde el
cielo: ‘Tú, que eres la más hermosa entre las mujeres, déjame oír tu
voz’. Y si le dejas oír tu voz, hará que tus ojos vean a nuestro
Salvador. ¿No es esto lo que buscabas, aquello por lo que gemías y
suspirabas día y noche? ¿A qué esperas? ¿No eres tú la mujer a quien se
han hecho estas promesas?¿O tenemos que esperar a otra? No, no, eres tú y
ninguna otra. Tú: la prometida, la esperada, la deseada. Precisamente de ti esperaba la vida eterna tu santo padre Jacob
cuando decía a las puertas de la muerte: ‘Espero tu salvación, Señor’.
Tú eres la mujer por medio de la cual Dios mismo, nuestro Rey, dispuso
desde el principio realizar la salvación del mundo (Obras, Tomo II, págs. 672-73).

Este es un ejemplo de cómo los besos en la boca al Redentor de los grandes místicos y religiosos han transformado y siguen transformando al mundo.
Si se siguen y se multiplican en tiempos como estos, en los que vuelve a
encontrarse en el mundo una atmósfera tan turbia y poco favorable a la
Iglesia como la de la Roma contemporánea de San Benito, quizá tengamos
que lamentarnos mucho menos de una crisis y asistir a todo un
rejuvenecimiento del Cristianismo. San Bernardo emprendió su camino
implorando la asistencia de los ángeles, apoyándose en estas palabras:
«Te llevarán en sus palmas para que tu pie no tropiece en la piedra;
caminarás sobre áspides y víboras, pisotearás leones y dragones». A
tales palabras sagradas agregó el abad de Claraval, toda una autoridad
también en angelología, las de las de su propia cosecha en su homilía
acerca del salmo 90, del cual proceden: «Este es, hermanos, el cordel de
tres cabos con que el amor inefable de los ángeles nos atrae desde la
excelsa morada de los cielos para consolarnos, visitarnos y ayudarnos:
lo hacen por Dios, por nosotros y por sí mismos. Por Dios, imitando su
amor entrañable para con nosotros. Por nosotros en quienes se compadecen
de su propia semejanza. Por nosotros mismos, porque desean vivamente
que nosotros completemos sus coros. De la boca de los niños de pecho,
que todavía no pueden tomar manjares sólidos, brotará una alabanza
perfecta a la majestad divina. Los espíritus angélicos poseen ya las
primicias, y eso les inunda de sabrosísima felicidad, y les impulsa a
esperar y desear ardientemente su plenitud» (Obras, Tomo IV, pág. 457).

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